El eco del destierro: cuando el poder olvida que el pueblo somos todos

Las palabras no son inocentes. Y menos cuando provienen del poder.

En días recientes, un diputado oficialista reiteró —sin reparo— el discurso del “destierro”, asegurando que “ya se va a dar en las elecciones del 2026”. Lo dijo durante la presentación del plan de gobierno de la candidata oficialista. Luego intentó matizarlo, diciendo que era una forma de hablar, un “llamado” a que quienes no hagan lo debido dentro de la institucionalidad “tomen sus maletas y se vayan”. Pero lo dicho, dicho está. Y lo grave no es solo lo que quiso decir, sino lo que deja entrever. Este tipo de discurso abre grietas peligrosas en la democracia.

Primero, porque convierte la diferencia en enemistad. Segundo, porque insinúa que hay un grupo de “verdaderos costarricenses” y otro que debería irse. Y tercero, porque normaliza el odio, lo disfraza de patriotismo y lo convierte en consigna electoral.

El populismo siempre necesita un enemigo: un “ellos” que se opone al “nosotros”. Pero la historia demuestra que cuando el discurso político empieza a hablar de destierros, traidores, o enemigos internos, lo que sigue no es el orden, sino el miedo. Y el miedo es el mejor aliado del autoritarismo.

El destierro —aunque simbólico— es una forma de exclusión. Es decirle a quien piensa distinto que no pertenece. Que su voz sobra. Que su amor por el país vale menos que el de otros.

Eso erosiona el alma de una república.  Eso es lo que destruye el respeto que tanto nos costó construir.  

Costa Rica no necesita que nadie se vaya.  Costa Rica necesita que todos regresen.  Regresar a la sensatez, al respeto, al pensamiento crítico, al amor por el diálogo y por la diferencia. Porque los pueblos no se levantan echando gente, sino escuchándose.

Y ningún gobierno, por más respaldo que tenga, puede considerarse dueño de la patria. La patria no tiene dueño.  La patria somos todos, incluso los que piensan distinto.

Hoy más que nunca, necesitamos políticos que eleven el nivel del discurso, que inviten al pensamiento y no al odio, que comprendan que gobernar es unir, no dividir. Y por eso —sí— este texto también es un llamado. Un llamado a recordar que el poder no se hereda ni se conquista: se administra temporalmente en nombre del pueblo, y con respeto a la ley.

El pueblo no necesita desterrar a nadie.

Necesita recuperar la paz, la cordura y el sentido de país. El pueblo somos todos. Y nadie sobra en Costa Rica.

Fuente: Amelia Rueda

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