El debate como espejo del país

Me pregunto cómo irán a hacer los debates presidenciales, o los debates entre los candidatos a la presidencia, en caso de que decidan participar.

Porque, si somos honestos, no todos estarían en igualdad de condiciones.

Ariel y Claudia son personas extremadamente preparadas. Es difícil salirles adelante. Don Ariel tiene una gran capacidad oratoria, una mente analítica y un discurso estructurado que va más allá del aplauso fácil. Doña Claudia, por su parte, combina una preparación técnica impecable con una serenidad que desarma a cualquiera. Son personas que dominan los temas, los números y, sobre todo, el tono.

Don Álvaro Ramos, aunque distinto en estilo, tiene algo que pocos conservan en medio de tanto ruido: el aplomo. Habla desde la experiencia, con serenidad, sin necesidad de gritar. Siendo así, en un debate, difícilmente perdería la compostura.

Y entonces pienso en Doña Laura. ¿Cómo lidiaría ella con tres candidatos mucho más preparados?

Con Ariel, podría darse un intercambio fuerte, un enfrentamiento de palabras que suba de tono. Porque Ariel, si se lo proponen, también puede perder el aplomo e irse de tú a tú, con la misma fuerza y la misma energía. Pero con Claudia y con Álvaro, no hay posibilidad de que eso ocurra. Ellos no se mueven desde la reacción, sino desde la convicción. Y eso, en un debate, marca toda la diferencia.

Por eso imagino que este escenario sería interesante. No solo porque pondría a prueba la capacidad de los candidatos, sino porque nos pondría a prueba a nosotros como país.

Porque un debate no es solo un enfrentamiento de ideas. Es un espejo que refleja quiénes somos como pueblo.

Ahí no solo se miden los aspirantes a gobernar, sino también los ciudadanos que los escuchan.

¿Aplaudiremos al que piense mejor o al que grite más fuerte?  ¿Premiaremos la serenidad o el espectáculo?  ¿Seguiremos cayendo en el encanto del ruido o empezaremos a valorar la inteligencia tranquila?

Un debate entre ellos podría ser una oportunidad histórica para recuperar la altura en la conversación política.

Para demostrar que Costa Rica todavía puede discutir sin insultar, pensar sin dividirse, y escuchar sin buscar enemigos.

Y, quién sabe, tal vez ese día descubramos que el verdadero debate no está en Zapote, ni en el Congreso, ni en los micrófonos, sino dentro de nosotros mismos: entre el deseo de paz y la tentación del caos.

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