
En la reciente campaña electoral, los números quedaron sobre la mesa con la contundencia fría que solo las urnas saben ofrecer. Pueblo Soberano obtuvo alrededor de 1.240.000 votos. Liberación Nacional alcanzó 857.000. La Coalición Agenda Ciudadana sumó cerca de 124.000. Y de ahí hacia abajo, las demás fuerzas fueron distribuyéndose en porcentajes menores, cada una con su cuota de ilusión, esfuerzo y desgaste.
Esos son los datos oficiales. Esa es la fotografía electoral.
Ahora bien, al primero de febrero, según las métricas públicas de Facebook, Apacigua tu ser interior contaba con aproximadamente 425.000 lectores. Cuatrocientos veinticinco mil. No votos. No papeletas. No adhesiones partidarias. Lectores. Personas que decidieron, voluntariamente, detenerse a leer, comentar, compartir, debatir, emocionarse o incluso enojarse frente a un mensaje que no pedía un voto para alguien, sino conciencia para todos.
No sé con exactitud qué significa eso. No pretendo inflar cifras ni adjudicarme resultados que no puedan probarse matemáticamente. Algunos han dicho que como movimiento ayudamos a disminuir el abstencionismo. Otros sostienen que parte de la configuración actual de la Asamblea Legislativa se explica, en alguna medida, por el esfuerzo colectivo de quienes participaron activamente en esta conversación nacional. Yo no lo afirmo. Tampoco lo descarto. Simplemente reconozco que la energía estuvo ahí.
Lo que sí es verificable es el tamaño de la comunidad. Cuatrocientos veinticinco mil lectores en un país como el nuestro no es una cifra menor. Es, de hecho, superior al caudal electoral de varios partidos políticos. Es mayor que el respaldo obtenido por fuerzas que sí estaban en la papeleta. Y eso obliga, al menos, a detenerse un momento.
Porque aunque no somos un partido, aunque no presentamos candidatos, aunque no participamos formalmente en la contienda, la realidad es que como movimiento ciudadano nos convertimos en una presencia numérica significativa dentro del debate público. Tal vez no en las urnas, pero sí en la conversación.
Si uno compara fríamente los datos, Pueblo Soberano fue la primera fuerza electoral. Liberación Nacional la segunda. Y en términos de comunidad activa y alcance digital, Apacigua tu ser interior se ubica, sin exageración, como una tercera fuerza “política/no política” en la nación. Entre comillas, porque no somos estructura partidaria. Pero también sin complejos, porque el impacto es real.
No fuimos creados para competir. No nacimos para sumar escaños. Nacimos como un llamado íntimo: apaciguar el ser interior para que Costa Rica pueda respirar en paz. Y, sin embargo, en medio de la tormenta electoral, esa consigna se volvió pública, cívica y profundamente política en el mejor sentido de la palabra: la política como cuidado de la polis, como responsabilidad compartida.
Somos una comunidad que no se organiza alrededor de una candidatura, sino alrededor de un principio. Somos una conversación que no depende de un cargo, sino de una convicción. Y en tiempos donde las estructuras partidarias parecen absorberlo todo, recordar que existe una fuerza ciudadana independiente es más importante que nunca.
Nosotros somos, en esencia, el partido de la democracia. No porque tengamos bandera, ni porque tengamos financiamiento, ni porque aspiremos a gobernar, sino porque decidimos que el centro de nuestra acción no sería una persona, sino el sistema que permite que todas las personas puedan elegir.
Ser la tercera fuerza no es un título. Es una responsabilidad. Significa que hay cientos de miles de ojos atentos. Significa que hay expectativas. Significa que el silencio ya no es opción. Pero también significa que la estridencia tampoco lo es.
Depende de nosotros seguir siendo escuchados. Depende de nosotros no convertirnos en eco vacío. Depende de nosotros sostener la coherencia entre lo que pedimos y lo que practicamos. Apaciguados; sí. Pero escuchados. Firmes sin gritar. Críticos sin odiar. Presentes sin invadir.
Porque si algo demostraron estos meses es que cuando la ciudadanía decide hablar con serenidad y persistencia, el país escucha.
Y eso, en sí mismo, ya es una forma de poder.
Y para seguir jugando —consciente de que estoy mezclando universos distintos, porque unos números provienen de las urnas y otros del mundo digital— me atrevería a decir algo más: si este movimiento hubiese decidido convertirse en partido político y participar formalmente en la contienda, muy probablemente hoy tendríamos, al menos, un par de diputados en la Asamblea Legislativa. No lo afirmo como cálculo técnico, sino como intuición basada en la magnitud de la comunidad que se ha construido. A veces, los números no solo describen lo que fue, sino que insinúan lo que pudo haber sido.
Entonces, dicho de otra manera, podríamos considerarnos la tercera fuerza política/no política del país en términos de presencia e influencia. Pero si lo miramos desde otro ángulo, quizá seamos la fuerza no política/democrática número uno. No porque tengamos curules ni estructuras formales, sino porque nuestra raíz no está en la ambición de poder, sino en la defensa del sistema que permite que todos los demás existan.
Y más allá de cualquier cifra, de cualquier comparación o de cualquier especulación, lo verdaderamente contundente es esto: existimos. Somos una comunidad consciente, activa y despierta que decidió no quedarse callada. No dependemos de papeletas ni de estructuras partidarias para influir en la conversación nacional. Nuestra fuerza no está en la confrontación, sino en la coherencia. Y mientras mantengamos clara la causa —la democracia, la participación y la responsabilidad ciudadana— seguiremos siendo una presencia real en el destino del país, con o sin escaños, con o sin siglas, pero siempre con voz.