El llanto por un país que duele

Don Rodrigo Chaves Robles, presidente de Costa Rica —constitucionalmente, 2022-2026—.
El presidente de todos los costarricenses, queramos o no, nos represente o no.
El hombre que hoy ocupa la silla presidencial de Zapote.

Para algunos, es el gran líder que el país necesitaba. El que vino a decir las verdades, a desenmascarar, a señalar, a acusar, a limpiar. Para muchos, un Mesías, un Moisés, un Bendito.

La voz que —según ellos— por fin vino a poner orden.

Pero otros no sabemos qué pensar entre tanto ruido, entre tanto hartazgo, entre tanta vulgaridad. Porque más allá del aplauso y del fanatismo, hay algo que duele: la manera en que el tono del poder se ha vuelto veneno. La manera en que un país entero empezó a hablar con el mismo lenguaje del desprecio.

No es solo política; es el alma del país lo que está en juego. La paz se ha vuelto nostalgia. La decencia, un gesto en extinción. Y aunque ya antes tuvimos gobiernos corruptos o ineficaces, nunca habíamos tenido uno que pareciera disfrutar de dividir, que necesitara el conflicto para respirar.

A veces siento que estamos en una pesadilla. Que queremos despertar. Que quisiéramos abrir los ojos y volver a aquella Costa Rica imperfecta, sí, pero respetuosa. Esa donde todavía se podía disentir sin odiar. Porque no es cierto que al cambiar el tono se acaba la corrupción. Lo que ha pasado es peor: hoy tenemos corrupción y degradación moral. Un ataque sistemático contra la institucionalidad, contra la democracia, contra la paz, contra el alma misma del pueblo.

Lo digo con tristeza, no con rabia: creo que es lo peor que le ha pasado a este país desde William Walker. Un hombre que todo lo que toca lo contamina: ministros, diputados, seguidores. Que vuelve vulgar lo que toca, que convierte el desacuerdo en guerra, que embelesa a sus fieles hasta la ceguera.

Y ahora muchos quieren continuidad. Cuarenta diputados. Una mayoría absoluta que nos haría perder lo poco que aún resiste. Y nosotros, los que no gritamos, los que todavía creemos en la sensatez, miramos con miedo cómo Costa Rica se nos escapa entre las manos.

En otros artículos he hablado de la paz, del amor, de la necesidad de sanar el alma del país. Pero este texto no es eso. Hoy no estoy escribiendo como coach, ni como artista, ni como optimista. Hoy escribo como ciudadano. Como alguien que a veces también se quiebra.

Porque, aunque intento sostener el bastón de la esperanza, hay días en que se me cae. Y entonces me siento en una esquina del alma nacional a llorar. A llorar por la forma en que dejamos que alguien así se metiera en Costa Rica, que nos contaminara el lenguaje, las instituciones, los corazones.

No, no es un llamado a vestirse de blanco. No es una invitación al abrazo colectivo. Es simplemente mi llanto. El llanto de un hombre que ama profundamente a este país y que no entiende cómo, en tan poco tiempo, pudimos dejar que nos arrebataran la paz.

A ratos me empodero y cojo el lápiz. Y escribo con fuerza, con claridad, con la certeza de quien todavía cree que vale la pena luchar por lo que ama. A ratos soy el que se llena de luz, el que levanta la voz para recordarnos que podemos, que no debemos caer en el odio, que es posible debatir con respeto, disentir con amor, sanar este país sin destruirnos en el intento.

A ratos me descubro optimista, hablándoles a quienes me leen como si yo mismo no dudara.
Les digo que hay que recuperar la paz, que la Costa Rica buena aún existe, que la decencia no está muerta sino adormecida, esperando que alguien la despierte con palabras, con gestos, con fe. Y de verdad lo creo. Lo creo con el alma cuando escribo esos textos que invitan a creer otra vez, que llaman a tender puentes, que defienden la esperanza como si fuera una bandera.

Pero ay… a ratos no puedo más. A ratos la tristeza me cae encima como una sombra espesa, como ese cansancio moral del que ya he hablado, que no se cura con dormir ni con viajar, ni con rezar siquiera. A ratos me siento como si un precarista se hubiera metido en mis terrenos y levantado su casa en el corazón mismo del país que amo. A ratos es como ver cómo una plaga de langostas se lleva la cosecha que tanto nos costó cultivar. Como si después de reparar con paciencia los muros de nuestra casa, llegara un terremoto a derrumbarlos de nuevo.

Y aquí estoy, a medianoche, sentado en esta esquina, confesando que también me quiebro. Que también lloro. Que también dudo. Que hay noches en las que la fe se me esconde y me cuesta encontrarla, y en las que el ruido del país me pesa más de lo que puedo sostener.
Porque soy humano, y mis escritos también lo son. Algunos nacen desde la esperanza, otros desde la herida. Unos son bandera, otros son vendaje.

Pero sé —y me aferro a eso— que todo amanecer llega. Pronto amanecerá. Y cuando llegue la luz, tomaré el bastón, me pondré de pie, y volveré a escribir. Volveré a creer. Volveré a acompañarlos.

Junto a ustedes —los que todavía esperan, los que todavía sienten, los que todavía creen—, iré de nuevo a las calles, al voto, al gesto cívico que nos queda. Iremos vestidos de blanco, no como uniforme, sino como símbolo. No de pureza, sino de intención. De amor.
De una promesa silenciosa: que no dejaremos que este país se pierda, que no dejaremos que nadie se adueñe de su alma.

Porque Costa Rica no es del que grita más fuerte. Costa Rica es del que la ama en voz baja, pero la defiende en voz alta.

6 comentarios en “El llanto por un país que duele”

  1. Patricia Campos Arce

    Excelente y lo sentimos los que amamos nuestro país, pensamos en nuestros hijos , nietos y generaciones futuras. Que despertemos de este mal sueño, más bien de esta pesadilla y que Dios nos ayude 🙏🏻

  2. Rocío Céspedes R

    Nada se pudo haber escrito mejor. Este país hoy nos duele. Duele por un presidente que es émulo de un borrachín de cantina de barrio. Duele por el irrespeto a su pueblo bueno que hoy ha perdido el rumbo. Duele porque poco a poco se roban la PATRIA.

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