El país secuestrado (pero aún vivo)

De verdad no lo entiendo.


No entiendo cómo un hombre acusado de acoso sexual logra tener el apoyo ferviente de tantas mujeres costarricenses. No entiendo cómo alguien que ataca a las instituciones es defendido por quienes juraban protegerlas. No entiendo cómo un presidente que grita, miente y hace berrinches es celebrado por un supuesto 70% de aprobación, como si el volumen fuera virtud.
No entiendo cómo alguien que habla de corrupción sin haber llevado a nadie ante la justicia es alabado como si fuera un redentor. No entiendo cómo un presidente que está en el poder gracias a la transparencia del Tribunal Supremo de Elecciones se atreve a atacarlo, y aún así, la gente le cree.

Hay días en los que pienso que quizás deberíamos dejarlo. Que gane la continuidad.
Que la gente viva en carne propia lo que ocurre cuando el poder se concentra demasiado, cuando se elimina el equilibrio y se transforma la democracia en culto.
Pero entonces salgo al patio, miro mis árboles, el césped, el aire tibio de esta tierra, y siento algo: Siento que Costa Rica me mira. Que me mira con angustia, como una madre preocupada por sus hijos. Y en ese silencio, me pide que no me rinda. Que no deje de escribir.
Que no deje de luchar por el país que quiero para mis sobrinos, y para los hijos que aún no han nacido.

Porque sí, esto duele. Pero también nos une. No necesitamos salir a gritar en las calles si no es seguro hacerlo; podemos resistir desde nuestras trincheras. Desde nuestras computadoras, nuestros teléfonos, nuestras conversaciones. Desde el ejemplo.

Ellos harán una campaña impactante, masiva, calculada. Pero nosotros tenemos algo más poderoso: conciencia. Y el amor no hace tanto ruido, pero deja raíces.

Hagamos lo que podamos desde donde estemos. Compartamos ideas. Republiquemos material que despierte, que informe, que invite a pensar. Mostremos que hay otra Costa Rica, la que no se vende al ruido, la que todavía cree en la decencia y la inteligencia.

No se trata de pelear con odio. Se trata de resistir con amor. De ser, cada uno, una pequeña llama encendida en medio de esta noche tan larga.

Y agrego algo que no podemos ignorar: muchas personas votan a ganar, sin estar informadas.
Y si ven demasiado material del continuismo, creerán que es lo inevitable, lo que todos apoyan, y votarán por eso. Por eso tenemos que inundar las redes con contenido valioso, con mensajes claros, con textos, videos y reflexiones que recuerden que este otro bando —el de la paz, el del amor, el del respeto— todavía puede ganar. No con dinero, sino con conciencia.
No con insultos, sino con inteligencia. No con miedo, sino con dignidad.

Porque el país no se pierde de un golpe. Se pierde cuando dejamos de creer que todavía hay algo que defender. Y yo, por más cansado que esté, sigo creyendo. Porque mientras Costa Rica respire, mientras haya alguien dispuesto a amarla, todavía estamos a tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio