La arrogancia de creer que el otro votó porque es tonto

Las pasadas elecciones presidenciales dejaron muchas cosas sobre la mesa. Algunas visibles. Otras mucho más silenciosas y difíciles de reconocer. Porque más allá de los resultados, de los discursos y de quién ganó o perdió, hubo algo que también se movió muy fuerte dentro de nosotros: la forma en que empezamos a mirar al que pensaba distinto.

Y sí, hay que decirlo con honestidad. Aquella campaña fue, en muchos momentos, salvaje. Hiriente. Ofensiva. Agresiva. Desde muchos lados. Había una efervescencia nacional tan intensa que muchísimas personas, de todos los sectores, terminamos cayendo en dinámicas que normalmente no sostendríamos en tiempos más tranquilos. La emoción se volvió más fuerte que la reflexión. La reacción empezó a ganarle espacio a la observación. Y en medio de todo eso, empezamos a simplificar demasiado al otro.

Apacigua, de alguna manera, ha intentado ayudar a bajar ese volumen. A disminuir la intensidad. A recordar que, aunque la política sea importante, la humanidad del otro también lo es. Y sí, creo sinceramente que se ha logrado algo. El ambiente no es exactamente el mismo de aquellos días. Pero todavía falta muchísimo trabajo por hacer, porque debajo de la superficie siguen existiendo heridas, resentimientos y una necesidad constante de desacreditar al que votó distinto.

Muchas personas que votaron por el continuismo fueron consideradas ignorantes. Se dijo que no entendían la realidad, que no tenían información suficiente, que se dejaron manipular o que simplemente no sabían lo que estaban haciendo. Y probablemente algunos casos existan, como también existen personas poco informadas en todos los sectores políticos. Pero también hay algo que casi nunca queremos aceptar: muchísimas personas votaron por lo que sinceramente creían mejor para ellas, para sus familias o para su comunidad.

Y del otro lado ocurre exactamente lo mismo. También hubo muchísimas personas que votaron contra el continuismo simplemente porque siempre votarían por determinados partidos, indistintamente del candidato que existiera. Algunos votaron desde la tradición. Otros desde el miedo. Otros desde la esperanza. Otros desde el enojo. Otros desde la convicción profunda. Cada persona tendrá su propia historia, su propia razón y su propia interpretación de lo que creyó correcto en ese momento.

El problema empieza cuando dejamos de ver personas… y empezamos a ver caricaturas. Cuando reducimos millones de decisiones humanas complejas a frases simplistas como “son tontos”, “los compraron”, “no entienden nada”, “esa gente no piensa”. Y ahí es donde aparece algo especialmente delicado en Costa Rica: la forma en que muchas veces se habla de quienes viven fuera de la Gran Área Metropolitana.

Porque sí, hay un discurso que se ha ido normalizando poco a poco, casi como si fuera aceptable, donde se trata a las personas de las costas o de zonas rurales como menos preparadas, menos informadas o más fáciles de manipular. Y eso, además de injusto, revela una arrogancia muy peligrosa. Muchas veces esas poblaciones tienen condiciones económicas distintas, menos acceso a oportunidades, menos presencia estatal, otras prioridades y otras necesidades. Y desde la comodidad de ciertos sectores urbanos, terminamos asumiendo que si votaron distinto fue porque “se vendieron” o porque “no saben”.

Pero la realidad humana nunca es tan simple.

Porque también es cierto que algunas zonas fuera de la GAM sintieron beneficios concretos durante el gobierno que terminó. Y aunque alguien desde San José pueda minimizar eso o cuestionarlo, para quien lo vivió puede haber sido significativo. ¿Qué parte de todo eso es completamente cierta y qué parte está exagerada o distorsionada? Honestamente, no lo sé. Y probablemente nadie lo sabe del todo, porque cada persona interpreta la realidad desde su propia experiencia de vida.

Por eso, desde Apacigua, lo que quiero hacer no es convencerte de una postura política, sino invitarte a apaciguarte un poco. A bajar el volumen interno. A dejar de asumir automáticamente que quien piensa distinto es inferior, ignorante o menos digno. Porque la campaña electoral terminó. El país sigue aquí. Y vamos a tener que convivir juntos durante los próximos años, nos guste o no el resultado.

Entonces quizás hay algunas cosas que vale la pena empezar a practicar. No entrar en aclaraciones innecesarias cuando ya no van a construir nada. No responder cada provocación como si fuera una batalla obligatoria. No engancharse con cada comentario lleno de rabia cuando el resultado ya ocurrió y el país necesita empezar a respirar otra vez. Porque hay discusiones que ya no buscan entender, solo seguir alimentando el enojo.

Y sobre todo, tratar de encontrar la calma. No una calma ingenua ni desconectada de la realidad, sino una calma consciente. Una forma de hablar, de responder y de posicionarte sin convertir cada conversación en una guerra emocional. Porque no vamos a poder vivir cuatro años con un país dividido en trincheras permanentes. Eso termina enfermándonos por dentro, incluso cuando creemos que tenemos razón.

Tal vez el verdadero reto ahora no sea convencer al otro de que votó mal. Tal vez el reto sea aprender a convivir sin destruirnos emocionalmente en el intento.

Y eso también es ciudadanía.
Y eso también es democracia.
Y eso también necesita calma.

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