
Una vez que los actuales diputados todavía eran solamente diputados electos, en Apacigua tomé una decisión que, honestamente, hoy me parece todavía mejor de lo que imaginaba en aquel momento. Decidí salir a buscarlos para presentar su parte humana. No solamente el partido político. No solamente la ideología. No solamente el discurso de campaña. Quise conversar con ellos desde otro lugar. Desde la persona. Desde la historia. Desde sus emociones, sus valores, sus miedos, sus formas de pensar y hasta sus contradicciones humanas. Y honestamente creo que fue una excelente idea. Y aparentemente a ellos también les pareció.
Porque algo curioso empezó a pasar después de eso.
Hoy vemos a muchísimos diputados del período 2026-2030 utilizando las redes sociales para informar directamente a la ciudadanía sobre proyectos, decisiones, posiciones y hasta aspectos cotidianos de su trabajo legislativo. Y sinceramente no recuerdo que antes eso sucediera con tanta frecuencia o de una manera tan constante. Tal vez existían excepciones. Los muchachos del Frente Amplio, por ejemplo, especialmente Ariel Robles, ya manejaban una comunicación mucho más cercana, más fresca y hasta con ciertos dotes de humor y cercanía bastante bien logrados. Pero ahora pareciera que el fenómeno se extendió muchísimo más.
Y claro, uno inevitablemente se pregunta algo casi entre broma y reflexión: ¿será que desde Apacigua despertamos un monstruo dormido? No lo sé. Pero lo que sí sé es que no me molesta en absoluto. De hecho, me parece saludable.
Porque durante muchísimos años la política costarricense se manejó desde una especie de distancia emocional donde los diputados parecían figuras lejanas, inaccesibles y casi desconectadas de la vida cotidiana de la gente. Como si existiera una división invisible entre “ellos” y “nosotros”. Y las redes sociales, bien utilizadas, pueden ayudar a romper un poco esa barrera.
Porque al final los diputados no son dioses del Olimpo. Son representantes del pueblo.
Personas normales que llegan a ocupar temporalmente un puesto de enorme responsabilidad pública. Y mientras más cerca estén de la ciudadanía, mientras más expliquen lo que hacen y mientras más permitan que la gente observe sus posiciones y decisiones, probablemente más saludable termina siendo la democracia.
Claro que eso también implica riesgos. Porque las redes sociales pueden fácilmente convertirse en un espectáculo vacío, en populismo digital o en una competencia de popularidad. Pero aun así, prefiero una Asamblea Legislativa visible, comunicándose y explicando sus movimientos, antes que una completamente silenciosa y desconectada.
Tal vez parte del problema histórico de la política costarricense fue precisamente ese: dejamos que muchas figuras públicas se sintieran demasiado lejos de la ciudadanía. Demasiado elevadas. Demasiado intocables. Y cuando eso ocurre, la representación empieza a perder sentido.
Por eso, honestamente, si esta nueva generación de diputados está encontrando maneras de acercarse más a las personas, explicar mejor sus decisiones y mostrarse más humanos, me parece que hay algo positivo ahí.
Y si desde Apacigua ayudé aunque fuera un poquito a empujar esa puerta… entonces probablemente valió la pena.