¿Dónde está la humanidad?

¿Dónde está la humanidad? La pregunta no es retórica, aunque parezca un eco en un salón vacío. Es un grito que nace del dolor compartido, un clamor que se arrastra desde las páginas más oscuras de nuestra historia hasta las imágenes más crudas del presente.

Nos avergonzamos como humanidad. Nos avergonzamos del Holocausto, no solo por la monstruosidad que significó, sino porque el silencio fue tan grande como el rugido de las hogueras. No hubo suficiente resistencia, no hubo manos suficientes que se levantaran, no hubo voces suficientes que gritaran. Y hoy, cuando volvemos la mirada a Gaza, la vergüenza nos alcanza de nuevo. Porque lo que ayer condenamos con solemnidad, hoy lo vemos repetirse con otros nombres, con otros rostros, pero con la misma herida.

El pueblo que fue perseguido, masacrado, humillado, hoy levanta su mano para masacrar, humillar, diezmar. La víctima se ha confundido con el verdugo, y en ese espejo roto todos nos miramos. ¿Dónde está la humanidad cuando quienes vivieron en carne propia la memoria del exterminio repiten la sombra sobre otros cuerpos, sobre otras familias, sobre otros niños?

Quizá entonces, durante el Holocausto, no teníamos cómo actuar. Quizá los caminos de la información eran lentos, quizás la distancia nos salvaba de la crudeza inmediata del horror. Pero hoy, hoy que tenemos las imágenes en la palma de la mano, hoy que podemos ver en directo el llanto de un niño cubierto de polvo, el cuerpo de una madre bajo los escombros, la impotencia de un anciano que ya lo perdió todo, hoy no tenemos la excusa de no saber. Y sin embargo, tampoco tenemos cómo detenerlo.

El peso de la vergüenza se hace insoportable. La vergüenza de ver repetirse la misma historia con distinta bandera, la vergüenza de sentir que no basta la indignación, que no alcanzan las lágrimas. El silencio de la humanidad es un silencio cómplice, porque en cada minuto que pasa un niño deja de respirar, una casa se convierte en ruina, un corazón se parte en dos.

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde está esa chispa de compasión que debería levantarse por encima de la venganza, de la política, del poder? Si la humanidad existe, debería manifestarse no solo en discursos solemnes ni en condenas diplomáticas, sino en la defensa radical de la vida, en la protección del inocente, en la renuncia a repetir la violencia.

Yo, desde este rincón, me siento avergonzado. Me siento impotente, pequeño, reducido a palabras que no curan, a gestos que no alcanzan. Pero no quiero callar, porque callar sería dejar que la vergüenza se convierta en costumbre. Y si algo nos queda como humanidad, aunque sea un susurro, es recordar que la vida de cualquier ser humano tiene el mismo valor que la de todos.

¿Dónde está la humanidad? Quizá escondida en un niño que todavía sueña entre ruinas, en una mano que comparte el último pedazo de pan, en una voz que se atreve a decir “basta”. Quizá aún no está perdida del todo. Pero mientras no la encontremos, mientras sigamos avergonzándonos del pasado y del presente, esta pregunta seguirá siendo una herida abierta en el corazón del mundo.

Lo que me da miedo es que, ante la pregunta de dónde está la humanidad, quizás sí está escondida en un niño. En el niño hijo de un victimario. En un niño que sueña en paz, mientras otros niños mueren en manos de su padre, de su Estado, de su país. En la mano que comparte el último pedazo de pan, mientras otros niños tienen todo lo que quieren, todo lo que necesitan. ¿Dónde está la humanidad? Es mi pregunta. Y lo que me aterra es si la humanidad está en Gaza, si la humanidad es el Estado de Israel, uno víctima y otro victimario, o si humanidad es sinónimo de nosotros, los impotentes. Y casi peor aún, si la humanidad está o si la humanidad es todos esos que tienen poder para detener esta masacre, y no lo hacen, y no lo quieren hacer.

Desde muchas lenguas, desde el corazón de aquellos que hablaban muchas lenguas, se exterminó a quienes hablaban hebreo. Y hoy, quienes hablan hebreo, exterminan a quienes se comunican en árabe. ¿Hasta dónde iremos a llegar? ¿Cuál será la próxima lengua? ¿Cuál será el próximo destino? ¿Cuál será el próximo pueblo que alguno de ellos, o de otros, querrá exterminar? Basta ya, porque si esto es humanidad, no quiero serlo.

Posdata

Respeto profundamente al pueblo judío y su dolor histórico. El alma me llora por lo que sus antepasados vivieron, por la persecución, el exilio, el exterminio que padecieron. Respeto también al pueblo de Israel que no está de acuerdo con esta guerra, a las voces que dentro y fuera de sus fronteras claman por la paz y se oponen a la violencia. Pero al mismo tiempo, condeno con toda claridad las acciones del gobierno del Estado de Israel que hoy perpetúa la masacre.

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