Cuando ya no se puede dialogar

He llegado a pensar que es muy difícil —casi imposible— mantener un diálogo sereno con muchas de las personas que siguen la forma de hacer política del actual gobierno.

Intentar hablar de economía, de fraude o de corrupción no sirve; son temas atrapados en clichés que ya se convirtieron en dogmas. Y cuando algo se vuelve dogma, deja de ser conversación.

Tal vez la única manera de acercarse sea desde otro ángulo: el de los valores. Preguntarnos si hemos perdido algo esencial desde el Ejecutivo.

¿Es esta la forma en que queremos comunicarnos? ¿Es este el tono que queremos para nuestros hijos, para nuestra convivencia? ¿Nos representa esta manera de hablar?

Quizás ahí, y solo ahí, todavía exista una rendija para el diálogo.

Porque cuando alguien me dice: “A mí sí me gusta cómo habla el presidente”, entiendo que ya no estamos hablando de política, sino de identidad.

Y en ese punto, la única forma de recuperar la conversación es recuperar primero el alma del país.

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