El putazo de la presi

Durante las últimas horas, Costa Rica ha dedicado una cantidad sorprendente de energía a analizar una palabrota. No la explosión. No las circunstancias. No los posibles responsables. No lo que realmente ocurrió en Crucitas. No las implicaciones políticas del incidente. No las medidas de seguridad. No las preguntas de fondo. La palabrota. Y honestamente, eso me parece fascinante porque dice mucho sobre nosotros como sociedad y sobre la forma en que consumimos las noticias.

Lo sucedido en Crucitas nos deja mucho que pensar. Como siempre ocurre cuando sucede algo de alto impacto político, inmediatamente aparecieron explicaciones para todos los gustos. Hay quienes están convencidos de que todo fue un montaje cuidadosamente preparado. Hay quienes creen que fue un incidente completamente real. Hay quienes consideran que hay elementos que todavía no conocemos. Y la verdad es que la mayoría de nosotros simplemente no tiene acceso a toda la información necesaria para afirmar con absoluta certeza qué fue lo que pasó. Cada persona tiene derecho a su análisis, a su investigación y a sus conclusiones. Eso es completamente válido.

Sin embargo, mientras las teorías, los análisis y las acusaciones iban y venían, muchísimas personas decidieron concentrarse en la expresión espontánea que salió de la boca de la señora presidenta cuando escuchó la explosión. Y ahí es donde me pregunto si no estamos perdiendo de vista lo importante. Porque si partimos del supuesto de que ella no sabía lo que iba a ocurrir, si asumimos por un momento que no existió ningún montaje, o incluso si creemos que pudo haber existido algo extraño pero que ella no tenía conocimiento previo, entonces la reacción parece absolutamente normal.

Una explosión inesperada genera sobresalto. Genera miedo. Genera incertidumbre. Genera una reacción instintiva. Y los seres humanos reaccionamos. Algunos gritan. Algunos corren. Algunos se quedan paralizados. Algunos se ríen por nervios. Y muchísimos dicen una mala palabra. No estoy diciendo que sea elegante. No estoy diciendo que sea protocolario. Estoy diciendo que es humano. Profundamente humano. Tan humano que probablemente buena parte de quienes hoy critican esa reacción habrían dicho exactamente lo mismo o algo parecido si hubieran estado en el mismo lugar y en el mismo momento.

Lo curioso es que criticar la palabrota no nos convierte necesariamente en mejores personas. No nos hace más educados. No nos hace más inteligentes. No nos hace moralmente superiores. Lo único que demuestra es que nosotros estábamos viendo el video desde la seguridad de una pantalla, mientras la persona que reaccionó estaba viviendo el acontecimiento en tiempo real. Y esa diferencia importa mucho más de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer.

Lo que verdaderamente me preocupa es que esto refleja una costumbre cada vez más frecuente en nuestra vida pública. Hemos desarrollado una enorme habilidad para discutir los detalles anecdóticos mientras ignoramos los temas centrales. Nos obsesionamos con una palabra, una mueca, una reacción emocional, una fotografía o un titular, mientras las preguntas verdaderamente importantes permanecen sin respuesta. Es mucho más fácil discutir un putazo que investigar un hecho. Es mucho más sencillo burlarse de una reacción humana que tratar de comprender un acontecimiento complejo.

Mientras tanto, siguen pendientes las preguntas que realmente importan. ¿Qué ocurrió en Crucitas? ¿Hubo negligencia? ¿Hubo una puesta en escena? ¿Hubo fallas de seguridad? ¿Hubo algún delito? ¿Hubo intereses políticos involucrados? ¿O simplemente estamos observando un hecho que todavía no comprendemos completamente? Esas son las preguntas que deberían ocupar nuestra atención si realmente queremos entender lo sucedido.

Porque al final del día, una palabrota podrá ser vulgar. Podrá parecer inapropiada. Podrá gustarnos o disgustarnos. Pero difícilmente constituye el centro de la noticia. Y cuando una sociedad empieza a concentrarse más en el putazo que en la explosión, más en la anécdota que en los hechos, más en la reacción que en las causas, corre el riesgo de perder la capacidad de analizar lo que realmente importa. Y eso sí debería preocuparnos mucho más que cualquier mala palabra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio