
Hace unos días conversaba con un amigo sobre algunos proyectos, decisiones y esos momentos en los que la vida parece cambiar de dirección sin pedir permiso. En medio de la conversación me dijo una frase que seguramente todos hemos escuchado alguna vez: «Hay que fluir». Y mientras lo escuchaba pensaba que tenía razón. Sí, hay que fluir. Pero también sentía que esa idea, por sí sola, quedaba incompleta. Porque una cosa es fluir y otra muy distinta es dejarse llevar sin rumbo.
Muchas personas confunden el fluir con renunciar al timón. Creen que fluir consiste en aceptar cualquier corriente, cualquier viento y cualquier destino. Como si la vida fuera un río que simplemente nos arrastra y nuestra única tarea consistiera en dejarnos llevar. Pero, si eso fuera cierto, no estaríamos fluyendo: estaríamos viviendo a la deriva. Y vivir a la deriva es permitir que las circunstancias decidan por nosotros. Es caminar en automático. Es dejar que otros escojan el rumbo mientras nosotros únicamente observamos cómo pasan los días.
Yo creo que fluir se parece mucho más a navegar. Cuando un marinero sale al mar sabe hacia dónde quiere ir. Tiene un puerto en mente, un mapa y una dirección. Sin embargo, también sabe que el mar no siempre cooperará. Habrá corrientes inesperadas, vientos que cambien de un momento a otro y tormentas que obliguen a modificar el trayecto. ¿Qué hace entonces? ¿Se enfurece con el océano? ¿Abandona la embarcación? ¿Se queda inmóvil esperando que todo vuelva a ser perfecto? No. Ajusta las velas, toma nuevamente el timón y continúa. Cambia la ruta si es necesario, pero no pierde de vista el destino.
Así entiendo yo el verdadero significado de fluir. No como una renuncia a nuestras metas, sino como la capacidad de adaptarnos sin dejar de avanzar. Aceptar que la vida no siempre responderá a nuestros planes, pero tampoco entregar nuestros sueños a la primera corriente que aparezca. Fluir es comprender que no controlamos el viento, pero sí podemos decidir cómo orientar las velas. No controlamos todas las circunstancias, pero sí la actitud con la que las enfrentamos.
Tal vez por eso me preocupa cuando escucho a alguien decir «simplemente flui» como si esa fuera la solución para todo. Porque hay personas que llevan años fluyendo… y nunca llegaron a ninguna parte. No porque el destino les fuera adverso, sino porque nunca eligieron un destino. Se acostumbraron tanto a seguir la corriente que dejaron de preguntarse hacia dónde querían ir. Y cuando uno deja de decidir, otros terminan decidiendo por uno.
La vida necesita equilibrio. Necesita la serenidad suficiente para aceptar aquello que no podemos cambiar y, al mismo tiempo, la determinación necesaria para seguir remando hacia aquello que sí depende de nosotros. Necesita flexibilidad, pero también propósito. Necesita calma, pero también dirección. No son ideas opuestas; son dos fuerzas que se complementan.
Así que sí, hay que fluir. Estoy completamente de acuerdo. Pero hay que fluir sin soltar el timón. Hay que remar cuando sea necesario, corregir el rumbo cuando el mar nos desvíe y aceptar que, algunas veces, el puerto al que llegamos no será exactamente el que imaginábamos al partir. Lo importante es no confundir la paz con la pasividad, ni la aceptación con la renuncia.
Porque fluir no es ir a la deriva.
Fluir es seguir navegando, incluso cuando el mar decide cambiar de dirección.