
Hay algo que desde hace mucho tiempo me llama profundamente la atención y que cada día me resulta más difícil comprender. Quienes nos encontramos preocupados por el rumbo que está tomando el país solemos utilizar las redes sociales para expresar nuestras inquietudes. Hablamos de instituciones que consideramos debilitadas, de decisiones gubernamentales que nos parecen equivocadas, de programas sociales afectados, de ataques constantes contra diversos sectores de la sociedad y, en general, de todo aquello que sentimos que podría poner en riesgo la Costa Rica que heredamos de generaciones anteriores. Nos guste o no, eso es perfectamente lógico. Cuando una persona siente que algo valioso está siendo dañado, habla. Advierte. Señala. Denuncia. Se preocupa. Es una reacción natural de quien siente afecto por aquello que considera importante.
Sin embargo, hay algo que no logro entender. Si quienes apoyan al gobierno obtuvieron la victoria electoral que buscaban, si lograron que su candidato llegara al poder, si las principales decisiones del país están siendo tomadas por personas afines a su visión política y si buena parte de las políticas que respaldan se encuentran en ejecución, ¿por qué existe una necesidad tan permanente de confrontación? ¿Por qué tantos dedican una enorme cantidad de tiempo a insultar, burlarse, desacreditar o atacar a quienes expresan una opinión diferente? Uno podría pensar que quien está satisfecho con una decisión simplemente observa los resultados y disfruta aquello que ayudó a construir. Pero pareciera que algunas personas continúan viviendo en una campaña electoral que nunca terminó, como si todavía sintieran la necesidad de convencer a todo el mundo de que tomaron la decisión correcta.
Y esa observación me lleva inevitablemente a una pregunta que considero interesante. ¿Será que, en el fondo, algunas personas ya tienen dudas? ¿Será que ciertos acontecimientos han comenzado a generar preguntas incómodas que preferirían no hacerse? ¿Será que algunos resultados no han sido exactamente los que imaginaban cuando depositaron su voto? No lo sé. No puedo afirmarlo. Pero sí sé algo sobre la naturaleza humana. Cuando una persona toma una decisión importante y posteriormente aparecen señales que sugieren que tal vez se equivocó, rara vez reconoce el error de inmediato. Lo habitual es justificar la decisión, defenderla, buscar explicaciones, encontrar culpables externos o construir argumentos que permitan seguir creyendo que todo marcha bien.
Eso ocurre en política, pero también ocurre en las relaciones personales, en los negocios, en los proyectos de vida y prácticamente en cualquier aspecto de la existencia humana. A veces resulta emocionalmente más cómodo defender una decisión que admitir que pudo haber sido equivocada. Reconocer un error requiere humildad. Requiere valentía. Requiere aceptar que somos seres humanos falibles. Y eso no siempre es sencillo.
Por supuesto, no estoy afirmando que todas las personas que apoyan al gobierno piensen igual ni que todas compartan las mismas motivaciones. Sería injusto y simplista decir algo así. Hay personas honestas, inteligentes y bien intencionadas en todos los sectores políticos. Sin embargo, sí me parece evidente que existe un nivel de agresividad en ciertos grupos que no encaja con la actitud de alguien completamente satisfecho con el rumbo de los acontecimientos. Porque quien está seguro de sus convicciones no necesita gritar constantemente. Quien confía en los resultados no necesita insultar a quienes piensan diferente. Quien posee argumentos sólidos puede exponerlos sin necesidad de atacar a las personas.
Por eso, más que enojo, lo que siento es curiosidad. Curiosidad por comprender por qué tantas personas reaccionan con tanta hostilidad frente a cualquier cuestionamiento. Curiosidad por entender por qué una simple opinión distinta parece despertar tanta molestia. Curiosidad por descubrir por qué el desacuerdo político ha dejado de ser una diferencia de criterio para convertirse, en algunos casos, en una especie de enemistad personal.
Y eso me preocupa porque una democracia saludable necesita exactamente lo contrario. Necesita debate. Necesita desacuerdo. Necesita diversidad de pensamiento. Necesita ciudadanos que hagan preguntas incómodas y ciudadanos que respondan con argumentos. Lo que no necesita es que los costarricenses se conviertan en enemigos entre sí. Lo que no necesita es que una parte de la población llegue a considerar que quienes piensan distinto merecen ser humillados, ridiculizados o silenciados.
Al final, los gobiernos pasan. Los partidos pasan. Los políticos pasan. Las administraciones terminan. Las campañas se olvidan. Los eslóganes desaparecen. Pero Costa Rica permanece. Y cuando todo esto termine, quienes hoy discuten en redes sociales seguirán viviendo en los mismos barrios, transitando las mismas carreteras, enviando a sus hijos a las mismas escuelas y compartiendo la misma patria.
Tal vez por eso la pregunta más importante no sea quién ganó una elección. Tal vez la pregunta verdaderamente importante sea qué estamos haciendo con nuestra convivencia mientras creemos estar defendiendo nuestras ideas. Porque una nación no se debilita únicamente cuando fracasan sus instituciones. También comienza a deteriorarse cuando sus ciudadanos dejan de verse como compatriotas y empiezan a verse como enemigos. Y cuando eso ocurre, el daño puede ser mucho más profundo de lo que imaginamos.
Este sí tiene mucho más el ritmo de tus artículos: pocos cortes, desarrollo continuo de las ideas y una reflexión que va creciendo hasta el cierre.