
Hace unas horas, el medio digital elmundo.cr publicó una nota en la que la diputada Mary Munive afirmó que la Asamblea Legislativa “ha sido ausente e indiferente a las necesidades de este pueblo”, y que algunos diputados de oposición “solo van a calentar sus curules”. La frase no es menor. Tiene peso, tiene intención, y sobre todo, tiene dirección. Pero más allá de lo que dice, lo que realmente importa es desde dónde se dice. Porque cuando te detenés a observar con calma ciertos discursos públicos, empezás a notar que el problema no siempre está en las palabras… sino en la raíz emocional que las sostiene.
Existe una diferencia profunda entre señalar para construir… y señalar para rebajar. Y aunque esa diferencia a veces se disfraza de firmeza o de carácter, en el fondo es completamente distinta. Señalar para construir implica responsabilidad, implica hacerse cargo, implica entender que el señalamiento también te compromete. Rebajar, en cambio, es más fácil. Es rápido. Es efectivo en lo inmediato. Y muchas veces, es la vía más corta para generar una sensación de superioridad que todavía no ha sido demostrada.
Cuando una figura pública necesita insistir en que otros no sirven, que han sido inútiles o que no han hecho nada, no siempre está describiendo una realidad objetiva. Muchas veces está revelando algo más profundo y más humano: la necesidad de posicionarse por contraste. Es decir, “yo soy mejor… porque ellos son peores”. Y aunque esa lógica puede funcionar en el discurso, es extremadamente débil en la práctica, porque no se sostiene en lo que sos, sino en lo que criticás.
Ahí es donde aparece una pregunta incómoda, pero inevitable. ¿Qué ocurre cuando alguien construye su valor antes de haber ejercido el poder que tanto cuestiona? ¿Qué pasa cuando el estándar que exige todavía no ha pasado por sus propias manos? Porque criticar desde la experiencia tiene un peso distinto. Criticar después de haber hecho, después de haber enfrentado las mismas condiciones, después de haber vivido la complejidad… eso es otra cosa. Pero hacerlo desde la expectativa, desde la promesa, desde lo que aún no ha sido probado, abre un terreno peligroso.
La historia está llena de discursos contundentes antes de asumir responsabilidades… que luego se diluyen frente a la realidad. Porque gobernar no es hablar. Gobernar no es señalar. Gobernar no es tener razón en redes sociales. Gobernar es enfrentarse a estructuras que no dependen de tu voluntad, a límites que no negocian con vos, a contrapesos que existen precisamente para evitar abusos, a tiempos que no responden a la urgencia del discurso. Gobernar es, en esencia, encontrarte con la realidad. Y la realidad no se acomoda al discurso. La realidad lo prueba.
Por eso, cuando se insiste tanto en la inoperancia de otros, la pregunta no debería quedarse solo en si eso es cierto o no. La pregunta más honesta es otra: ¿cuánto de ese discurso es diagnóstico… y cuánto es estrategia emocional? ¿Cuánto responde a un análisis real… y cuánto a la necesidad de ocupar un lugar antes de haberlo construido?
Porque hay una tentación muy humana en todo esto. La tentación de elevarse rápido. De instalarse en una posición de autoridad sin haber pasado por el proceso que la legitima. Y una de las formas más fáciles de hacerlo es rebajando a quienes están abajo… o a quienes estuvieron antes. Es una forma de atajo. Funciona en percepción. Funciona en narrativa. Pero no funciona cuando llega el momento de demostrar.
Y ahí es donde todo cambia. Porque cuando ya no basta con señalar y hay que resolver, esa estructura empieza a crujir. Lo que antes era “ineficiencia” se convierte en “complejidad”. Lo que era “ausencia” se vuelve “limitaciones del sistema”. Lo que parecía evidente desde afuera, se vuelve profundamente difícil desde adentro. Y entonces el discurso, inevitablemente, se transforma. No porque la realidad cambie… sino porque ahora te toca vivirla.
Y en ese punto, la conversación debería elevarse. Porque criticar es válido. Señalar errores es necesario. Pero construir autoridad rebajando a otros, antes de haber demostrado lo propio, no solo es débil… es riesgoso. Riesgoso para quien lo hace, porque se expone a su propia prueba. Y riesgoso para el país, porque alimenta una cultura donde el ruido pesa más que el resultado.
Y lo más importante de todo es que este mecanismo no vive solo en la política. Vive en todas partes. En las conversaciones cotidianas, en los espacios de trabajo, en los proyectos personales. Vive en ese impulso silencioso de decir “yo no soy como ellos”… en lugar de simplemente demostrar quién sos. Es humano. Es común. Pero no por eso deja de ser limitante.
Tal vez, entonces, la pregunta final no es si alguien tiene derecho a criticar. Claro que lo tiene. La crítica es parte esencial de cualquier sociedad sana. La pregunta real es: ¿desde dónde lo está haciendo? Porque cuando llegue el momento de demostrar, cuando ya no haya a quién señalar ni con quién compararse, lo único que va a quedar es la realidad.
Y ahí, como siempre, la realidad habla.