
Don Rodrigo Chaves cierra su mandato con una popularidad del 77%. Y si lo miras con un poco de distancia, no resulta sorprendente. Es un presidente con una presencia fuerte, con una comunicación directa, con un estilo que conecta con una parte importante de la población. Además, el continuismo acaba de ganar las elecciones, lo cual refuerza esa percepción. Así que sí, era lógico que el número fuera alto. Incluso si hubiera sido un 80%, difícilmente alguien habría cuestionado la popularidad en sí misma. Lo que sí vale la pena preguntarse, con serenidad y sin necesidad de negar el dato, es qué significa realmente esa popularidad, de dónde viene, qué emociones la sostienen, qué percepciones la alimentan y qué tipo de relación se ha construido entre el presidente y una parte importante de la ciudadanía.
Porque una cosa es reconocer que una figura política es popular, y otra muy distinta es entender las bases de esa popularidad. El dato, por sí solo, no explica el fenómeno. No te dice si esa aprobación nace de resultados concretos, de una identificación emocional, de una narrativa bien instalada, de una reacción contra otros sectores, de una necesidad de orden, de una sensación de cercanía o de una mezcla de todo eso. Y ahí es donde la conversación se vuelve más interesante. No para invalidar el número ni para burlarse de quienes lo respaldan, sino para comprender lo que el país está expresando a través de ese dato, porque una sociedad también habla por medio de sus adhesiones, sus rechazos y sus silencios.
Ahora bien, hay otro elemento que muchas veces pasa desapercibido, pero que también merece ser mirado con cuidado: cómo se obtiene ese número. La encuesta fue realizada a 1400 personas. Y aunque eso, en términos técnicos, puede ser suficiente dentro de ciertos márgenes estadísticos, cuando lo llevas a una imagen más cotidiana, más tangible, empieza a sentirse distinto. Imagínate el Estadio Nacional completamente lleno, con unas cuarenta y dos mil personas, y ahora imagina que, de todo ese estadio, solo doce personas levantan la mano y dicen lo que piensan. Más o menos esa sería la proporción equivalente. Doce voces dentro de un estadio lleno para intentar imaginar lo que siente la totalidad de quienes están ahí.
No digo esto para afirmar que la encuesta esté mal, porque no necesariamente lo está. Lo digo porque cambia la perspectiva. Te recuerda que no estás frente a una verdad absoluta, sino frente a una aproximación. Una fotografía parcial que intenta representar algo mucho más grande, más complejo y más movedizo que un porcentaje. Y eso no invalida el dato, pero sí te invita a mirarlo con más criterio, a no recibirlo como una conclusión cerrada, a no convertirlo de inmediato en una bandera ni en una sentencia. Los números pueden orientar, pero también pueden adormecer el pensamiento cuando se presentan sin suficiente contexto o cuando se usan únicamente para confirmar lo que alguien ya quería creer.
Tal vez por eso, más allá de si el número es 77, 75 u 80, lo que realmente importa es la forma en que eliges leerlo. Puedes tomarlo como una verdad incuestionable y detener ahí la conversación, o puedes verlo como un punto de partida para entender algo más profundo sobre el país, sobre sus emociones, sobre sus expectativas y sobre la manera en que hoy se construye la confianza política. Porque al final, no se trata solamente de discutir un porcentaje. Se trata de no perder la capacidad de pensar, incluso cuando el número parece claro.