
Yo entiendo perfectamente cuando, en el plenario, alguien decide votar a favor o en contra de un proyecto. Y puedo entender que muchas veces ese voto responda a sus valores, a su análisis, a sus intereses personales, a los intereses de su comunidad o incluso a los de alguna otra comunidad que pueda verse afectada por esa decisión. De eso se trata, también, su trabajo. Podemos estar de acuerdo o no, pero cada diputado tiene el derecho —y la responsabilidad— de tomar posición.
Lo que me cuesta mucho más entender es cuando todo un bloque vota, en una gran mayoría, siempre junto, siempre en la misma dirección y casi siempre enfrentado a quienes están del otro lado. La impresión que eso provoca es de desesperanza. No quiero usar la palabra repudio, y mucho menos la frase que mi padre, que en paz descanse, probablemente hubiera utilizado, porque llamar a cada uno “alma de mi3rda” sería demasiado grosero.
Todos al unísono. Sin argumentos expuestos, sin explicaciones suficientes, sin que uno pueda distinguir con claridad dónde termina la posición individual y dónde comienza la disciplina del grupo. Pareciera, desde afuera, como si alguien hubiera dado una orden y los demás simplemente la estuvieran acatando.
Tal vez no sea así. Tal vez cada uno haya llegado, después de una profunda reflexión personal, exactamente a la misma conclusión que todos sus compañeros. Puede suceder. Pero cuando ocurre una y otra vez, resulta inevitable preguntarse cuánto espacio existe realmente para el criterio individual.
Y quizá algunos agradezcan profundamente haber sido seleccionados para ocupar una curul. Quizá sientan que le deben algo a quien los colocó ahí. Quizá no. Solo ellos lo saben. Pero, según mi valoración personal, cuando alguien renuncia a mostrar criterio propio para permanecer alineado con un grupo, el precio que puede terminar pagando no es únicamente político: puede ser también humano.
Ojalá estos jaguares se movieran por el mundo como jaguares: con autoridad individual, osados, briosos, decididos, ágiles, inteligentes y estrategas.
Porque hacerse llamar jaguar y moverse por la vida como un cardumen, francamente, da pena ajena.
Yo dejaría ese último párrafo exactamente así: es donde el artículo encuentra su imagen y su golpe final.