
Costa Rica era tierra fértil. Tierra de oportunidades, de enseñanzas, de gente buena que sembraba con fe y cosechaba con esperanza. Era una tierra donde todo parecía posible: la educación pública, la salud, la paz, la justicia. Un terreno que, aunque pequeño, era capaz de alimentar grandes sueños.
Cuando llegó, aquel líder aseguraba que iba a regar el terreno, que lo iba a ablandar, que lo haría florecer como nunca antes. Decía que lo haría fértil, productivo, provechoso. Pero gastó su administración mojando el piso con una manguera. No sembró. No cultivó. Solo empapó la tierra hasta convertirla en un barreal.
Y en medio de ese lodazal, gritaba con fuerza: “¡Miren, allá hay un gusano! ¡Y allá otro gusano más!”
Señalaba gusanos imaginarios salidos de su cabeza, que nadie más podía ver, pero que muchos fingían ver por miedo o conveniencia.
Así fue como un país fértil terminó convertido en un pantano. Pero incluso en el pantano, la vida insiste. Costa Rica sigue siendo un país que promete, un país que puede levantarse, un país de democracia, de voluntad, de respeto, un país dispuesto a surgir aunque le salpiquen el barro.
Llega entonces la época electoral. El Tribunal Supremo de Elecciones —nuestro faro, nuestra brújula, nuestra institución más respetada— toma el control del proceso como guardián del orden democrático.
Y uno a uno, aparecen dos decenas de candidatos presidenciales: hombres y mujeres dispuestos a meterse al barro, a ensuciarse si es necesario, a caminar entre el lodo para revisar qué hay ahí realmente.
Hombres y mujeres que, con mayor o menor preparación, con mayor o menor carisma, se atrevieron a presentarse y decir: “Aquí estoy. Si me eligen, serviré.”
Y eso, en una democracia, merece respeto.
No todos lo hicieron.
La linda niña del continuismo decidió no bajar al barreal. Prefirió mantenerse limpia, evitar el contacto con la tierra húmeda donde se siembra la esperanza y donde se discute el futuro.
Su argumento fue claro: “Uno no se tira al piso a pelear con cerdos, porque termina embarrealado.”
Pero se equivocó.
No es ahí donde están los cerdos.
No es en el barro de las ideas, ni en el terreno donde se debaten propuestas. Los cerdos no se crían en el debate.
Los cerdos se crían en el poder, cuando se alimentan de la mentira, del silencio y del desprecio.
El barro no ensucia cuando se entra con dignidad. El barro limpia, cura, purifica.
Porque a veces, para rescatar una tierra enferma, hay que volver a tocar la tierra con las manos.
Apaciguá tu ser interior… para que Costa Rica pueda respirar en paz.