La víspera
Los días previos a un viaje tienen una energía distinta. No son todavía el viaje, pero tampoco son ya la vida normal. Es como si la mente empezara a adelantarse unas horas, unos kilómetros, unos continentes incluso, mientras el cuerpo sigue todavía en casa revisando pendientes, cerrando correos, doblando ropa. Ese estado intermedio siempre me resulta curioso, porque uno empieza a despedirse del presente antes de haber salido realmente.
Era mi mes de cumpleaños y, de alguna manera, el viaje se sentía como la prolongación natural de esa celebración. Había empezado a escribir el diario el día anterior, siguiendo mi costumbre casi ritual de abrir la historia antes de abrir la maleta. Mañana saldríamos. Hoy era ese último día en que todo todavía dependía de nosotros: revisar, confirmar, respirar, asegurarnos de que cada pieza estuviera en su lugar… y al mismo tiempo permitir que la emoción empezara a crecer sin controlarla demasiado.
Europa nos recibiría primero. Roma, unos días para reencontrarnos con calles conocidas, con restaurantes favoritos, con la cúpula del Vaticano que —según decían— podríamos ver incluso desde nuestra suite. Luego vendría Madrid al final del recorrido. Pero entre esas dos ciudades familiares se abría el verdadero corazón del viaje: Egipto y Turquía. África por primera vez para ambos. El territorio de los antiguos faraones, las pirámides, Memphis, Saqqara, el Nilo recorriendo Luxor hasta Aswan como una línea viva en medio del desierto. Después las tierras turcas, con su historia de sultanes, imperios y tensiones modernas, una región fascinante precisamente porque nunca ha sido completamente tranquila.
Mientras pensaba en todo eso, me daba cuenta de algo que solo se entiende cuando uno viaja mucho: la ilusión no viene únicamente de los lugares, sino del proceso de preparación. Luis Fer había pasado horas y horas investigando hoteles, rutas, opciones, detalles logísticos, buscando siempre la mejor combinación posible entre experiencia, comodidad y sentido práctico. Esa investigación silenciosa también es parte del viaje. Hay una tranquilidad especial cuando sabes que alguien ha revisado cada tramo del camino con paciencia casi obsesiva.
Sabíamos que en Roma el hotel prometía una vista privilegiada del Vaticano. En Egipto usaríamos hoteles de máximo nivel, y además tendríamos carro, chofer y acompañante local durante toda la ruta, desde El Cairo hasta el crucero por el Nilo y las distintas ciudades. No siempre sería la misma persona; cada ciudad tendría su especialista, su guía propio, alguien que conocería ese territorio mejor que nosotros. La egiptóloga asignada en El Cairo, según nos habían contado, tenía una trayectoria impresionante. Pensar en eso despertaba una mezcla interesante entre seguridad y curiosidad: cuando viajas acompañado por expertos, el lugar deja de ser solo un paisaje y empieza a convertirse en una historia contada desde adentro.
Yo, por mi parte, sabía que haría lo que siempre hago: narrarlo todo. No como una vitrina de lujo ni como una demostración de nada, sino como un registro honesto. Si algo resultaba extraordinario, lo contaría. Si cometíamos errores por ignorancia, también. Si volábamos en primera clase, anotaría las ventajas. Si íbamos en económica, también. Viajar, para mí, no es construir una imagen; es observar la experiencia completa, incluyendo las pequeñas torpezas, los imprevistos y hasta esas “poladas” que inevitablemente aparecen cuando uno se mueve entre culturas distintas. En realidad, son esos detalles imperfectos los que después vuelven más humana la memoria.
La víspera siempre tiene también su lado práctico, casi ceremonial. Revisar que los tiquetes estén listos. Confirmar tours, transportes, hoteles. Guardar teléfonos de contacto. Revisar la lista de empaque en la aplicación. Descargar apps de aerolíneas. Preparar efectivo en distintas denominaciones para propinas. Dejar impresos los sobres de agradecimiento. Cerrar asuntos de oficina. Asegurar adaptadores eléctricos, regletas, cables, pequeños objetos que parecen insignificantes hasta el momento exacto en que no los tienes.
Mientras avanzaba por esa lista mental, notaba algo que siempre ocurre: cuando todo empieza a estar en orden afuera, algo dentro también se acomoda. Es como si cada confirmación logística liberara un pequeño espacio mental que se llena inmediatamente de anticipación. El viaje deja de ser un plan y empieza a sentirse inevitable.
Esa noche, antes de dormir, entendí que ya no había nada más que preparar. Todo lo que podía controlarse estaba controlado. Lo demás, como siempre en los viajes, quedaba en manos del camino.
Mañana empezaríamos a movernos.
Y aunque todavía estábamos en casa, en el fondo los dos sabíamos que el viaje ya había comenzado a moverse dentro de nosotros.
