
Desde ya estoy esperando los comentarios de quienes, al ver algunas de las fotografías que publiqué, creerán haber descubierto, según ellos, a qué partido pertenezco o cuál es mi inclinación política. Así que me adelanto a esas conclusiones imaginarias.
Estoy del lado de la democracia. Estoy del lado de la institucionalidad, de la Constitución Política y de la defensa de la separación de los Poderes de la República.
Si aparezco fotografiado con miembros de distintos partidos políticos es porque son diputados de la República, haciendo aquello para lo que fueron elegidos. Si no aparezco con representantes del oficialismo, es simplemente porque ninguno estaba presente. Si aparezco junto a magistrados o autoridades del Poder Judicial, es porque para mí fue un honor poder saludarlos y conservar un recuerdo de ese momento.
Incluso intenté tomarme una fotografía con un conocido representante del oficialismo que andaba por ahí haciendo «feo» y jugando de vivo. No pudo, por alguna razón.
Y, como les contaré más adelante, cuando la gente notó que él no pudo tomarse una fotografía conmigo, terminó saliendo del lugar. Tal vez porque su mamá no lo deja. Tal vez porque no quería aparecer en una fotografía conmigo. Tal vez porque no quería apaciguarse. O tal vez —y esta es la explicación que más me gusta— porque la tranquilidad con la que yo estaba dispuesto a fotografiarme con él terminó intimidándolo.
La cita era para las cuatro de la tarde, pero pude desocuparme más o menos a esa hora y llegué poco antes de las cinco.
Había mucha gente. Se respiraba respeto, esperanza y firmeza. Las personas estaban ahí para hacerse presentes, manifestarse en paz y respaldar al Poder Judicial y al principio de la división de poderes.
Decidí ir en Uber porque no sabía dónde iba a parquear ni si después tendría que caminar solo para regresar a buscar el carro. Me llevó un muchacho muy positivo, agradable y de muy buena vibra. Tuvimos una conversación muy amena y hasta tuve la oportunidad de felicitarlo porque pronto contraerá matrimonio.
Al llegar me encontré con Álvaro Ramírez, jefe de la fracción del Partido Liberación Nacional. Después me encaminé para buscar a mi querida amiga, doña Berta, la mamá de Álvaro Ramos. Nunca imaginé que recorrer esos pocos metros me costaría tanto.
Por alguna razón había olvidado la situación del país y también había olvidado el alcance que ha ido teniendo Apacigua. Muchísimas personas me detenían para saludarme, abrazarme, agradecerme y pedirme una fotografía. Yo respondía cada saludo con una sonrisa y, en más de una ocasión, con los ojos llenos de lágrimas por aquellas muestras de cariño.
Son momentos en los que uno comprende que hay personas que reconocen el trabajo que uno hace. Es precisamente en esos instantes cuando siento que realmente algo estoy haciendo bien y que tengo que seguir adelante.
Finalmente logré ver a doña Berta. Nuestras miradas se encontraron a varios metros de distancia, pero aun así no lograba llegar hasta donde ella estaba porque cada pocos pasos alguien volvía a detenerme para saludarme.
En ese momento recordé la primera vez que vi al expresidente Miguel Ángel Rodríguez. Yo caminaba hacia él para saludarlo y, mientras avanzaba, la gente se iba poniendo de pie… pero para saludarme a mí.
No cuento esto por vanidad. Todo lo contrario. Lo cuento porque representa una de las manifestaciones de humildad y de agradecimiento más grandes que puedo sentir. Cada abrazo, cada palabra bonita y cada muestra de cariño las recibo con profunda gratitud. Son recordatorios de que vale la pena seguir trabajando por aquello en lo que uno cree.
En un momento llegó un tiktoker identificado con el oficialismo. Algunas personas reaccionaron diciendo que no debía estar ahí. Yo pensé distinto.
Me acerqué con la intención de tomarme una fotografía con él, no porque compartiera sus ideas, sino porque quería transmitir un mensaje: en una democracia sana debemos poder compartir espacios incluso con quienes piensan diferente. Él prefirió no tomarse la fotografía y se retiró del lugar, aunque más tarde regresó.
Poco después apareció otra persona gritando consignas a favor del oficialismo. Varias personas respondieron diciéndole que debía retirarse.
Entonces me acerqué a una de las organizadoras del evento y le dije algo que considero profundamente importante.
Precisamente porque aquella era una manifestación de oposición, debíamos demostrar cuál es la Costa Rica que queremos conservar. La Costa Rica donde una persona que piensa distinto también pueda asistir a una manifestación sin miedo.
Porque nosotros sabemos que, por razones de seguridad, probablemente no podríamos hacer lo mismo asistiendo a una manifestación oficialista. Pero justamente por eso no debemos parecernos a aquello que criticamos.
Minutos después, la organizadora tomó el micrófono y compartió esa reflexión con todos los asistentes. Habló de la Costa Rica que somos y de la Costa Rica que queremos seguir siendo. También mencionó que ahí estaban las personas de Apacigua y habló de la importancia de apaciguarnos.
Aunque en realidad Apacigua soy solamente yo, escuchar ese mensaje y sentir el respaldo de tantas personas me conmovió profundamente. Muchas personas aplaudieron y sentí que el mensaje había encontrado eco mucho más allá de mi propia voz.
Los saludos continuaron durante toda la tarde.
Tuve la oportunidad de saludar a doña Patricia Solano, presidenta de la Sala de Casación Penal. El día anterior le había enviado una carta felicitándola por su trabajo. Intercambiamos algunos mensajes por WhatsApp y este día, por primera vez, pudimos darnos un abrazo en persona.
También tuve la oportunidad de saludar a don Orlando Aguirre, presidente de la Corte Suprema de Justicia. Saludé igualmente a don Carlo Díaz, Fiscal General de la República. Cuando me presenté y le dije mi nombre, me respondió que sí sabía quién era yo. Fue un detalle que recibí con sincera gratitud.
También pude saludar a doña Patricia Mora, del Frente Amplio; a doña Gloria Navas, exdiputada de la República; a varios diputados del Frente Amplio; a varios diputados de Liberación Nacional; a organizadores del evento y a muchísimas personas comprometidas con el país. Fue una tarde muy bonita.
Además de los abrazos y las fotografías, varias personas se acercaron para compartir conmigo ideas sobre la situación nacional y sobre cosas que podríamos impulsar desde la sombrilla de Apacigua.
Regresé a casa profundamente agradecido. No solamente por la manifestación en defensa del Poder Judicial, sino porque confirmé una vez más que Apacigua está llegando al corazón de muchas personas. Y esa certeza, lejos de inflar el ego, aumenta la responsabilidad de seguir trabajando con humildad, serenidad y coherencia por la Costa Rica que tantos anhelamos.
Al final me quedé conversando un rato con una persona, mientras poco a poco todos comenzaron a retirarse. La plaza se fue vaciando hasta que prácticamente no quedó nadie.
Nos despedimos y entonces me senté unos minutos en una banca de la Plaza de la Justicia antes de pedir el Uber.
Quería quedarme ahí, simplemente respirando, sintiendo que estaba sentado entre dos edificios de nuestro querido Poder Judicial, en un momento de la historia en el que todavía forman parte de un sistema republicano basado en la separación de poderes.
Cuando finalmente me levanté y caminé solo hacia la acera, volteé una última vez. Comprendí que yo —y, por lo tanto, también Apacigua— habíamos sido los últimos en abandonar la manifestación.
Mientras observaba por última vez aquellos edificios, pensé en la situación que está viviendo Costa Rica. Y, antes de irme por completo, una lágrima cayó al suelo.