Dichosa continuidad

Hay algo que, bien contado, puede sonar incluso tranquilizador. La idea de continuidad. La sensación de que no estamos empezando de cero, de que lo que se inició en una administración no se pierde en la siguiente, de que hay una línea que se sostiene, una estrategia que no se interrumpe. Y en medio de un mundo que se percibe inestable, golpeado por crisis de guerra que aún no terminan de definirse, esa narrativa puede generar una especie de calma anticipada. Como si, por el simple hecho de continuar, ya estuviéramos mejor preparados.

Si uno lo mira desde ese ángulo, hasta podría parecer una ventaja. Venimos de un periodo en el que, según información pública, se tomaron decisiones clave, se establecieron alianzas con países de peso —incluyendo acercamientos con Estados Unidos—, se firmaron acuerdos que buscan amortiguar el impacto de lo que viene. Se habla de combustible, de abastecimiento, de precios, de medicamentos, de estructuras que permitirían sostener al país cuando la presión global se intensifique. Y entonces aparece una expectativa: que todo eso dé resultados, que lo que se sembró realmente proteja.

Además, hay una figura que se repite, que estuvo presente en esos procesos, que participó en esas decisiones, que ahora continúa desde otra posición. Y eso refuerza la idea de que hay coherencia, de que no se está improvisando, de que existe una hoja de ruta que se conoce y se sostiene. Desde ese lugar, no es difícil entender por qué algunos hablan de garantía, de respaldo, de una especie de blindaje frente a lo que podría venir.

Esperamos también que este gobierno de continuidad, que sigue a otro en el que la actual presidente tuvo participación directa, haya tomado medidas claras en sectores tan sensibles como la agricultura y el turismo. Porque no se trata solo de firmar acuerdos o asegurar combustible, sino de sostener lo que alimenta al país y lo que lo mueve económicamente. Si esas previsiones existen, si realmente hay planificación detrás, tal vez —y solo tal vez— no enfrentemos aumentos desmedidos en los precios o escenarios de escasez que terminen golpeando a la población.

Dichosamente, no hemos sido un país acostumbrado a crisis mundiales constantes, y eso también influye en cómo percibimos el riesgo. Pero precisamente por eso, cada señal de preparación se vuelve relevante. Cuando llegó la crisis del Covid, el gobierno de Carlos Alvarado intentó responder dentro de sus capacidades, enfrentando una situación que desbordó a muchos países, incluso a los más preparados. Hoy, la sensación que se intenta transmitir es distinta: que esta vez sí estamos listos, que esta vez sí hay previsión, que esta vez no nos tomará por sorpresa.

Y lo digo sin rodeos, como lo comenté en una conversación reciente: honestamente, yo creo que este gobierno va a ser formidable. Estamos en un mundo en tensión, y este gobierno se ha preparado para eso, haciendo alianzas fuertes. Estoy seguro de que no tendremos escasez de gasolina, ni precios desbordados, ni falta de alimentos o medicamentos. Eso, de ser así, sería una ventaja enorme para un gran gobierno.

Más aún si, como también se ha señalado, existe una coincidencia de fuerzas entre el Ejecutivo y el Legislativo. Si se cuenta con los votos, con las comisiones, con la capacidad de impulsar proyectos sin mayores obstáculos, entonces el margen de acción es amplio. Muy amplio. Y cuando el margen es amplio, también lo es la responsabilidad. Incluso se ha dicho que, en ese escenario, prácticamente nada podría atrasarlos o frenarlos en la ejecución de su agenda.

En las próximas semanas, luego del cambio de poderes, empezaremos a ver si todo esto se traduce en resultados concretos. No en discursos, no en promesas, sino en efectos reales sobre la vida de las personas. Y muy poco tiempo después de la entrada del nuevo gobierno, muchos estarán listos para agradecer esa supuesta protección frente a la crisis mundial que se anticipa.

Por lo tanto, y soy enfático en esto, si la crisis nos pasa por alto y los resultados internos del gobierno que está por entrar son favorables, mis palabras anteriores serán una realidad. Es cuestión de esperar para conocer de qué está hecha la señora presidente. Porque cuando el contexto es exigente y las condiciones están dadas, lo que emerge no es el discurso… es la capacidad real de gobernar.

Y en paralelo, hay otro elemento que no es menor y que también merece atención: la elección de magistrados. Según se comenta, harían falta algunos votos adicionales para concretar esas designaciones. Ojalá se logren, sí, pero bajo un criterio claro: que las personas propuestas tengan los atestados suficientes, intachables y de buen proceder. Porque si algo debe mantenerse firme, incluso en escenarios de continuidad y alineación política, es la calidad y la independencia de quienes sostienen la institucionalidad.

Y vale decirlo con claridad: esto no es sarcasmo. Desde mi punto de vista, ojalá sea cierto. Ojalá que un gobierno que, en la práctica, suma ocho años de continuidad, y que además tuvo que enfrentar el inicio de una crisis internacional en la etapa final de su primer periodo, haya logrado prepararse para lo que viene. Ojalá que todo ese tiempo, toda esa experiencia acumulada, todas esas decisiones tomadas, realmente estén orientadas a proteger al país y no solo a sostener una narrativa.

Porque cuando la expectativa se coloca tan alto, cuando la promesa es tan amplia y la confianza se pide de forma tan abierta, ocurre algo inevitable: el resultado deja de ser opcional. Se vuelve medible. Se vuelve visible. Se vuelve imposible de disimular.

Y ahí es donde la continuidad deja de ser un discurso… y pasa a ser una prueba.

Una prueba que no se gana con palabras.

Se gana con resultados.

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