
Imaginemos por un momento que estamos en el Olimpo, la montaña donde, según la mitología griega, habitaban los dioses. Allí convivían seres extraordinariamente poderosos, cada uno con responsabilidades distintas. Uno dominaba los mares, otro gobernaba los vientos, otro tenía autoridad sobre el fuego, mientras otros se ocupaban de la sabiduría, la guerra, la agricultura o los misterios de la vida. No todos pensaban igual, no todos se llevaban bien y seguramente no todos estaban de acuerdo en cada decisión. Sin embargo, existía algo que permitía mantener cierto equilibrio: cada uno entendía cuáles eran sus funciones y cuáles eran los límites de su poder.
Ahora imaginemos que uno de esos dioses despierta una mañana con una idea que considera brillante. Después de todo, es poderoso, tiene seguidores, es admirado por muchos y está convencido de que sabe cómo deberían hacerse las cosas. Entonces llega a la conclusión de que no debería limitarse a gobernar únicamente aquello que le corresponde. Decide que también quiere controlar los mares, dirigir los vientos, supervisar el fuego y decirles a los demás dioses cómo deben desempeñar sus funciones. Desde su perspectiva, parece una excelente idea. Quizás incluso piense que todo funcionaría mejor si él tomara todas las decisiones importantes.
Al principio, algunos habitantes del mundo podrían sentirse entusiasmados. Después de todo, es un dios fuerte, popular y con una gran capacidad para convencer a los demás. Tal vez muchos creerían que sería más sencillo si una sola voluntad dirigiera todos los asuntos. Tal vez algunos incluso aplaudirían cada vez que cuestiona la autoridad de los otros dioses o cada vez que intenta asumir competencias que nunca le correspondieron. Sin embargo, los demás habitantes del Olimpo probablemente empezarían a preocuparse. No porque necesariamente consideren malo a ese dios, sino porque entienden algo fundamental: el problema nunca ha sido quién tiene el poder, sino cuánto poder acumula una sola persona.
La razón por la cual los distintos dioses tienen responsabilidades separadas no es un accidente. Es una forma de evitar que uno solo controle todo. El dios del mar entiende los mares. El dios del viento entiende los vientos. El dios del fuego entiende el fuego. Cada uno posee conocimientos, responsabilidades y experiencias distintas. Cuando uno de ellos pretende convertirse en dueño de todos los ámbitos, el equilibrio empieza a romperse. Y cuando desaparecen los límites, también desaparecen los controles que impiden los excesos. Lo que comienza como una simple ambición suele terminar convirtiéndose en una concentración peligrosa de poder.
Algo parecido ocurre en las repúblicas modernas. Las democracias no fueron diseñadas para que una persona o una institución se convirtieran en dueñas de todas las decisiones. Fueron construidas sobre la idea exactamente contraria. Se crearon distintos poderes, distintas funciones y distintos mecanismos de control para que ninguno pudiera imponerse sobre los demás. La separación de poderes no existe porque los fundadores de las repúblicas desconfiaran de personas específicas. Existe porque comprendieron una verdad muy simple: cualquier ser humano, por bueno que parezca, puede equivocarse cuando no encuentra límites a su autoridad.
Por eso siempre resulta curioso escuchar discursos que sugieren que un poder debería controlar, dirigir o reorganizar a otro. Quienes los pronuncian suelen presentarlos como soluciones sencillas a problemas complejos. Pero si llevamos esa lógica hasta sus últimas consecuencias, terminamos en el mismo escenario del Olimpo: un dios que ya no quiere gobernar solamente aquello que le corresponde, sino todo lo demás también. Y es precisamente ahí donde la fantasía deja de parecer atractiva y empieza a parecer peligrosa. Por dicha, Costa Rica sigue siendo una república y no una montaña gobernada por dioses caprichosos. Seguimos teniendo instituciones separadas, competencias definidas y límites constitucionales que protegen el equilibrio democrático. Y mientras comprendamos que ningún poder debe convertirse en dueño de los demás, seguiremos conservando una de las mayores fortalezas de nuestra democracia: la certeza de que nadie, por importante que sea, puede gobernarlo