
Hace algunos días, envié formularios a la Librería Internacional con la esperanza de que aceptaran mis libros. Primero fueron dos, luego otros dos. Revisaron sinopsis, información, y pidieron ejemplares físicos. La semana pasada los llevé, con la ilusión y el nervio que da entregar una parte de uno mismo en papel.
Hoy me respondieron: los cuatro libros fueron aceptados. Y no en consignación, sino en compra en firme. Para cualquier escritor independiente, esto es una noticia enorme. Y yo debería estar saltando de alegría… pero lo que siento es extraño.
No sé si estoy feliz o si estoy en un estado raro de incredulidad. Me descubro más bien sintiendo la ausencia de tristeza. Me explico: varias veces me he preguntado cómo me habría sentido si me hubieran dicho que no a uno, a dos o a los cuatro libros. Hubiera sido duro, frustrante, desmoralizante. Y, en cambio, como no sucedió, lo que siento es un alivio profundo. Como si la alegría se disfrazara de descanso, de respiración tranquila, de “no me rechazaron”.
Me impresiona darme cuenta de que a veces nuestra felicidad no llega envuelta en fuegos artificiales, sino en silencio. No siempre es euforia. A veces es simplemente la ausencia de la herida que temíamos.
Y en ese espacio, me quedo reflexionando: ¿cuántas veces en la vida hemos sentido felicidad sin saber reconocerla, solo porque no tiene el brillo ruidoso que imaginamos? Quizás la felicidad también se parece a esto: a estar en paz porque la tormenta no llegó.
Interesantemente, en esta situación y en este momento, mi felicidad es sinónimo de falta de tristeza. No es un júbilo desbordado ni una fiesta interna; es más bien la calma que deja el haber esquivado un golpe. Es curioso descubrir que la alegría también puede sentirse como un vacío limpio, como la ausencia de lo que duele, y que en esa ausencia habita una forma distinta de plenitud.
Interesantemente, después de esta toma de conciencia y de escribir este ensayo, me di cuenta de lo que pasaba. Mi consciente está feliz por la noticia, pero mi inconsciente está “no triste” porque esquivó el golpe. Y al tomar conciencia de eso, noto cómo dentro de mí el “no triste” empieza a desvanecerse y, en su lugar, comienza a florecer la verdadera felicidad.
Mi recomendación, si algún día te sucede algo similar, es detenerte y preguntarte: ¿estoy feliz por lo que viene o estoy simplemente no triste por lo que pudo haber venido? En el momento en que lo reconozcas, permites que la felicidad —y en este caso el júbilo— florezcan a pesar de las piedras, como lo hace el Papavero Rosso en las líneas del tren en Italia.
Veinte minutos después. Y así, poco a poco, la felicidad continuaba floreciendo sin dejar espacio para ninguna otra sensación. Al punto que, cuando le conté a mi mamá, lloré de emoción.
Soy Vinicio Jarquín. Me puedes encontrar, muy pronto, en la Librería Internacional.