El peso de un legado

Hace algunos días, doña Claudia Dobles, diputada de la República para el período 2026-2030, excandidata presidencial y ex primera dama, resumió en un video lo que, desde su perspectiva, representa el legado de la administración de Rodrigo Chaves. Y más allá de simpatías o diferencias políticas, lo que dijo obliga a detenerse un momento, porque cuando un país termina un gobierno cargando cifras relacionadas con homicidios históricos, debilitamiento de la inversión educativa, presión sobre la seguridad social, listas de espera crecientes, problemas de transporte y una sensación de confrontación constante, no estamos hablando solamente de política. Estamos hablando de calidad de vida, de estado emocional colectivo y de la forma en que una nación termina sintiéndose consigo misma.

Por supuesto, quienes respaldan al expresidente tendrán otra lectura. Hablarán de liderazgo fuerte, de enfrentamientos con estructuras tradicionales, de una narrativa que conectó con muchísima gente y que, evidentemente, logró sostener un enorme nivel de popularidad hasta el final de su mandato. Y eso también es real. No se puede negar que existió una conexión emocional importante entre Rodrigo Chaves y una parte significativa de la población costarricense. Pero una cosa es la popularidad de una figura política, y otra muy distinta es el balance estructural de un gobierno cuando empiezan a observarse las cifras frías y los efectos acumulados en áreas sensibles para el país. Y ahí es donde la conversación deja de ser cómoda.

Porque si las cifras señaladas son correctas, si los indicadores efectivamente reflejan deterioro en temas fundamentales como seguridad, educación, salud pública, movilidad y convivencia democrática, entonces el país tiene la obligación de preguntarse qué fue lo que ocurrió realmente durante estos años. No desde el fanatismo ni desde el odio político, sino desde la responsabilidad de comprender. Porque ningún país mejora si convierte cada administración en una guerra emocional donde unos niegan absolutamente todo lo malo y otros niegan absolutamente todo lo bueno.

Ahora bien, más allá de la valoración histórica que eventualmente se haga de esta administración, hay algo que sí resulta inevitable: la expectativa sobre el nuevo gobierno. Porque cuando una administración de continuidad llega al poder después de cuatro años tan intensos y polarizantes, lo mínimo que uno esperaría es aprendizaje. Aprendizaje político, aprendizaje técnico y, sobre todo, aprendizaje humano. Entender qué cosas generaron desgaste, qué errores fracturaron innecesariamente al país y qué áreas no pueden seguir siendo tratadas desde la improvisación o desde la confrontación permanente.

Y ahí es donde doña Laura Fernández enfrenta probablemente el desafío más complejo de todos.

No solamente gobernar. Sino demostrar que la continuidad no significa repetir los mismos errores.

Porque si este nuevo gobierno realmente pretende consolidarse como una evolución y no simplemente como una extensión emocional del anterior, tendrá que mostrar resultados concretos en aquellos lugares donde el país siente dolor. Seguridad. Educación. Salud. Transporte. Respeto institucional. Calidad del diálogo público. Todo aquello que no puede sostenerse únicamente desde la narrativa o desde el enfrentamiento político.

Tal vez por eso, más allá de las frases fuertes o de las valoraciones duras que puedan hacerse sobre el gobierno saliente, lo más importante ahora no es quedarse atrapados en el cierre de una administración, sino observar con claridad el inicio de la siguiente. Porque Costa Rica ya no necesita solamente discursos intensos ni emociones fuertes. Necesita estabilidad. Necesita acuerdos. Necesita madurez. Y necesita, sobre todo, que quienes tienen el poder entiendan que gobernar un país no consiste únicamente en ganar una batalla política, sino en cuidar la vida cotidiana de millones de personas.

Ojalá que el nuevo gobierno haya aprendido de los errores del anterior. Y ojalá también que el país haya aprendido algo de sí mismo en todo este proceso.

Porque al final, los gobiernos pasan. Pero las consecuencias —buenas o malas— se quedan viviendo con la gente.

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