
Hoy vi un video del presidente Rodrigo Chaves. No sé cuándo fue grabado, pero el mensaje es claro: pone en duda la confiabilidad del Tribunal Supremo de Elecciones. Entre líneas —y lo digo desde mi apreciación personal— deja insinuada la posibilidad de un fraude.
Y ahí está el problema. Al señor presidente de la República se le olvida que ya no es un candidato. Que no está en campaña. Que su deber, mientras ocupe la silla presidencial, es proteger la institucionalidad, no socavarla.
Pero parece que no lo entiende, o no quiere entenderlo. Sale a hablar, no como presidente, sino como jefe de campaña de su candidata. Sale a defenderla, a empujarla, a cubrirla con su investidura. Y con eso, lo único que logra es confirmar lo que muchos sospechan: que Laura Fernández es, políticamente, su extensión. Su reflejo. Su títere.
Todavía, si esas palabras hubieran salido de ella —aunque igual me parecerían graves—, las entendería dentro del juego electoral. Pero que sea el presidente quien siembre dudas sobre el TSE, la institución que lo llevó al poder, es sencillamente inaceptable. Es como morder la mano que sostuvo la legitimidad de su propio triunfo.
¿Y lo más inquietante? Que muchos lo celebran. Que muchos lo justifican. Que muchos lo siguen como si sus palabras fueran verdad revelada.
A veces me pregunto qué pasó. ¿Rodrigo Chaves se metió en la cabeza de la gente y se quedó viviendo ahí? ¿O acaso les sacó el cerebro y se lo llevó con él?
No lo sé. Pero sí sé que cuando un pueblo empieza a pensar con la mente de un solo hombre, la democracia deja de ser un país y se convierte en un rebaño.