El poder del lenguaje en la política

Hoy leí un comentario en la página del candidato Álvaro Ramos que decía: “un presidente que lo podemos escuchar en familia con confianza de que no va a salir con gestos o palabras vulgares que generen violencia.”

Me llamó la atención, no solo por el elogio, sino por lo que revela: un deseo profundo de muchas familias costarricenses de poder volver a escuchar la política sin miedo a la grosería ni a la agresión.

Aclaro que, por ahora, mi intención de voto para el 2026 sigue siendo de neutralidad. Sigo visitando distintas páginas y escuchando diversas voces como parte de mi compromiso con esta campaña.

No escribo para favorecer a nadie, sino porque esa frase me pareció un espejo interesante de nuestra realidad.

El comentario me hizo pensar en lo difícil que se ha vuelto ver televisión o escuchar discursos con los hijos sin sentir cierta incomodidad. No porque la política deba ser solemne o aburrida, sino porque las palabras —cuando vienen de arriba— moldean lo que se considera aceptable abajo.

Hay familias que valoran la decencia y la mesura como parte de su educación; otras, en cambio, son más permisivas con la crudeza verbal y hasta la disfrutan. Son diferentes maneras de vivir, y todas existen en un mismo país.

Pero quizás valdría la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué tipo de conversación pública queremos heredar a nuestros hijos?

El tono de un líder no solo marca una época; también deja huellas en la cultura cotidiana, en los patios de escuela, en los trabajos, en las redes. No se trata de censurar la emoción, sino de recordar que la autoridad que inspira respeto no necesita gritar.

Una amiga me dijo hace poco que ella preferiría un líder que grite y sea soez, pero que arregle los problemas del país, antes que uno calladito, educado y corrupto.

Yo le respondí que tal vez sí, pero que yo preferiría a uno calladito y educado que arregle el país.

Le agregué también que la gritería, la altanería y la vulgaridad no son sinónimo de honradez ni de eficiencia, y que no necesariamente alguien mesurado y educado deja de ser firme o transformador.

Y terminé diciéndole esto: si para ti la gritería y la malacrianza reflejan resultados, tal vez deberías revisarte internamente para entender por qué ese modo de hablar y de tratar a los demás te hace sentir segura y confiada.

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