
Esta mañana me ocurrió algo que, en medio del ruido constante de la política, se sintió profundamente humano. Tenía una reunión con un diputado electo del Partido Liberación Nacional en el hotel Crown Plaza, el antiguo Corobicí. Un espacio de esos donde uno llega con la mente puesta en conversaciones formales, agendas, temas país… y, sin embargo, la vida a veces se encarga de abrir pequeñas ventanas inesperadas.
Mientras estaba en la recepción, noté a una mujer en las gradas, arriba, que hablaba por teléfono y al mismo tiempo movía su brazo saludando hacia donde yo estaba. Volví a ver a la señora que estaba a mi lado, pensando que el saludo era para ella, pero no. Levanté la mirada otra vez, y como en una escena medio improvisada, medio curiosa, le pregunté con señas si era conmigo. Me indicó que sí. Subí las gradas.
En ese momento no estaba completamente seguro de quién era. Me parecía reconocerla. Mientras terminaba su llamada, hice lo que cualquiera haría hoy: busqué su foto. Y sí, era ella. La defensora de los habitantes. Terminó su conversación y se acercó con una calidez que no se ensaya, que no se fabrica, que no se aprende en ningún manual institucional. Me saludó, me agradeció por mis artículos. No me conocía personalmente. Yo tampoco a ella. Alguna vez la había visto en la Asamblea Legislativa, pero nunca habíamos cruzado palabra.
Y ahí, en ese encuentro breve, pasó algo que a veces olvidamos cuando hablamos de instituciones: recordé que detrás de cada cargo hay una persona. Una persona que siente, que observa, que decide acercarse, que elige saludar con naturalidad, sin protocolo, sin cálculo. Hablamos unos minutos. Tenía que regresar a una reunión de la que se había salido para atender su llamada, pero antes de irse me insistió en que la visitara en la Defensoría de los Habitantes. No como un trámite, no como una formalidad, sino como una invitación genuina a conversar.
Hace unos días había recibido también una invitación del defensor adjunto. Y entonces uno empieza a ver que hay algo más allá del titular, más allá del cargo, más allá del ruido externo. Hay disposición. Hay apertura. Hay, en algunos casos, un interés real por conectar desde lo humano antes que desde lo político. Y eso, en estos tiempos, no es menor.
Porque hemos reducido tanto la conversación pública a bandos, a etiquetas, a ataques, que olvidamos reconocer estos gestos. Olvidamos que la institucionalidad no es solo estructura, no es solo normativa, no es solo control. También puede ser cercanía. También puede ser una sonrisa en una grada, un saludo inesperado, una conversación breve que te recuerda que no todo está roto.
A mí, personalmente, estos momentos me confirman algo que no siempre es fácil sostener: que vale la pena seguir escribiendo, seguir observando, seguir aportando desde donde uno puede. Porque cuando alguien se acerca sin necesidad, cuando alguien te reconoce sin conocerte, cuando alguien te invita sin agenda oculta, hay una señal. Pequeña, sí. Pero clara.
Y tal vez de eso también se trata construir país. No solo de grandes discursos ni de posiciones ideológicas, sino de estos encuentros donde la institucionalidad deja de ser un concepto abstracto… y se convierte en algo profundamente humano.
Tan humano que ya no es la señora Defensora de los Habitantes de la República recibiéndote desde un cargo, sino una mujer, simplemente una mujer, que lo lleva con naturalidad, saludando de rojo desde un balcón a un hombre que nunca había visto. Y en ese gesto, sin protocolo y sin cálculo, aparece algo que a veces parece perdido.
Esa es la Costa Rica que amo.