
Hay decisiones diplomáticas que parecen simples movimientos administrativos, pero que en realidad cargan décadas de historia, conflictos humanos, simbolismos religiosos y tensiones internacionales acumuladas. Y Jerusalén es probablemente uno de los ejemplos más delicados del planeta. Por eso resulta tan llamativo leer que, según informó la oficina del presidente israelí y replicó posteriormente Delfino, la presidenta Laura Fernández habría manifestado su intención de elevar la representación diplomática costarricense en Jerusalén al rango de embajada. Y honestamente, no comparto esa decisión.
No en este momento histórico. No bajo las circunstancias actuales. Y no mientras Israel continúe en medio de una guerra que ha provocado miles de muertes y sobre la cual existen acusaciones internacionales extremadamente graves relacionadas con posibles crímenes de guerra y actos que distintos organismos, gobiernos y sectores internacionales ya discuten incluso bajo el término genocidio contra el pueblo palestino. Porque aquí no estamos ablando únicamente de política exterior. Estamos hablando de humanidad.
Estamos hablando de imágenes diarias de destrucción, de niños muertos, de familias desplazadas, de ciudades devastadas y de un conflicto que ha terminado rompiendo emocionalmente a buena parte del planeta. Y en medio de ese contexto, mover una embajada hacia Jerusalén inevitablemente deja de percibirse como una decisión diplomática neutral y empieza a interpretarse como una toma de posición política y simbólica frente a uno de los conflictos más dolorosos y divisivos del mundo actual. Y precisamente por eso me preocupa.
Porque Costa Rica históricamente ha construido parte de su identidad internacional desde otros valores: la neutralidad, el derecho internacional, la diplomacia, el desarme, la búsqueda de paz y el respeto a los organismos multilaterales. No somos una potencia militar. No somos una superpotencia económica. Nuestro prestigio internacional nació precisamente desde una idea distinta de país. Desde la prudencia.
Por eso tampoco puede ignorarse que Costa Rica votó anteriormente a favor de resoluciones de Naciones Unidas que sostienen una posición muy clara respecto al estatus internacional de Jerusalén. Y más allá de simpatías políticas, religiosas o ideológicas, ese contexto existe y forma parte de la discusión internacional seria sobre el tema. Porque Jerusalén no es solamente una ciudad.
Jerusalén es probablemente uno de los territorios más emocional, política y religiosamente sensibles del planeta. Cada gesto alrededor de ella tiene consecuencias simbólicas enormes. Y cuando un país pequeño como Costa Rica decide mover una embajada hacia allí, el mundo sí interpreta ese movimiento.
Ahora bien, tampoco creo que este tema deba discutirse desde el odio o desde el fanatismo simplista que muchas veces domina las redes sociales. Defender los derechos humanos del pueblo palestino no significa odiar al pueblo israelí. Y reconocer el sufrimiento histórico del pueblo judío tampoco obliga a guardar silencio frente al sufrimiento palestino actual. Las tragedias humanas no deberían competir entre sí.
Pero precisamente por eso esperaría más prudencia. Más pausa. Más conciencia del momento histórico. Porque hay decisiones diplomáticas que podrían esperar tiempos menos dolorosos, menos sangrientos y menos polarizados para el mundo entero.
Y honestamente, siento que abrir una embajada en Jerusalén en medio de este contexto no enviaría un mensaje de paz. Enviarían un mensaje político. Y Costa Rica siempre ha sido mucho más valiosa para el mundo cuando habla desde la paz que cuando parece escoger bandos en medio de guerras ajenas.