III – La democracia y el daño silencioso a las instituciones

¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?

Costa Rica ha tenido distintos partidos políticos y distintos presidentes. Con algunos gobiernos nos ha ido mejor, con otros no tanto. La economía ha sufrido en ciertos períodos, han existido actos de corrupción, errores graves y decisiones cuestionables. Todo eso es parte de nuestra historia reciente y merece análisis serio, punto por punto, en su debido momento.

Pero aquí quiero detenerme en algo más profundo: la democracia misma.}

Porque la democracia no es lo que muchas veces se grita en redes sociales ni lo que se simplifica en discursos encendidos. La democracia no es libertinaje. No es hacer o decir cualquier cosa sin consecuencias. La democracia es, ante todo, un sistema de derechos, de reglas, de equilibrios y de límites al poder. Es la forma que encontramos como sociedad para convivir en desacuerdo sin destruirnos.

En ese sentido, lo que hemos visto durante este gobierno y lo que probablemente seguiríamos viendo con el continuismo es preocupante. Ataques reiterados y despiadados a nuestra institucionalidad y a los poderes de la República. Ataques a la Asamblea Legislativa cuando no obedece. Ataques al Poder Judicial cuando investiga. Ataques a la Fiscalía, a la Contraloría, al Tribunal Supremo de Elecciones. Y no solo a ellos.

También hemos visto ataques a sectores sociales completos: agricultores, universidades, la Iglesia, medios de comunicación, frecuencias de radio, organizaciones civiles. Un clima constante de sospecha, deslegitimación y confrontación contra todo aquello que no se alinea o no aplaude.

Está bien —y es necesario— investigar la corrupción cuando existe. Está bien auditar, fiscalizar, señalar errores, abrir procesos, buscar responsables y llevarlos ante los tribunales. Eso es parte sana de una democracia funcional. Pero gritar acusaciones sin pruebas, señalar sin procesos y debilitar instituciones desde el discurso no limpia nada.

Al contrario. Lo único que produce ese método es una democracia más frágil. Una ciudadanía que empieza a desconfiar de todo y de todos. Una sensación de que nada sirve, de que todo está podrido, de que cualquier autoridad es sospechosa por defecto. Y cuando se instala esa idea, el daño ya está hecho.

Porque cuando nadie cree en las instituciones, el poder deja de tener contrapesos. Y cuando no hay contrapesos, la democracia deja de ser democracia.

El problema no es señalar la corrupción. El problema es hacerlo de forma irresponsable, sin pruebas, sin procesos y sin respeto por el Estado de derecho. Así no se avanza. Así solo se destruye lo que luego será muy difícil reconstruir.

Hoy estamos, peligrosamente, en el mismo punto donde empezamos, pero con algo peor: una democracia debilitada, una población confundida y una desconfianza generalizada hacia todo el sector público y hacia quienes dirigen instituciones clave del país.

Y eso, más allá de cualquier simpatía política, debería preocuparnos a todos.

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