Heredia con faroles

Desde hace unas semanas, Luis Fer y yo habíamos acordado vivir la fiesta patria de este 14 de setiembre en Heredia, específicamente en el centro, alrededor del parque frente al Fortín. Y después de lo vivido esta noche puedo decir que no pudimos haber tomado una mejor decisión. Nos encontramos con gente linda, amable, alegre y orgullosamente costarricense. Me llamó particularmente la atención que una inmensa mayoría de los faroles parecían haber sido fabricados en casa y no comprados. Había casitas, carretas, símbolos patrios y muchas referencias a nuestra Costa Rica. También encontramos algunos no tan tradicionalmente alusivos a la fecha, pero igualmente hermosos y llenos de creatividad, como los de un par de muchachos que llevaban, uno, un farol con forma de empanada arreglada y, el otro, uno inspirado en un fresco de cas. Costa Rica también se celebra desde esas pequeñas ocurrencias que nos hacen sonreír y reconocernos.

Desde que llegamos comenzaron las fotografías y los abrazos. Me tomé decenas de fotos y probablemente recibí un número parecido de muestras de cariño. Muchas personas me decían que me seguían en redes sociales, pero lo que más me conmovió fue darme cuenta, por sus palabras y por la manera en que se acercaban, de que no se trataba solamente de seguidores. Eran personas que me apreciaban, que reconocían el trabajo que hemos venido realizando desde Apacigua y, particularmente, el tono con el que hemos tratado de comunicarnos: con serenidad, con respeto y procurando que aun en medio de las diferencias podamos seguir hablándonos como costarricenses.

Al llegar subimos al kiosco y, de pronto, nos dimos cuenta de que estábamos prácticamente frente a todo el público: quienes estaban sentados y quienes permanecían de pie observaban atentamente los bailes típicos que se presentaban allí. En determinado momento una señora se acercó y me preguntó de qué grupo era yo. Le contesté que de ninguno, y entonces, con toda razón, me explicó que no podía permanecer allí porque aquel era un espacio reservado para las personas acreditadas. Le dije que comprendía perfectamente, que ella tenía razón, y simplemente le comenté que yo era Vinicio Jarquín. Entonces me dijo que no me fuera. Yo insistí en que no había ningún problema, porque entendía perfectamente la organización, pero ella también insistió y terminó llevándonos a unas sillas preferenciales desde donde pudimos disfrutar cómodamente de las maravillosas actividades que la Municipalidad de Heredia había preparado. Y ahí estábamos, rodeados de muchas señoras que me reconocían, nuevamente entre fotografías, saludos, conversaciones y muestras de un cariño que recibo con profundo agradecimiento.

Mientras estábamos allí llegó a presentarse y saludarnos don Marlon Obando, a quien yo no conocía personalmente. Además de ser regidor, es el presidente del Concejo Municipal de Heredia. Me pareció una persona de una enorme amabilidad. Conversamos brevemente y, por supuesto, me puse a sus órdenes, como acostumbro hacerlo cuando encuentro espacios donde Apacigua pueda servir de alguna manera. Si desde nuestro trabajo podemos colaborar en favor de la democracia, los principios que defendemos o los valores desde los cuales procuramos comunicarnos y construir convivencia, siempre estaremos dispuestos a hacerlo.

Hubo además un detalle que me impresionó particularmente: hasta el modo de actuar de la Policía fue sobresaliente, al mejor estilo herediano y costarricense. En determinado momento, mientras muchas personas estábamos tomando fotografías de los edificios iluminados, llegó un vehículo policial y se estacionó justamente en un punto que prácticamente arruinaba la posibilidad de seguir tomando aquellas fotos. Me acerqué al conductor y, con toda naturalidad, le comenté que el vehículo nos había dañado las fotografías. Su reacción no pudo ser más amable. Me respondió que yo tenía razón, informó a su jefe y, casi de inmediato, movieron no solo aquel carro, sino todos los vehículos oficiales que estaban estacionados a lo largo de unas dos cuadras. Puede parecer un detalle pequeño, pero no lo fue. Fue una reacción tan considerada, tan amistosa y tan respetuosa hacia la gente que estaba allí disfrutando de la noche, que verdaderamente me impresionó. No hubo molestia, arrogancia ni discusión. Simplemente escucharon, entendieron y actuaron. También eso es civismo. También eso habla de una manera de ejercer la autoridad que merece ser reconocida.

Después caminamos un poco por el centro de Heredia. Visitamos la iglesia, nos comimos una deliciosa empanada en una feria que estaba instalada junto al parque y tomamos múltiples fotografías de los edificios iluminados, que esta noche parecían recordarnos que las ciudades también pueden vestirse de patria. Incluso ocurrió algo que me hizo reír bastante. Fui tan reconocido durante la noche que algunas personas terminaron confesándome que, en realidad, ellas no sabían quién era yo. Pero como veían a tanta gente acercándose para tomarse fotografías conmigo, decidieron que mejor también se tomaban una, “por si acaso yo era famoso”, y que después revisarían las redes sociales para averiguar quién era aquel señor con el que acababan de fotografiarse.

Y a las seis de la tarde llegó uno de esos momentos que no se explican solamente con palabras. Se cantó el Himno Nacional y lloré. Tal vez porque alrededor mío había faroles, niños, familias, música y una ciudad entera celebrando. Tal vez porque en medio de tantas discusiones, diferencias, preocupaciones y tensiones que vivimos como país, escuchar nuestro Himno en una plaza llena de gente tranquila me recordó que Costa Rica sigue siendo mucho más grande que nuestras diferencias.

Regreso profundamente impresionado por la organización de las actividades de la Municipalidad de Heredia, por la calidez de personas de todas las edades, por la creatividad de los faroles, por los grupos de baile, por la amabilidad de don Marlon, por la actitud ejemplar de los oficiales de Policía y, sobre todo, por haber tenido la oportunidad de presenciar una celebración profundamente patriótica. Esta noche no vi una Costa Rica peleando. Vi familias caminando juntas, niños cargando orgullosos sus faroles, adultos sonriendo, policías escuchando a la gente y personas conversando, bailando, fotografiándose y disfrutando de una tradición que nos pertenece a todos.

Y quizás eso era exactamente lo que yo quería encontrar esta noche: una Costa Rica encendida, sí, pero encendida por sus faroles.

1 comentario en “Heredia con faroles”

  1. Me llena de esperanza esta nota. Nosotros también vimos la antorcha en Quepos y un par de escuelas de camino y cantamos el himno desde el carro. Yo también lo canté con mucho sentimiento.
    Para quienes tuvieron experiencias no patrioticas o las vieron por tele, recordemos… son minoría, y hasta muchos de esa minoría con un poco de trabajo y esperanza reencontrarán el verdadero significado de Paz y Democracia en Costa Rica.

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