El eco de lo que ya sabíamos

Y entonces los seguidores del presidente actual salen gritando y vitoreando porque, según ellos, este presidente sí puso en evidencia dónde está la corrupción. Que señaló a los corruptos. Que se levantó con valentía, con poder, con honor y con gloria. Que dijo lo que nadie antes se había atrevido a decir.

Y yo escucho todo eso y solo pienso: bla, bla, bla, bla.

Número uno: el presidente no descubrió nada. Solo gritó en un micrófono. No hay una sola acusación de corrupción que haya llegado a los tribunales. Ni una. Solo ruido. Solo espectáculo.

Número dos: ¿en qué mundo viven? Los que tenemos más de cuarenta años sabemos perfectamente dónde está la corrupción. Siempre lo hemos sabido. Sabemos quiénes son los corruptos, sabemos cómo se disfrazan, sabemos qué nombres suenan y qué apellidos se repiten. Rodrigo no vino a revelarnos nada nuevo. Vino a gritar lo que todos ya sabían.
Y los que ya lo sabían, lo aplaudieron. Lo celebraron como si hubiera encendido una antorcha, cuando en realidad solo encendió un megáfono.

Y lo que grita, grita bien fuerte. Tan fuerte que muchos confundieron el volumen con la verdad.
Creyeron que porque hablaba golpeado, hablaba claro. Creyeron que porque insultaba, tenía razón. Y así fue como se volvió “el presidente del pueblo”: no por sus ideas, sino por su tono.
El tono del enojo, del hartazgo, del rencor.

Pero no nos engañemos: el grito no limpia. El grito solo ensordece. Y mientras el país se acostumbra al ruido, la corrupción sigue ahí, intacta, cómoda, agazapada en los mismos rincones de siempre, viendo cómo nos peleamos entre nosotros mientras ella sigue cobrando.

Rodrigo no vino a decirnos nada nuevo. Vino a darle un micrófono a la rabia. Y la rabia, cuando se institucionaliza, se vuelve peligrosa. Se vuelve un modo de gobierno. Y eso, justamente eso, es lo que hoy estamos viviendo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio