
Nos quejamos de la inseguridad, de los asesinatos, de la violencia que ya parece parte del aire que respiramos. Una candidata pide la renuncia de los jerarcas de Seguridad —un acto simbólico, pero con autoridad— y la respuesta de muchos no es reflexión, sino ataque. La condenan, no por lo que dijo, sino por quién es. Como si odiarla fuera más importante que pensar en lo que conviene al país.
El odio se volvió el nuevo pegamento nacional. Nos une más el desprecio que la esperanza. Nos encontramos en la trinchera del enojo y nos saludamos con insultos, felices de coincidir en contra de alguien. Nos seguirá llevando candanga, no por falta de inteligencia, sino por exceso de rabia.
Y sí: hay quienes hoy se inclinan por el continuismo no porque crean en sus ideas, sino porque alguien los unió alrededor de a quién hay que odiar. Ese odio, disfrazado de convicción, se convirtió en identidad.
Nos iría mejor si nos inclináramos hacia el amor —tal vez por Costa Rica— y no hacia el odio de cada ministerio, de cada institución, de cada organismo, de cada candidato y de cada expresidente. El amor del que hablo no es ingenuo ni blando: es el que construye, escucha, discierne, exige con respeto y corrige sin humillar. Es el que sostiene la convivencia cuando todo invita a romperla.
Porque el odio no se queda quieto: muy pronto, si seguimos por este camino, ese odio se verá reflejado en la propia y mismísima Constitución. Cuando una sociedad odia, empieza a desconfiar de sus límites y de quienes los custodian; y muy pronto muchos querrán “machetear” la Constitución, porque ya están odiando también a los guardianes encargados de protegerla.
Costa Rica no necesita más gritos. Necesita conciencia. El camino de salida no es la furia, es la dignidad: desacelerar, pensar, debatir con altura y recordar que ninguna victoria vale la pena si nos cuesta el alma del país.