Egipto y Turquía – Capítulo 2

Dos días antes del vuelo

Siempre hay un momento silencioso antes de cada viaje. No es cuando compras el boleto. Tampoco cuando haces la maleta. Es un instante más sutil, casi interno, en el que empiezas a sentir que tu vida cotidiana ya empezó a soltarte un poco, aunque todavía estés físicamente en casa. Ese momento llegó dos días antes de salir de San José, cuando me senté frente a la computadora y abrí, casi por reflejo, el archivo donde empiezo todos mis diarios.

Es una costumbre. Necesito escribir antes de partir. No para contar lo que ya pasó, sino para acomodar la mente en modo viaje, como si las palabras fueran una forma de empezar a mover el cuerpo incluso antes de que el avión despegue. Cuando escribo esos primeros párrafos, algo dentro de mí cambia de ritmo. Empiezo a mirar el mundo con atención ampliada, como si cada detalle ya estuviera anunciando que pronto dejará de ser rutina.

Sabíamos que este viaje sería distinto. No solo por los destinos, sino por la sensación acumulada de que nos estábamos moviendo hacia territorios culturalmente intensos, históricamente densos, emocionalmente cargados. Cruzaríamos el Atlántico y, una vez del otro lado, nuestros pasos tocarían Europa, Asia y África en una sola ruta. El Mediterráneo aparecería varias veces en el horizonte, veríamos el Bósforo, el Mar de Mármara, el Mar Negro, el Tirreno en Italia, y el Nilo atravesando Egipto como una columna vertebral milenaria. Incluso estaríamos cerca del Mar Rojo, aunque esta vez no lo tocaríamos. Aun así, bastaba imaginar esa proximidad para sentir que el mapa empezaba a volverse tridimensional dentro de la cabeza.

Volveríamos también al mundo árabe. Y esa frase, tan simple en apariencia, llevaba consigo un peso especial. Sabíamos que entraríamos a un país donde, según nos habían advertido, las mujeres extranjeras podían ser percibidas de formas que en nuestro contexto resultarían impensables. Viajar no siempre es moverse por lugares cómodos; a veces es exponerse a realidades que obligan a expandir la mirada, a observar sin juzgar de inmediato, a entender que el mundo no está organizado según nuestros propios códigos.

Mientras organizaba todo esto en mi mente, también aparecía la otra realidad del viaje: la logística invisible. Viajar no significa desconectarse completamente de la vida. Al contrario, muchas veces implica sostener dos mundos simultáneamente. Tenía que seguir conectado con la oficina en San José, revisar asuntos, responder mensajes, coordinar decisiones. Mi hermano Norman se encargaba de gran parte de las responsabilidades, pero él también tenía sus propios negocios, y el equilibrio requería presencia constante, aunque fuera digital. Esa es una de las paradojas del viajero contemporáneo: puedes cruzar océanos, pero el correo electrónico siempre cruza contigo.

Además estaba mi otra obsesión: documentarlo todo. No solo vivir el viaje, sino registrarlo, narrarlo, compartirlo. Publicaciones diarias en Facebook cuando fuera posible, fotografías, pequeños videos editados cada noche, material grabado en 360 grados con la nueva cámara Ricoh Theta, actualizaciones en redes, el blog, la web… todo interconectado como si el viaje no existiera únicamente para nosotros, sino también para esa comunidad silenciosa que nos seguía desde distintos lugares del mundo. A veces me preguntaba si esa necesidad de registrar era una carga o una forma de darle sentido más profundo a la experiencia. Probablemente era ambas cosas.

Con los años había aprendido algo importante sobre mis diarios: no escribo solo para recordar. Escribo para comprender. Por eso suelo anotar historia de las ciudades, detalles sociales, curiosidades culturales. No me basta con pasar por un lugar; necesito sentir que, aunque sea brevemente, lo entendí. Esta vez decidí incluso cambiar la estructura del diario, hacerlo más ordenado, menos caótico, más fácil de reorganizar después cuando llegue el momento de convertirlo en libro. También intentaría usar menos costarriqueñismos o explicarlos mejor, porque cada vez más lectores de otros países seguían estas crónicas. Sin darme cuenta, aquellos apuntes personales empezaban a transformarse en algo más grande.

El itinerario, además, tenía esa cualidad peligrosa que tienen los viajes muy bien diseñados: hacía que la emoción creciera con solo leerlo. Saldríamos de Costa Rica rumbo a Madrid. De Madrid a Roma, donde pasaríamos unos días reencontrándonos con calles conocidas, restaurantes favoritos, la Plaza de San Pedro, ese espacio donde siempre siento que la historia se vuelve tangible. Desde Italia visitaríamos Pompeya y Positano, y luego vendría el verdadero salto emocional del viaje: Egipto. El Cairo, Luxor, Aswan. Después Turquía: Estambul y Capadocia. Finalmente regresaríamos a Madrid para cerrar el recorrido con Toledo antes de volver a casa. Cuatro etapas claras. Italia. Egipto. Turquía. España. Un viaje estructurado casi como una novela en sí mismo.

Pero debajo de la ilusión también existía la inquietud.

Los atentados recientes en la región, el intento de golpe de Estado en Turquía, las advertencias del agente de viajes, las limitaciones del seguro internacional que prácticamente nos decía que estábamos protegidos solo si enfermábamos, pero no si el contexto político explotaba… todo eso flotaba en el ambiente. En algún punto incluso consideramos cambiar Turquía por Jordania o Marruecos. Evaluamos rutas, posibilidades, escenarios. Pero los boletos ya estaban emitidos. Y más allá de la lógica, había algo más difícil de explicar: una sensación interna de tranquilidad que no venía de los datos, sino de esa intuición profunda que a veces aparece cuando decides confiar.

Viajar siempre implica un pequeño acto de fe.

Esa noche, mientras cerraba el archivo del diario, me di cuenta de algo curioso. Si el plan se cumplía, en un solo mes habríamos estado físicamente en cuatro continentes: América, Europa, Asia y África. Y como en enero habíamos estado en Oceanía, el año 2016 terminaría con nuestros pasos en cinco continentes habitados del planeta. No era un objetivo. No era una meta. Era solo un dato curioso… pero también una señal silenciosa de cuánto había cambiado nuestra vida desde aquel primer viaje aparentemente normal a Nuevo México.

Cerré la computadora. El viaje todavía no empezaba. Pero en realidad, ya había comenzado.

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