Hay encuentros que no se buscan, pero que llegan cuando uno ya está listo para sostenerlos con respeto, con silencio interior y con verdad. Este fue uno de esos encuentros.
Todo comenzó con un mensaje más, de esos que llegan por el chat casi a diario. Franco quería conversar un rato conmigo sobre la situación actual de Costa Rica, sobre Apacigua tu ser interior, sobre lo que estaba haciendo y cómo caminaban las cosas. A veces me tomo mi tiempo para responder ese tipo de mensajes. Casi siempre lo hago. No solo cuando alguien quiere ayudar, sino cuando percibo que hay una inquietud genuina por entender lo que está pasando en el país, por asomarse a la realidad nacional desde un lugar más humano que ideológico.
La conversación con Franco fue larga y pausada. Tanto, que mientras hablábamos me puse a terminar unas acuarelas que tenía pendientes de un encargo. Pintaba y conversaba. Conversaba y escuchaba. Y en ese gesto cotidiano —el agua, el color, el papel— sentí, una vez más, esa alegría profunda de saber que del otro lado del monitor no hay solo un perfil, sino una persona real, con preguntas reales.
En algún momento, con una naturalidad que todavía me sorprende, Franco me comentó que era sobrino de Elizabeth Odio Benito. Y agregó que tal vez ella y yo deberíamos conocernos.
Ahí hubo un pequeño silencio. No estratégico. Emocional. Porque para mí, conocerla no era un gesto social ni una anécdota más. Era un honor. Un privilegio. Franco quedó de concertar la cita, y lo hizo pronto. Lo que supe después fue todavía más significativo: ella también quería conocerme. Había leído varios de mis artículos. Le intrigaba quién era yo, desde dónde escribía, por qué lo hacía de esa manera.
Cuando finalmente nos encontramos, no sentí nervios. Sentí recogimiento. Esa sensación que aparece cuando uno sabe que no va a una reunión cualquiera, sino a un espacio que merece presencia completa. No llevé discursos preparados. No llevé intenciones ocultas. Fui como estoy intentando ir a todo últimamente: con honestidad.
Desde el primer momento entendí que estaba frente a una dama. Y no uso la palabra como adorno. Dama en la escucha. Dama en la forma de preguntar. Dama en la manera de disentir sin herir y de afirmar sin imponerse. Hay personas que no necesitan levantar la voz para ocupar el espacio; simplemente lo habitan.
Hablamos de democracia, claro. Hablamos del país, de los riesgos, de los tiempos complejos que estamos viviendo. Pero también hablamos de humanidad, de responsabilidad, de lo delicado que es cuidar las instituciones sin convertirlas en ídolos, y de lo peligroso que es debilitarlas por cansancio o cinismo. Yo hablé desde este movimiento que nació casi sin nombre y que hoy camina con muchas manos. Ella habló desde una vida entera dedicada a sostener principios, incluso cuando hacerlo tuvo costos personales.
Hubo un momento que me marcó especialmente: darme cuenta de que mis textos habían sido leídos con atención real. No de pasada. No por compromiso. Me habló de tonos, de intuiciones, de preguntas que yo mismo me hago al escribir. Y ahí entendí que ese encuentro no era casual, ni protocolario, ni anecdótico. Era un diálogo entre dos personas preocupadas por lo mismo, aunque venidas de trayectorias muy distintas.
Salí de ese encuentro con una certeza serena: todavía hay reservas morales en este país. Todavía hay mujeres y hombres que encarnan la democracia no como consigna, sino como práctica cotidiana. Y eso, en tiempos tan ruidosos, es un regalo.
No me llevé una foto para mostrar. Me llevé silencios. Frases que siguen resonando. Y la confirmación de que Apacigua tu ser interior no es una ocurrencia aislada, sino una necesidad compartida por personas que han visto de cerca lo que se pierde cuando la democracia se debilita.
