
Anoche me dormí como a las dos de la mañana. A las seis ya estaba despierto. Preparé tres artículos para las redes sociales, le llevé desayuno a mi mamá y seguí con la rutina habitual que, desde hace meses, parece no tener botón de pausa. Entre las ocho y las diez de la mañana preparé la terraza para recibir a nueve estudiantes de acuarela que llegarían puntualmente a las diez. Mesas, materiales, espacio de trabajo, detalles logísticos y todo aquello que hace posible que una actividad funcione sin que los participantes tengan que preocuparse por nada más que disfrutar y aprender.
Realmente no eran clases en el sentido tradicional de la palabra. Son más bien talleres donde cada persona trabaja en sus propios proyectos y yo voy de mesa en mesa observando, sugiriendo, corrigiendo, enseñando y acompañando. Mientras camino entre los estudiantes llevo en la cabeza el nivel de cada uno, sus fortalezas, sus debilidades, los ejercicios que les convienen y los errores que conviene corregir. Al mismo tiempo estoy pendiente de lo que puedan necesitar: papel, pigmentos, pinceles distintos, lápices, borradores, pizarra de dibujo o cualquier otra cosa. La modalidad es con todo incluido, así que mientras ellos pintan, yo también estoy administrando una pequeña operación logística.
Mientras tanto, ya tenía en mente el resto del día. Esperaba que el taller terminara para dedicarme a escribir durante la tarde, avanzar con varios asuntos relacionados con Apacigua, atender un par de reuniones telefónicas y participar en una entrevista virtual. Porque el país no espera. Las circunstancias tampoco. Y cuando uno siente que recibió un llamado para hacer algo, tampoco es tan fácil simplemente detenerse.
Antes de las diez había publicado un mensaje deseándole un feliz fin de semana a todo el mundo. Pero cuando los estudiantes se fueron, me senté unos minutos en el patio antes de preparar el almuerzo y empezar a recoger todo lo utilizado durante el taller, y fue entonces cuando me di cuenta de algo que me preocupó de verdad. Estaba a punto de fundirme. No cansado. No agotado. Fundido. Como cuando el indicador de batería del teléfono llega a las últimas dos rayitas y uno sabe que si no encuentra un cargador pronto, el aparato simplemente se apagará.
Yo estaba exactamente ahí.
En dos rayitas.
Y parecía que iba bajando a una.
Por primera vez en mucho tiempo me dio miedo. Miedo de que mi cuerpo simplemente decidiera desconectarse. Miedo de descubrir dónde está realmente el límite. Miedo de que, igual que sucede con un celular, llegara a apagarme por falta de energía. Y honestamente no estoy seguro de qué tan fácil sería volver a encenderme si eso ocurriera.
Me levanté de la silla como quien escucha una alarma amarilla. Caminé hacia mi cuarto y les juro que sentía como si estuviera pitando por dentro. Los brazos me pesaban. Las piernas parecían no responder. Cada paso requería un esfuerzo extraño. Cuando llegué a la escalera me agarré del pasamanos para ayudarme a subir. No por dramatismo. Por necesidad. Llegué a la habitación, avancé hasta la cama y dejé caer el cuerpo sobre el colchón con la sensación de que estaba funcionando únicamente con la reserva de combustible.
Dormí una hora.
Luego permanecí una hora más acostado, sin querer levantarme.
No porque no hubiera cosas que hacer. Todo lo contrario. Mi almuerzo esperaba. El de mi mamá también. Había llamadas pendientes, mensajes por responder y tareas acumulándose. Pero por primera vez en muchos meses mi cuerpo parecía estar negociando directamente conmigo y diciendo algo muy sencillo: hasta aquí llegamos por hoy.
Mientras tanto, en redes sociales, algunas personas comentaban el mensaje que había publicado temprano y me deseaban un feliz descanso durante el fin de semana. Yo sonreía internamente al leerlos. Porque sabía que aquello no era exactamente para mí. No recuerdo realmente lo que es un fin de semana desde octubre, cuando empezó todo este proceso. Desde entonces las semanas, los días y los horarios se mezclaron en una sola corriente continua de trabajo, ideas, reuniones, artículos, proyectos y compromisos.
Pero creo que hoy encontré el límite.
O al menos me acerqué peligrosamente a él.
Así que dependiendo de cómo transcurra el resto del día, tal vez no trabaje esta tarde. Tal vez lo haga por la noche. Tal vez mañana. Tal vez el lunes. No lo sé todavía.
Lo que sí sé es que antes necesito recuperar algunas rayitas.
No todas.
No hace falta.
Pero al menos la mitad.