En política, no todos los grupos que se forman son iguales. Hay partidos que nacen de ideas, de proyectos de país, de visiones distintas sobre cómo administrar los recursos y mejorar la vida de la gente. Y hay otros que surgen del enojo, del rencor o del resentimiento, alimentados más por lo que odian que por lo que sueñan construir.
Una cosa es un partido político formado por personas que vienen de distintas corrientes, incluso de antiguos adversarios, pero que logran unirse en torno a un propósito nuevo. Eso puede tener sentido; las sociedades evolucionan, la gente cambia de criterio, y la democracia permite que quienes antes pensaban distinto encuentren puntos de encuentro. Lo importante ahí es la propuesta común: un proyecto que mire hacia adelante, que tenga ideas claras y respeto por las diferencias.
Otra muy distinta es una agrupación que se funda sobre el desprecio.
Esos grupos no nacen para gobernar, sino para gritar. No se juntan para construir, sino para destruir. Son los que hacen de la política un ring, de la palabra un arma, y del miedo su combustible. Se nutren de la desinformación, de los resentimientos y del cansancio de la gente, aunque no todos los que los siguen estén en ese estado. Algunos llegan ahí de buena fe, buscando una voz que los escuche, sin darse cuenta de que están prestando su energía a un movimiento que vive del conflicto.
El problema de esas agrupaciones es que no saben qué hacer con el poder cuando lo consiguen, porque solo aprendieron a oponerse, no a proponer. El grito que los unió termina siendo el mismo que los divide. Sin un proyecto real, lo único que logran es prolongar la polarización y convertir la vida pública en una guerra interminable de “ellos contra nosotros”.
Costa Rica necesita partidos con ideas, no con heridas. Necesita proyectos que integren, no que insulten. La rabia puede mover multitudes, pero nunca ha construido una nación. La historia enseña que los movimientos que nacen del desprecio mueren del mismo veneno que los hizo crecer.
No se trata de cuántos gritan, sino de qué están diciendo cuando el ruido se apaga.
Y en eso, siempre ganan los que saben pensar en lugar de odiar.