
Hace algún tiempo, recién terminada la campaña electoral, alguien me escribió por Messenger. Un muchacho amable, simpático, conversador, con una energía tranquila y aparentemente muy correcta. Me habló de ideas, de proyectos, de cosas que podíamos construir juntos. Yo soy extremadamente cuidadoso con las personas nuevas. No me reúno fácilmente con desconocidos, no hago negocios rápidos, no recibo personas que no conozco en mi casa y muchísimo menos mezclo con facilidad mis proyectos personales con gente que apenas aparece en mi vida. Tal vez porque he vivido suficiente como para entender que la intuición humana existe… pero no siempre basta.
Aun así, este muchacho generaba confianza. Hablaba de espiritualidad, de principios cristianos, de valores, de conciencia. Parecía una persona sensible y educada. Y poco a poco terminamos construyendo juntos una idea que para mí era importante: nació la radio de Apacigua. Yo contraté una cuenta de streaming en internet y colocamos allí la emisora de Apacigua junto a dos radios adicionales de él, funcionando bajo un acuerdo de sociedad donde yo asumiría una tercera parte del costo y él las otras dos.
Al inicio todo parecía normal. Pero con el tiempo empezó a aparecer algo extraño. Mientras por un lado hablábamos de radios, espiritualidad y proyectos, por otro lado él comenzó a atacarme constantemente en Facebook por temas políticos. Y no hablo de diferencias sanas de opinión. Hablo de comentarios agresivos, ofensivos y obsesivos alrededor de publicaciones políticas que yo hacía. En varias ocasiones le pedí que no habláramos de política para proteger la amistad y también el proyecto que habíamos construido juntos. Porque una cosa es pensar distinto y otra muy distinta convertir la política en una necesidad permanente de confrontación.
Pero no se detuvo.
Lo bloqueé en Facebook y le pedí que habláramos únicamente de negocios por WhatsApp. Entonces los ataques políticos pasaron a WhatsApp. Mientras seguíamos siendo socios, seguía también la agresión constante. Y aun así yo intentaba sostener la relación, porque romperla implicaba también poner en riesgo la radio de Apacigua. Y honestamente, estaba dispuesto a soportar bastante con tal de que Costa Rica tuviera ese proyecto funcionando.
Después vinieron otros problemas. El acuerdo económico dejó de cumplirse y empezaron a acumularse meses sin pago. Pero ni siquiera eso fue lo más grave. Porque una deuda puede hablarse, negociarse o esperar. El verdadero problema apareció cuando alguien en quien decidiste confiar empieza a cruzar límites mucho más profundos.
Días antes me había pedido la contraseña de la cuenta de streaming para realizar algunos ajustes técnicos. Él era quien más conocía sobre ese tipo de sistemas y, al ser mi socio, decidí dársela. Lo que ocurrió después fue algo que honestamente jamás esperé de alguien que se presentaba como espiritual, correcto y guiado por principios cristianos.
Entró a la cuenta y cambió absolutamente todos los datos del perfil: nombre, correo electrónico, teléfono, dirección y acceso general. Intentó dejar el sistema completamente bajo su control, mientras la tarjeta de crédito que pagaba el servicio seguía siendo la mía. Incluso modificó la contraseña para impedirme entrar nuevamente. Básicamente estaba intentando quedarse con las emisoras, la infraestructura y el servicio completo bajo una cuenta pagada por mí.
Por suerte, el sistema de streaming detectó movimientos extraños. El cambio de correo electrónico no fue aprobado automáticamente y mi sistema de seguridad financiera reportó un posible intento de fraude. Ahí fue donde descubrí todo.
Y honestamente, creo que lo más duro no fue el intento de fraude en sí.
Fue la desilusión.
Porque hay algo particularmente doloroso cuando quien rompe tu confianza no parece encajar en el perfil de alguien capaz de hacer daño. Cuando la persona habla de Dios, de conciencia, de espiritualidad, de valores y de humanidad… pero termina actuando exactamente al revés de todo aquello que decía representar.
Por supuesto, tomé medidas. Recuperé el control de la cuenta, hice capturas de pantalla, presenté las denuncias correspondientes y trasladé completamente el sistema de radio hacia mis propios servidores. Hoy todo funciona directamente desde mi oficina: el streaming, las carátulas, las transmisiones, las canciones y toda la infraestructura técnica. Blindado. Protegido. Inviolable.
Pero después de resolver la parte técnica, quedó una pregunta mucho más humana.
¿Está uno verdaderamente protegido de personas así?
Y honestamente creo que la respuesta es no.
Nunca completamente.
Porque el ser humano siempre tendrá la capacidad de decepcionarte. Siempre existirá alguien capaz de fingir sensibilidad, honestidad o espiritualidad mientras esconde otra cara detrás. Pero también creo algo más importante: no pienso vivir desconfiando de todo el mundo por culpa de una experiencia así.
Sí, sigo creyendo en la gente.
Y no creo que confíe demasiado. Creo que confío lo necesario para seguir siendo humano.
Porque si mañana aparece otra persona con quien construir algo valioso, probablemente volveré a hacerlo. Con más cuidado, claro. Con más experiencia. Con mejores sistemas de protección. Pero no desde el miedo.
Porque hay algo todavía más triste que ser traicionado.
Y es permitir que la traición te convierta en alguien incapaz de volver a creer en las personas.