El extraño “nosotros”

¿Se han dado cuenta que algunos chavistas casi siempre hablan en plural y muy pocas veces en singular? No dicen “yo creo”, “yo pienso”, “a mí me parece”, sino “ya nosotros estamos cansados”, “el pueblo ya decidió”, “nadie duda de eso”, “todos queremos lo mismo”.

Y cada vez que escucho ese “nosotros” tan absoluto, tan cerrado, tan definitivo, no puedo evitar preguntarme qué está pasando detrás de ese lenguaje. Porque cuando una persona deja de hablar desde el “yo” y empieza a hablar en nombre de “todos”, algo profundo está ocurriendo en su manera de pensar, de sentir y de posicionarse frente al mundo.

El lenguaje no es inocente. Nunca lo ha sido. La manera en que hablamos revela cómo pensamos, cómo nos percibimos y cómo nos relacionamos con los demás.

Cuando alguien habla siempre en plural, incluso sin darse cuenta, está renunciando a algo esencial: su criterio personal. Ya no se presenta como individuo, sino como parte de una masa. Ya no asume su propia responsabilidad emocional, ética y política, sino que la diluye en un “nosotros” que lo protege, lo respalda y, sobre todo, lo excusa. Porque cuando uno habla a título personal, se expone. Cuando habla en nombre de una supuesta mayoría, se esconde.

Ese “nosotros” también cumple otra función muy poderosa: elimina al distinto. Si “todos” piensan igual, el que no piensa igual queda automáticamente fuera, señalado, convertido en enemigo, en traidor, en sospechoso. El plural no solo unifica, también expulsa. Y ahí es donde aparece una dinámica muy parecida a la de las sectas: un adentro que se siente puro, correcto, iluminado… y un afuera que se vuelve peligroso, ignorante o malintencionado. No se trata solo de política, se trata de identidad.

Cuando alguien dice “el pueblo ya decidió”, está cometiendo, sin saberlo, un acto de apropiación enorme. Se está adjudicando la voz de millones de personas que no conoce, que no ha escuchado y que, probablemente, piensan distinto. Pero esa apropiación no es casual: es una forma de sentirse fuerte, acompañado, respaldado por una fuerza superior que no admite dudas. Es más fácil decir “nosotros” que sostener un “yo” inseguro, lleno de preguntas, contradicciones y temores.

El problema es que ese tipo de lenguaje anula el pensamiento crítico. Si “todos pensamos igual”, entonces ya no hay nada que revisar, nada que cuestionar, nada que aprender. La verdad deja de buscarse y pasa a repetirse. La reflexión se sustituye por consignas. Y la realidad, que siempre es compleja, incómoda y llena de matices, se reduce a frases simples, cortas, contundentes, diseñadas para cerrar discusiones, no para abrirlas.

Y aquí viene la parte más delicada: cuando alguien habla siempre en plural, deja de hacerse responsable de sus propias decisiones. Si algo sale mal, no fallé “yo”, fallamos “todos”. Si apoyé algo cuestionable, no lo hice “yo”, lo hicimos “nosotros”. El plural sirve como escudo emocional. Protege del error, del arrepentimiento, del darse cuenta. Porque darse cuenta duele. Y a veces duele tanto que se prefiere seguir repitiendo el discurso antes que enfrentarse a uno mismo.

No digo que todas las personas que hablan en plural estén en una secta. Sería injusto decirlo así de simple. Pero sí creo, con total honestidad, que ese lenguaje tiene rasgos muy parecidos a los de una lógica sectaria: homogeneiza, despersonaliza, sustituye el pensamiento propio por el pensamiento del grupo y convierte la duda en traición. Y cuando la duda deja de ser posible, cuando el “yo” desaparece por completo, la libertad interior empieza a erosionarse, aunque por fuera todo parezca una gran unión.

Tal vez por eso, cada vez que escucho ese “nosotros” tan rotundo, tan seguro de sí mismo, tan absoluto, no siento fuerza… siento fragilidad. Siento miedo a quedarse solo. Siento dificultad para sostener una opinión sin el respaldo de la manada. Siento la necesidad de pertenecer a algo tan grande que ya no haga falta pensar.

Y entonces, en lugar de responder con rabia, con burla o con desprecio, prefiero hacer algo mucho más subversivo: seguir hablando en singular. Seguir diciendo “yo creo”, “yo dudo”, “yo no lo tengo claro”, “yo todavía estoy pensando”. Porque en estos tiempos, tal vez la verdadera rebeldía no sea gritar con la multitud… sino atreverse a pensar a solas.

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