No lloro por eso

Alguien escribió: “Cómo llora la oposición, porque ya no puede robar”. Y quizá esa frase resume bastante bien el lugar desde donde algunas personas están observando todo lo que ocurre. Como si cualquiera que cuestione, fiscalice, advierta o exprese preocupación tuviera necesariamente un interés económico, partidario o personal. Como si oponerse a determinadas decisiones significara haber perdido algún privilegio. Como si no existiera la posibilidad de que alguien simplemente esté preocupado por el país.

Yo soy oposición. Lo digo con claridad. Pero no soy político, nunca he ocupado un cargo público y jamás he recibido un solo colón del Estado costarricense. No tengo contratos, salarios, dietas, beneficios ni intereses económicos que defender. Por eso, cuando lloro, no lloro porque haya perdido la posibilidad de robar. Lloro por razones muy distintas.

Lloro porque veo a personas convencidas de que quienes intentamos hacer algo somos corruptos, ladrones, majaderos o enemigos del país. Lloro porque sé que muchos podrían comprender los argumentos si se permitieran escucharlos con calma, pero también sé que probablemente no quieran hacerlo. No porque les falte inteligencia, sino porque han construido una explicación tan cerrada de la realidad que admitir una mínima posibilidad de error les resultaría demasiado doloroso. Y cuando una persona convierte una decisión política en una parte de su identidad, cualquier argumento distinto deja de ser una idea para analizar y se transforma en una amenaza personal.

Eso es lo que más me preocupa. No el voto que alguien dio. Votar es un derecho, y cada persona lo ejerce con la información, las emociones, las esperanzas y los temores que tiene en ese momento. Nadie debería ser condenado por haber votado según su conciencia. Lo que sí me duele es la renuncia posterior al civismo. Esa decisión de no cuestionar nunca más, de no fiscalizar, de no analizar, de no aceptar siquiera que aquello que apoyamos podría equivocarse. Porque la democracia no termina cuando introducimos una papeleta en una urna. Ahí comienza una responsabilidad mucho más grande.

Lloro también porque, en buena medida, lo que digamos ahora quizá ya no cambie el rumbo inmediato. Las elecciones terminaron. El resultado fue certificado. El nuevo gobierno ya está en funciones. Quienes votaron por él ya cumplieron su papel electoral y, aunque suene duro, el poder ya no necesita convencerlos de nada. Ya votaron. Ya ganaron. Ya entregaron el mandato. Y a partir de ese momento, incluso quienes apoyaron al gobierno deberían convertirse en vigilantes, porque ningún gobernante necesita seguidores incondicionales: necesita ciudadanos conscientes.

Algo parecido ocurre con muchos activistas de oposición. También ellos pueden sentir que ya no queda mucho por hacer, porque la elección terminó y las decisiones empiezan a ejecutarse. Pero todavía queda una tarea indispensable: observar, denunciar, fiscalizar, proponer y tratar de mitigar el daño cuando se considere que existe. La oposición no está para impedir que un gobierno gobierne, pero tampoco para guardar silencio mientras considera que el país se encamina hacia un lugar peligroso.

En mi opinión —y quiero subrayar que es una opinión profundamente personal— la crisis ya comenzó, aunque todavía no sea visible para todos. Se parece al acné que empieza a formarse debajo de la piel: desde afuera parece que no ocurre nada, pero internamente el proceso ya está avanzando. Dentro de algunas semanas podríamos sentir el primer golpe, la primera señal clara, la primera espinilla apareciendo en el rostro del país. Y para esa espinilla no habrá crema de rosas capaz de resolverlo fácilmente, ni para ti ni para mí.

Tal vez pasen meses antes de que el deterioro sea evidente. Tal vez antes de que termine el año muchas personas comiencen a sentirlo en su economía, en los servicios públicos, en la estabilidad institucional o en la calidad de vida. Y cuando eso ocurra, la discusión ya no será únicamente política. Será cotidiana. Estará en los recibos, en el trabajo, en la salud, en la educación, en las oportunidades y en la sensación de que algo que parecía sólido empezó a desarmarse poco a poco.

Mi temor es que, una vez iniciada esa ruta, el regreso no sea rápido. Que no estemos hablando simplemente de esperar una nueva elección en 2030, sino de un proceso de recuperación que pueda tomar décadas. Quizá treinta años. Quizá más. Yo probablemente no estaré aquí para verlo completo. Pero sí estarán los hijos y los nietos de quienes hoy celebran, de quienes hoy se burlan y también de quienes hoy advertimos.

Y deseo sinceramente que ellos puedan perdonarnos a todos.

No por el voto que cada uno dio. Insisto: votar no fue una culpa. Nadie conoce el futuro con certeza y nadie tiene la verdad absoluta. Ojalá nos perdonen, más bien, si no tuvimos la humildad de pensar que podíamos estar equivocados. Si no tuvimos el civismo de analizar, cuestionar y fiscalizar. Si preferimos defender a una persona antes que proteger una institución. Si confundimos lealtad política con amor a la patria.

Mientras tanto, quienes forman parte de la oposición seguirán intentando recuperar o proteger lo que crean que está en peligro. No necesariamente porque quieran volver al poder, ni porque extrañen privilegios, ni porque estén defendiendo décadas de corrupción. Muchos lo harán porque sienten que es su responsabilidad. Porque todavía creen que algo puede salvarse. Porque incluso cuando el rumbo parece definido, queda la obligación moral de evitar que el golpe sea más duro de lo necesario.

Tal vez tú no entiendas lo que algunos tememos que viene. Y yo comprendo que no lo entiendas. No te pido que aceptes mi visión, ni que abandones tus convicciones, ni que te arrepientas hoy de nada. Solo te pido algo más sencillo: permite que quienes piensan diferente hagan el trabajo que consideran necesario. Permite que cuestionen, que fiscalicen, que adviertan y que propongan. No los llames ladrones solamente porque no aplauden. No los llames majaderos porque continúan preguntando. Una democracia necesita personas dispuestas a incomodar al poder, incluso cuando ese poder fue elegido legítimamente.

Durante setenta años hubo errores, corrupción, privilegios y decisiones vergonzosas. Todo eso debe reconocerse. Pero también hubo instituciones que resistieron, servicios públicos que sostuvieron a las familias y una sociedad que, con todas sus fallas, logró sobrevivir y avanzar. La pregunta no es si el pasado fue perfecto. No lo fue. La pregunta es si podemos asegurar que lo que viene permitirá que nuestras familias sigan resistiendo de la misma manera.

¿Podrías asegurarme que dentro de dieciocho meses estaremos mejor? ¿Podría asegurarlo yo? Probablemente ninguno de los dos. Y justamente por eso necesitamos menos certezas arrogantes y más ciudadanía. Menos burlas y más vigilancia. Menos fanatismo y más capacidad de detenernos a pensar.

Porque quizá todavía estamos a tiempo de mitigar el daño. Pero para hacerlo necesitamos dejar de ver enemigos en quienes advierten y comenzar a reconocer que, aunque pensemos distinto, todos tendremos que vivir dentro del mismo país cuando las consecuencias finalmente lleguen.

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