Cuando el “pura vida” empieza a desaparecer

Un fallo eléctrico en Ciudad de Panamá dejó a miles de personas enfrentando una situación complicada. Semáforos fuera de servicio, caos vial, problemas en el metro, edificios afectados, interrupciones en sistemas de agua y una enorme cantidad de consecuencias que aparecen cuando una ciudad moderna pierde electricidad de forma masiva. Honestamente, uno lo primero que piensa es ojalá puedan resolverlo pronto. Ojalá la situación se estabilice rápido y la gente pueda volver a su rutina con normalidad.

Pero después uno se mete a leer comentarios.

Y ahí aparece algo mucho más preocupante que el apagón.

Porque lo que uno encuentra son costarricenses burlándose. Haciendo memes. Celebrando la situación. Hablando de “justicia divina”. Disfrutando el mal momento de un país vecino que, hasta hace muy poco, parecía ser un país hermano y amigo para nosotros. Y honestamente, eso sí da tristeza.

No por Panamá. Por nosotros.

Porque una cosa es tener diferencias diplomáticas, comerciales o políticas entre gobiernos, y otra muy distinta es perder completamente la empatía como sociedad. Una cosa es discutir temas internacionales y otra celebrar que miles de personas estén pasando momentos difíciles simplemente porque existe tensión política entre países.

Y ahí es donde uno empieza a sentir que algo se nos está rompiendo adentro.

Porque Costa Rica siempre vendió hacia afuera una imagen muy particular. La del “pura vida”. La de un pueblo amable. Tranquilo. Educado. Pacífico. Solidario. Y aunque probablemente nunca fuimos perfectos, sí existía al menos una aspiración colectiva hacia esa identidad. Existía cierta vergüenza social hacia la crueldad abierta, hacia la burla del sufrimiento ajeno o hacia el disfrute del caos de otros.

Hoy pareciera que eso empieza a desaparecer. Y lo más preocupante es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.

Porque poco a poco se ha ido normalizando un tono agresivo, burlón y deshumanizado donde cualquier cosa sirve para atacar, ridiculizar o celebrar el problema ajeno, especialmente si sentimos que la otra persona, el otro grupo o incluso el otro país “merece” sufrirlo. Y cuando una sociedad empieza a perder empatía de esa manera, algo mucho más profundo que la política comienza a deteriorarse.

Por eso no creo que oficialmente nos estemos convirtiendo solamente en una sociedad deplorable.

Creo que el riesgo es todavía peor. El riesgo es convertirnos en una sociedad despreciable. Una donde la compasión desaparece. Donde el dolor ajeno se convierte en entretenimiento. Donde la desgracia de otros produce satisfacción emocional.

Y honestamente, eso ya no tiene nada que ver con ideologías políticas. Tiene que ver con humanidad básica.

Porque mañana podría ser Costa Rica la que atraviese una emergencia. Mañana podría ser San José el que se quede sin electricidad. Mañana podríamos ser nosotros quienes necesitemos comprensión, ayuda o solidaridad internacional. Y ojalá, cuando ese día llegue, todavía exista alguien capaz de mirarnos con más humanidad de la que nosotros estamos mostrando hoy.

Porque sinceramente, viendo algunas reacciones de estos días, uno empieza a preguntarse si el “pura vida” era realmente parte de nuestra identidad… o si solamente era una frase bonita que repetíamos mientras las cosas iban bien.

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