El hombre que partió una caravana

Hay historias que uno busca. Y hay historias que simplemente llegan.

Esta no me la contaron a mí. Ni siquiera participé en la conversación. La escuché por accidente mientras esperaba que terminaran de lavar mi carro. Un señor mayor, completamente canoso, estaba sentado unas sillas más allá conversando con otro hombre. No hablaba particularmente fuerte, pero tenía esa forma pausada de narrar que obliga a escuchar. No exageraba. No gesticulaba demasiado. Más bien parecía alguien que estaba recordando una anécdota divertida de la mañana. Yo seguía viendo el teléfono, pero poco a poco dejé de leer. Sin darme cuenta terminé prestando más atención a aquel desconocido que a cualquier otra cosa que estuviera ocurriendo en el lugar.

Contaba que iba rumbo al aeropuerto por la General Cañas. El tránsito avanzaba con normalidad. Dos carriles. Una mañana cualquiera. En un determinado momento escuchó unas sirenas. Como cualquier conductor responsable, dijo, comenzó a mirar por los espejos buscando de dónde venían. Su primera reacción fue pensar que se trataba de una ambulancia. Incluso empezó a calcular hacia dónde debía moverse para dejarla pasar sin poner en riesgo a nadie. Todo ocurría con absoluta normalidad hasta que una motocicleta de tránsito apareció prácticamente pegada a su vehículo.

Según decía, lo que más le llamó la atención fue que la motocicleta tenía espacio suficiente para adelantar entre los carriles. Podía hacerlo por la izquierda o por la derecha. Sin embargo, el oficial no parecía interesado en pasar. Lo que quería era que él desapareciera del camino. Con movimientos amplios del brazo le hacía señas insistentes para que se quitara. El señor, para evitar cualquier inconveniente, decidió pasarse al carril lento. La motocicleta siguió adelante y él pensó que el asunto había terminado. Apenas regresó nuevamente a su carril, el motociclista volvió a frenar a su lado y comenzó otra vez con aquellos ademanes cada vez más intensos, como si ya no existiera espacio para ninguna interpretación.

El señor confesó que en ese momento no entendía absolutamente nada. Una parte de él pensaba que tal vez existía alguna razón que desconocía para despejar completamente el carril. Otra parte comenzaba a sospechar que quizá el motociclista simplemente estaba disfrutando de la autoridad que llevaba puesta. Pero entonces decidió mirar nuevamente por el retrovisor. Allí comprendió todo. Detrás venían dos enormes vehículos de escolta acercándose rápidamente. Permaneció unos segundos exactamente donde estaba. «Creo que al oficial ya se le estaba cansando el brazo de tanto hacerme señas», decía mientras sonreía. Finalmente se hizo a un lado con absoluta tranquilidad. Los dos vehículos pasaron y la motocicleta continuó su marcha. «Se fue feliz… o tal vez no. Tal vez un poco estresada», agregó, provocando la risa del hombre que lo escuchaba.

Hasta ese momento, pensó que probablemente había interrumpido durante unos segundos el paso de una escolta presidencial. No estaba seguro de quién viajaba allí, pero confesó que siguió su camino con una mezcla extraña entre nervios y una secreta satisfacción por haberles complicado un poco el recorrido. Lo decía entre risas, sin esconder que la situación le había resultado divertida.

Sin embargo, aquella primera escena terminaría siendo apenas el prólogo de la verdadera historia.

Unos kilómetros más adelante el tránsito se detuvo completamente. Los dos carriles quedaron saturados de vehículos. Nadie avanzaba más que unos pocos centímetros cada cierto tiempo. Fue entonces cuando las sirenas volvieron a escucharse. Esta vez mucho más fuertes, mucho más cercanas y mucho más numerosas. Miró otra vez por el espejo retrovisor y comprendió que la caravana había regresado. Más tarde descubriría que el vehículo principal transportaba al ministro de Hacienda, una figura pública que, según confesó sin ningún rodeo, no era precisamente de su simpatía.

Esta vez tomó una decisión distinta.

No se movió.

Las motocicletas comenzaron a abrirse paso entre los vehículos. El ruido aumentó de intensidad. Sirenas, pitos, motores acelerando y oficiales haciendo señales por todas partes. Una motocicleta volvió a colocarse junto a su ventana. Él apenas desplazó el automóvil unos centímetros hacia la izquierda, únicamente lo suficiente para que la moto pudiera pasar. Nada más. Permaneció exactamente donde estaba mientras, detrás de él, empezaban a aparecer aquellos enormes vehículos blancos de escolta que ocupaban por completo el retrovisor.

Para ese momento, todos los demás conductores ya se habían apartado hacia uno u otro lado de la carretera. Toda la fila parecía haberse abierto obedientemente para dejar pasar la caravana. Todos… excepto un automóvil. El suyo.

Entonces comenzó el verdadero espectáculo.

Por las ventanas de los vehículos oficiales empezaron a asomarse hombres de seguridad. Movían los brazos con energía. Señalaban hacia adelante. Señalaban hacia los lados. Era evidente que gritaban instrucciones. Tal vez órdenes. Tal vez amenazas. Pero el estruendo de las sirenas hacía imposible escuchar una sola palabra. Lo único que podía verse eran aquellos gestos desesperados pidiéndole que liberara el paso.

Y, siendo justos, tenían toda la razón.

Todos los demás vehículos estaban completamente encerrados. No había espacio para avanzar ni para retroceder. El único automóvil que todavía disponía de un pequeño margen para moverse era el suyo. Medio carril hacia la izquierda. Casi dos metros hacia adelante. Bastaba un pequeño desplazamiento para permitir que la caravana continuara. Toda la escena dependía únicamente de él.

Fue entonces cuando el señor hizo una pausa en su relato, sonrió nuevamente y reveló un detalle que cambiaba completamente la historia.

Contó que, muchos años atrás, había competido en carreras de automóviles. Además, había recibido entrenamiento especializado de conducción evasiva para situaciones de emergencia. Mientras los oficiales creían estar frente a un adulto mayor completamente confundido, él analizaba cada espacio, cada distancia y cada posible movimiento con absoluta serenidad. La cara de desconcierto era real únicamente para quienes la observaban desde afuera. Por dentro, decía, estaba perfectamente tranquilo. Cada centímetro que movía el volante respondía a un cálculo previo.

Finalmente avanzó apenas medio metro hacia adelante y medio metro hacia la izquierda. Solo eso. Lo suficiente para que el vehículo principal encontrara un espacio por donde pasar. El automóvil oficial atravesó aquel estrecho corredor improvisado y continuó su camino. Durante unos segundos pareció que toda la operación había terminado.

Pero apenas el vehículo principal quedó libre, el señor volvió a mover su automóvil.

Avanzó aproximadamente un metro y regresó hacia la derecha.

Con ese movimiento volvió a cerrar el paso.

Los vehículos que venían detrás quedaron nuevamente detenidos.

La caravana acababa de partirse por segunda vez.

Lo más curioso, decía entre carcajadas, era que con esa maniobra también había terminado bloqueándose a sí mismo. Ya no podía avanzar ni retroceder. Simplemente esperaba a que el resto del tránsito comenzara a moverse para recuperar espacio. Mientras tanto, los hombres de seguridad seguían haciéndole señas desde las ventanas, completamente convencidos de que aquel anciano no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo.

Cuando finalmente los vehículos de adelante comenzaron a avanzar, él hizo exactamente lo mismo. Continuó conduciendo con absoluta normalidad. Miró nuevamente por el espejo y todavía podía distinguir una motocicleta, varios vehículos oficiales y, según decía, un camión de bomberos o de rescate, quizá una ambulancia. La caravana siguió detrás de él durante un par de kilómetros más, hasta que la carretera finalmente se abrió a tres carriles. En ese momento todos aceleraron, recuperaron su formación y desaparecieron poco a poco en el horizonte.

El señor terminó la historia exactamente con la misma serenidad con la que la había comenzado.

Dijo que lo más divertido de todo era que quienes iban dentro de aquellos vehículos seguramente estaban convencidos de haber encontrado al conductor más torpe, más nervioso y más confundido de toda la General Cañas. Un adulto mayor paralizado por las sirenas, incapaz de entender qué le estaban pidiendo.

Entonces soltó una carcajada.

«No tenían idea», dijo.

Porque mientras por fuera representaba con bastante éxito el papel de un señor desorientado, por dentro disfrutaba cada segundo de aquella especie de partida de ajedrez sobre ruedas. No había un solo movimiento improvisado. Cada giro del volante, cada freno, cada avance y cada pequeño desplazamiento habían sido calculados con precisión. No para provocar un accidente. No para poner en riesgo a nadie. Simplemente para administrar el único espacio que, durante unos instantes, todos necesitaban y solo él controlaba.

Se quedó unos segundos en silencio.

Luego miró al hombre que tenía al lado y terminó con una frase que hizo reír a ambos.

—No sé si alguien le habrá complicado tanto el camino a una caravana oficial… pero estoy casi seguro de que muy pocos pueden decir que lograron partir una en tres partes.

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