Comunicador

Por Vinicio Jarquín
14 de julio de 2026
Le pedí una entrevista a Bryan Herrera y, con la amabilidad que lo caracteriza, aceptó de inmediato.
Nos reunimos una media mañana en el Bosque de la Hoja, en Heredia. Escogió un rincón tranquilo, rodeado de árboles, lejos del bullicio. A nuestro alrededor pasaban algunas familias recorriendo los senderos, mientras el viento movía las hojas y el canto de las aves se mezclaba con las conversaciones lejanas de quienes disfrutaban del lugar. Bryan llegó con dos cosas que, según me diría más tarde, nunca faltan cuando necesita pensar: un buen café y una libreta. El café, casi como un ritual para ordenar las ideas. La libreta, para no dejar escapar ninguna de ellas.
—Este es uno de mis lugares favoritos —me dijo mientras observaba el bosque—. Aquí puedo respirar, pensar y sentir que el tiempo camina más despacio. Me recuerda que no todo tiene que resolverse de inmediato.
No tardé en comprender por qué había elegido ese sitio. Para Bryan, el bosque no es solamente un paisaje agradable; es una pausa necesaria. Un espacio para desconectarse de la inmediatez, recuperar la calma y cuidar la paz mental antes de volver al ruido cotidiano. Sin embargo, sonrió y añadió que la próxima conversación tendría que ser muy distinta. En una cafetería, cerca de una ventana, en el centro de San José, en San Pedro o, mejor aún, en su favorita de San Isidro de El General. Allí, en lugar del silencio del bosque, nos acompañarían el sonido de la máquina de espresso, el tránsito, las conversaciones de otras mesas y el ir y venir de las personas.
—En el bosque encuentro silencio —me dijo—. En la ciudad encuentro preguntas.
Le gusta observar a quienes pasan frente a la ventana e imaginar de dónde vienen, hacia dónde van, cuál será su historia y qué realidad les toca enfrentar. Con esa imagen comenzamos la conversación.
Después de unos minutos hablando del lugar, decidí dejar de mirar el bosque y comenzar a mirar a la persona. Muchos conocen a Bryan Herrera por sus publicaciones, por sus análisis y por su forma de explicar la actualidad nacional. Pero detrás de esa voz crítica hay alguien que, cuando cierra la computadora, intenta volver a ser simplemente Bryan.
Le pregunté quién era cuando terminaba la jornada.
Me respondió que es una persona profundamente preocupada por el país. Que procura mantenerse informado constantemente y que, aunque quisiera, no siempre resulta fácil dejar al periodista en la oficina. La actualidad sigue rondándole la cabeza incluso cuando la pantalla ya está apagada. Sin embargo, sonrió al aclarar que no toda su vida gira alrededor de la política. Antes de consolidarse en el periodismo, ha dedicado cerca de veintitrés años al diseño gráfico. Ese lado creativo sigue muy vivo y aparece con frecuencia cuando baja la intensidad de las noticias.
Entonces mencionó algo que me pareció revelador.
Cuando termina el día le gusta escuchar música, leer un poco y cocinar. No lo dijo como quien enumera pasatiempos, sino como quien describe pequeños rituales para volver a encontrarse consigo mismo. Cocinar, me explicó, le obliga a concentrarse en algo concreto, a bajar el ritmo y a recordar que la vida también ocurre lejos de los titulares, de las discusiones políticas y de las noticias de última hora.
Quise saber entonces cómo lo describiría alguien que ha caminado a su lado durante muchos años.
Bryan no tardó mucho en responder.
—Probablemente diría que soy una persona directa, observadora y leal.
No dio la impresión de ser una respuesta preparada. Más bien sonó como la conclusión a la que llega alguien que ya aprendió a convivir con su propia personalidad. Me confesó que hace tiempo dejó de intentar caerle bien a todo el mundo. Está acostumbrado a hacer preguntas incómodas, señalar aquello que considera incorrecto y expresar opiniones que muchas veces no son bien recibidas. Sabe que esa forma de ser le ha costado algunas relaciones y que no todos logran comprender sus intenciones.
Pero inmediatamente hizo una diferencia importante. Quienes realmente forman parte de su círculo cercano conocen a otra persona. Al amigo que escucha, que celebra los logros ajenos, que acompaña en los momentos difíciles y que disfruta sentarse a compartir un café sin necesidad de hablar de política.
Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que Bryan no mide la amistad por la cantidad de personas que lo rodean, sino por la profundidad de los vínculos. No necesita muchos. Le basta con que sean auténticos.
Entonces le hice una pregunta que muy pocas veces aparece en una publicación.
¿Qué parte de Bryan Herrera nunca vemos?
Guardó silencio unos segundos antes de responder. Me habló de un niño que usaba zapatos ortopédicos y anteojos. Un niño que sufrió bullying y que muchas veces sintió que veía el mundo de una forma distinta a la de los demás. Con los años llegó una respuesta que le permitió comprender muchas de aquellas experiencias: descubrió que forma parte del espectro autista.
Lejos de vivirlo como una etiqueta, lo describe como una explicación. Una pieza que le permitió entender mejor su infancia, su forma de relacionarse con las personas y esa necesidad casi permanente de analizar las cosas con profundidad. Mientras hablaba, no percibí rastro de victimismo. Más bien encontré serenidad.
Me dijo que aquel niño sigue viviendo dentro de él. Que todavía existe ese impulso de querer decir las cosas con total franqueza, de señalar lo que considera verdadero sin detenerse demasiado a pensar en las consecuencias. La diferencia, explicó, es que el tiempo le enseñó a transformar ese impulso. Hoy procura que sus verdades no viajen solamente acompañadas por la emoción, sino también por argumentos, datos y responsabilidad.
Después de conocer esa parte de su historia, quise entender otra decisión que también llama la atención. Bryan escribe para miles de personas, pero él mismo permanece, en buena medida, fuera del foco.
Le pregunté si eso había ocurrido de forma natural o si era una decisión consciente.
Me contó que durante muchos años trabajó detrás de escena. En diferentes espacios de la política fue asesor, analista y estratega. Prefería ayudar a construir decisiones antes que convertirse en la persona que aparecía frente a las cámaras. Así transcurrió buena parte de su vida profesional, hasta que alguien le hizo una observación que terminaría cambiando el rumbo.
Una asesora en recursos humanos le dijo que también debía aprender a contar sus propias historias y asumir un lugar más visible. Aquella idea quedó dando vueltas en su cabeza. Fue entonces cuando decidió abrirse espacio en las redes sociales. Al principio no tenía claro qué quería compartir. Dudó entre hablar de su experiencia profesional, mostrar aspectos de su vida o combinar ambos mundos. Poco a poco, la realidad política del país terminó marcando el camino.
Descubrió que podía aportar contexto, explicar temas complejos y ofrecer información sustentada en datos. Sin embargo, aún hoy mantiene un límite muy claro. No busca convertirse en el protagonista de sus publicaciones. Prefiere que la atención permanezca donde, según él, siempre debe estar: en la información.
Esa decisión me llevó a hacerle una pregunta más.
¿Qué se gana y qué se pierde cuando una persona decide comunicar más desde las ideas que desde su propia imagen?
Bryan sonrió. Me dijo que, para empezar, se ahorra una buena cantidad de tiempo. No tiene que preocuparse por la iluminación, las cámaras, los encuadres o la edición de video. Puede concentrar sus esfuerzos en investigar, analizar y escribir. Pero reconoce que también existe una desventaja. Muchas personas leen sus publicaciones, escuchan sus análisis o comparten sus textos sin tener la menor idea de cómo luce quien los escribió.
Aunque, pensándolo mejor, cree que eso también termina siendo una ventaja. Le permite caminar con tranquilidad, observar a las personas sin llamar la atención y seguir viviendo una vida relativamente discreta. No siente la necesidad de convertir su trabajo en un espectáculo ni de que su rostro ocupe el primer plano.
Mientras lo escuchaba, comprendí que esa discreción no nace de la timidez. Es una elección. Bryan parece convencido de que, al final, lo verdaderamente importante no es quién sostiene el micrófono, sino la solidez de las ideas que transmite. Para él, el protagonista nunca debería ser su imagen, sino la calidad de sus argumentos.
Antes de cambiar de tema, quise hacerle una última pregunta sobre su forma de comunicar.
Le pedí que imaginara algo difícil.
—Si mañana desapareciera tu nombre de todos tus artículos y publicaciones, ¿qué te gustaría que siguiera permitiendo reconocer que esos textos son tuyos?
Bryan no habló de un estilo literario. Tampoco mencionó una forma particular de escribir. Su respuesta fue mucho más profunda. Le gustaría que sus escritos fueran identificados por el rigor de los datos, por el análisis, por la crítica responsable y por el esfuerzo permanente de explicar aquello que otros prefieren pasar por alto. Para él, el periodismo tiene una responsabilidad que va mucho más allá de generar visitas o acumular seguidores. Debe cuestionar las decisiones mal tomadas, señalar las contradicciones del poder y sacar a la luz aquello que algunos intentan ocultar o minimizar. No para atacar por atacar, sino porque considera que esa es una obligación con la ciudadanía.
Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que estaba definiendo una frontera muy clara. Una cosa es un creador de contenido que construye su marca personal alrededor de su imagen. Otra muy distinta es un periodista que entiende que el verdadero protagonista siempre debe ser la información. Bryan parece haber tomado partido hace mucho tiempo. Si algún día su nombre desapareciera de cada uno de sus textos, le bastaría con que permaneciera intacto aquello que considera irrenunciable: el compromiso con la verdad, la verificación de los hechos y la responsabilidad de rendir cuentas a quienes lo leen.
Por un momento hicimos una pausa. El café ya estaba casi terminado. Una familia pasó caminando por el sendero y el viento volvió a mover las ramas sobre nosotros. Bryan siguió la escena con la mirada durante unos segundos, como si estuviera registrando cada detalle antes de volver a hablar.
Entonces entendí por qué siempre lleva una libreta. No parece ser solamente para anotar ideas. Es una forma de no dejar escapar aquello que otros pasan de largo.
Le pregunté cuándo había descubierto que escribir era, para él, una manera de entender el mundo.
Su respuesta no comenzó hablando de palabras, sino de pensamiento. Me explicó que antes de escribir necesita encontrar el ángulo correcto de una idea. Revisar datos, buscar respaldo, entender las causas, las consecuencias y el contexto. Solo después empieza a ordenar todo ese material hasta construir una visión más clara de la realidad. Para Bryan, escribir nunca ha sido simplemente llenar una página. Es poner orden donde antes solo existían hechos dispersos, preguntas y emociones.
La respuesta anterior me dejó con una curiosidad inevitable. Si escribir era su manera de poner orden en la realidad, quería saber dónde nacían exactamente esos textos que tantas personas leen.
Le pregunté cómo empieza uno de sus artículos.
Bryan sonrió, como quien sabe que no existe una única respuesta. Me explicó que cada texto tiene un origen distinto. Algunas veces nace de una noticia que no termina de convencerlo. Otras, de una conversación, de una contradicción, de una idea que escuchó al pasar o de una pregunta que simplemente se niega a desaparecer. Incluso hay artículos que comienzan durante una noche de desvelo, cuando la mente sigue trabajando mientras el resto del mundo duerme.
Pero, sin importar el punto de partida, el proceso termina pareciéndose siempre. Primero aparece la inquietud. Después llegan los datos, el contexto, la investigación y la revisión. Me llamó la atención una frase que dijo casi de paso. No le gusta comenzar con una conclusión ya decidida. Prefiere que sean los hechos los que vayan construyendo la posición.
Quizá por eso, más que escribir para confirmar lo que piensa, Bryan escribe para comprender mejor aquello que todavía se está preguntando.
Mientras lo escuchaba hablar de su forma de escribir, me pregunté si habría algún texto al que todavía regresara con especial cariño.
No tardó en encontrar la respuesta.
Recordó su primer artículo de opinión, cuando aún era estudiante de Periodismo. No fue un texto cómodo. Tampoco uno escrito para agradar. Nació para cuestionar una situación que se vivía dentro de la universidad. Me contó que algunos de sus compañeros llegaron a decirle que podía meterse en problemas e incluso ser expulsado por publicarlo. Pero ocurrió algo muy distinto.
Aquel artículo ayudó a visibilizar el problema y terminó contribuyendo a que una sede regional obtuviera un beneficio concreto. Mientras lo recordaba, no hablaba con orgullo por haber tenido razón. Lo hacía porque aquel episodio le dejó una enseñanza que todavía parece acompañarlo.
Comprendió que escribir no consiste únicamente en expresar inconformidades o desahogar opiniones. También puede convertirse en una herramienta para provocar cambios reales.
Quizá por eso, desde aquel primer artículo hasta los que publica hoy, Bryan sigue creyendo que las palabras tienen valor cuando logran hacer algo más que llenar una página. Cuando ayudan a comprender, a cuestionar y, de vez en cuando, a transformar una pequeña parte de la realidad.
Le pregunté entonces si había alguna persona que hubiera marcado especialmente su manera de escribir.
Pensó unos segundos antes de responder. Me dijo que le sería imposible mencionar un solo nombre. A lo largo de los años ha encontrado inspiración en personas muy distintas. Mencionó a Glenda Umaña, a la recordada Tatiana Lobo y a Jacques Sagot, entre otros. No porque piense exactamente como ellos ni porque pretenda escribir de la misma manera, sino porque admira a quienes son capaces de sostener una voz propia.
Mientras hablaba, entendí que lo que realmente valora no es el estilo de un autor, sino su capacidad para explicar con claridad, provocar reflexión, defender una posición con argumentos y hacerlo sin perder autenticidad. Más que copiar referentes, Bryan parece haber aprendido de cada uno aquello que consideró valioso para construir su propia forma de escribir.
Aquella respuesta me llevó naturalmente a la siguiente pregunta.
De todas las cosas que pueden preocupar a un escritor, ¿qué cuida más cuando escribe: la precisión, el estilo o el impacto?
Esta vez no necesitó pensar.
—La precisión.
La palabra salió con firmeza. Después vino la explicación. Me dijo que sin precisión el estilo termina siendo apenas un adorno, y que el impacto, si no está respaldado por los hechos, puede convertirse fácilmente en manipulación.
Entonces describió el trabajo que pocas personas alcanzan a ver detrás de una publicación. Antes de escribir sobre política suele tener abiertas la Constitución Política, distintos códigos, leyes, documentos y antecedentes históricos. Revisa competencias institucionales, compara versiones, busca contradicciones y trata de comprender el contexto completo antes de llegar a una conclusión.
Escuchándolo, comprendí que para Bryan escribir no consiste únicamente en redactar bien. Consiste, primero, en hacer el trabajo silencioso que nadie aplaude. Solo después vienen las palabras.
Hasta ese momento habíamos hablado del escritor, del periodista y del hombre que intenta comprender la realidad. Pero toda decisión tiene un precio.
Quise saber cuál había sido el suyo.
¿Qué había tenido que sacrificar para dedicar tantas horas a investigar, analizar y comunicar?
Bryan no habló de dinero, de reconocimiento ni de oportunidades perdidas. Habló de tiempo. Tiempo que podría invertir caminando por un sendero como aquel donde conversábamos. Tiempo para salir a tomar fotografías, para leer sin prisa o simplemente para disfrutar cualquiera de las actividades que le apasionan.
Mientras lo escuchaba, volví a mirar el bosque. Pensé que, probablemente, muchas de las mañanas que habría querido pasar allí terminaron convertidas en horas frente a una computadora, revisando documentos, comparando versiones, leyendo leyes o verificando datos.
Pero también me explicó por qué sigue haciéndolo. Porque está convencido de que la información es poder. No poder para dominar a otros, sino para que las personas comprendan mejor la realidad, desarrollen criterio y puedan tomar decisiones más conscientes.
Me dijo que el costo existe. Pero que también tendría un costo permanecer en silencio.
Aquella respuesta me llevó inevitablemente a otra pregunta.
Si el precio es tan alto, ¿alguna vez ha pensado en dejarlo todo?
Sonrió con una sinceridad que no parecía necesitar adornos.
—Muchas veces.
Me contó que su trabajo en redes sociales no es remunerado. Que detrás de cada publicación hay horas de investigación, lectura, revisión de documentos, escritura, corrección y, finalmente, la exposición pública. Porque publicar no termina cuando uno oprime el botón. Después llegan las críticas, los ataques, las interpretaciones apresuradas y, muchas veces, comentarios que poco tienen que ver con el contenido de lo escrito.
Cualquier persona entendería que, después de vivir eso durante años, aparezca la tentación de abandonar.
Entonces ocurre algo.
De vez en cuando recibe un mensaje. Alguien le escribe para decirle que comprendió un tema gracias a una publicación. Otra persona le agradece el esfuerzo por explicar asuntos complejos. Alguien más reconoce el profesionalismo con el que intenta abordar la información.
Esos mensajes, me confesó, tienen un peso mucho mayor del que la mayoría imagina. No porque alimenten el ego, sino porque le recuerdan el motivo por el que empezó.
Quise saber entonces si existía algún comentario que conservara con especial cariño.
Me respondió que son muchos. Hay lectores que lo acompañan prácticamente desde sus primeros días y que, aunque nunca los ha conocido personalmente, han terminado formando parte silenciosa de este camino.
Sin embargo, hubo una frase que recordó de inmediato.
Alguien le escribió para agradecerle que mantuviera una línea profesional. Podría parecer un comentario sencillo, pero para él tiene un significado enorme. Vivimos en una época donde muchas veces la velocidad importa más que la verificación, donde la opinión se presenta como si fuera un hecho y donde el contenido espectacular suele recibir más atención que el contenido riguroso. Por eso valora especialmente cuando alguien reconoce el esfuerzo de investigar antes de publicar.
Pero hubo otra frase que, según me dijo, todavía le produce satisfacción.
«No estaba de acuerdo con usted, pero me hizo pensar.»
Mientras pronunciaba esas palabras comprendí que, probablemente, ese sea el mayor elogio que puede recibir alguien que escribe para provocar reflexión y no simplemente para buscar aplausos. Sin embargo, todo ese trabajo también tiene otra cara. La menos visible.
Le pregunté si alguna vez le preocupaba que sus publicaciones pudieran tener consecuencias para él o para las personas que quiere.
Su expresión cambió ligeramente. Me dijo que esa preocupación siempre existe. Vivimos, explicó, en una época donde muchas personas reaccionan primero desde la emoción y solo después —si es que ocurre— intentan comprender el contexto. Las diferencias de criterio se convierten con facilidad en ataques personales y la discusión pública pierde espacio frente al enojo.
Considera que eso representa un riesgo no solamente para quienes comunican. También para la democracia. Porque una ciudadanía que deja de analizar y empieza a reaccionar únicamente desde la indignación se vuelve mucho más vulnerable a la manipulación, al miedo y a la desinformación.
Quizá por eso entiende que existe una frontera que no está dispuesto a cruzar. Puede ser firme en sus publicaciones, cuestionar decisiones y sostener posiciones críticas. Pero procura proteger su vida privada y la de las personas que ama. No por miedo, sino porque ha aprendido que defender las ideas nunca debería significar poner en riesgo a quienes no eligieron estar en el debate público.
Después de hablar del costo que implica vivir tan pendiente de la realidad del país, quise regresar a Bryan. Al ser humano. Al hombre que existe cuando la política deja de ocupar el primer plano.
Le pregunté qué cosas logran hacerlo reír de verdad. Sonrió.
Me dijo que disfruta el sarcasmo inteligente. Esa ironía bien construida que logra desnudar una contradicción sin necesidad de humillar a nadie. Ese tipo de humor que obliga a pensar antes de provocar la risa.
Pero, casi de inmediato, llevó la conversación hacia otro lugar. Me confesó que, más que perseguir momentos de risa, procura construir momentos de felicidad. Y la felicidad, para él, rara vez aparece en los grandes acontecimientos. Se esconde en cosas pequeñas: en un buen café preparado con calma, en una conversación sincera, en una comida hecha por sus propias manos, en una caminata, en una canción, en esos instantes sencillos que permiten olvidarse, aunque sea por un rato, del ruido permanente de la actualidad.
También me llamó la atención otra fuente de alegría que mencionó. Disfruta profundamente celebrar los logros de otras personas. Lo dijo con una naturalidad que no siempre es frecuente. En una época donde pareciera que el éxito ajeno despierta más envidia que admiración, Bryan encuentra satisfacción viendo crecer a quienes lo rodean. Sigue creyendo que nunca es tarde para empezar de nuevo y que, incluso en los momentos difíciles, vale la pena intentar hacer las cosas de la mejor manera posible.
Después quise saber qué logra conmoverlo. Esta vez no hubo pausa. La injusticia social.
Pronunció esas palabras con la misma firmeza con la que antes había hablado de la precisión y la honestidad. Me explicó que le preocupa profundamente cuando las personas terminan convertidas en simples estadísticas. Cuando, en nombre de la eficiencia o de los números, se olvidan las historias humanas que existen detrás de cada decisión pública.
Habló de quienes nacen en contextos donde todo cuesta más. De quienes tienen menos oportunidades desde el principio. De las familias que dependen de una beca, de un centro educativo de calidad o de un sistema de salud que funcione. Mientras lo escuchaba, comprendí que esa preocupación no nace únicamente del periodista. También nace del ciudadano.
Por eso defiende con tanta convicción la educación pública, la salud y las políticas que permiten abrir oportunidades para quienes parten desde lugares más difíciles. Y añadió una reflexión que terminó de explicar muchas de sus publicaciones. Los recursos públicos, dijo, nunca deberían utilizarse para premiar simpatías políticas ni para castigar diferencias ideológicas. No pertenecen al gobierno de turno. Pertenecen a todos los costarricenses. Y precisamente por eso considera que deben vigilarse, fiscalizarse y documentarse con el mismo rigor con el que él intenta escribir cada uno de sus artículos.
En ese momento recordé algo que él mismo había mencionado al inicio de nuestra conversación. Había hablado de un año sabático.
Quise saber cómo se vive un año sabático cuando la curiosidad parece no tomarse vacaciones.
Bryan soltó una pequeña sonrisa. Me explicó que, lejos de convertirse en un tiempo para detenerse, este año ha sido uno de los más activos de su vida. Decidió aprovecharlo para aprender. Se formó como barista, volvió a las aulas para estudiar Comunicación y Mercadeo Digital, continuó escribiendo en redes sociales y empezó a explorar con mayor intensidad el mundo del contenido en video.
Mientras enumeraba todo lo que ha hecho, me quedó claro que para él un año sabático no significa dejar de avanzar. Significa avanzar en otra dirección, con más libertad, con menos obligaciones y con más espacio para descubrir nuevos intereses.
Le pregunté entonces qué había aprendido de sí mismo durante esta etapa.
La respuesta fue sencilla, pero cargada de sentido. Descubrió que nunca es tarde para hacer aquello que realmente se quiere hacer. Que siempre existe la posibilidad de volver a empezar. Que todavía quedan cosas por aprender, personas por conocer y caminos por recorrer. También me habló de la gente que ha encontrado durante este proceso. Personas nuevas, con experiencias distintas, que le han aportado ideas, perspectivas y una energía renovada.
Mientras lo escuchaba, pensé que muy pocas personas utilizan un alto en el camino para reinventarse. La mayoría simplemente descansa. Bryan, en cambio, parece haber utilizado esa pausa para prepararse para la siguiente etapa de su vida. Y, por la forma en que lo decía, tuve la impresión de que ese nuevo comienzo apenas está empezando.
Después de hablar de proyectos, estudios y nuevos comienzos, sentí la necesidad de volver a Bryan. No al periodista. No al analista. No al hombre que dedica tantas horas a explicar la realidad nacional. Quería encontrar a la persona que existe cuando nadie espera nada de él.
Le pregunté qué hace cuando puede olvidarse, aunque sea por un momento, de las responsabilidades. No necesitó pensarlo demasiado.
Me habló de los senderos. De salir con su cámara en la mano y caminar sin un destino urgente, buscando esos pequeños detalles que la mayoría de las personas pasan por alto. Una hoja, una textura, una luz diferente, un rincón que merece ser observado. Mientras lo describía, recordé el bosque donde nos encontrábamos. Comprendí que probablemente no lo recorría únicamente para descansar. También lo recorría para mirar.
Después volvió a aparecer la cocina. No como una obligación doméstica, sino como un espacio de calma. Cocinar lo obliga a permanecer en el presente, a concentrarse en un proceso, a dejar que el tiempo transcurra sin la presión constante de tener que analizar, responder o explicar.
Y, por supuesto, volvió a mencionar el café. Preparar un buen café, escuchar música y disfrutar la tranquilidad son pequeñas ceremonias que parecen devolverlo al equilibrio.
Me dio la impresión de que Bryan ha aprendido algo que muchas personas olvidan. No siempre se descansa haciendo menos. A veces se descansa haciendo algo completamente distinto. La conversación fue tomando un tono más íntimo.
Quise saber entonces cuál era ese valor que procura defender todos los días, aun cuando nadie lo esté observando.
Su respuesta llegó con la misma claridad con la que antes había hablado de la precisión. La honestidad.
No como una palabra bonita para colocar en un discurso, sino como una forma de vivir. Me explicó que, a lo largo de los años, ha estado cerca de diferentes campañas políticas y ha conocido personas muy distintas. Ha visto dirigentes verdaderamente comprometidos con sus comunidades, pero también personas seducidas por el poder, el dinero, la influencia o el prestigio.
Esa experiencia le dejó una convicción muy fuerte. Los ciudadanos deben aprender a distinguir unas de otras. Pero no por lo que dicen, ni por la intensidad con que hablan, ni por la cantidad de seguidores que acumulan, sino por su trabajo, por las soluciones que proponen, por los resultados que son capaces de demostrar y, sobre todo, por su disposición a rendir cuentas.
Entonces pronunció una frase que, de alguna manera, resume buena parte de su manera de entender la vida.
La honestidad no se demuestra diciendo que uno es honesto. Se demuestra cuando llega el momento de ejercer el poder.
Me pareció una reflexión que iba mucho más allá de la política. Es una idea que también puede aplicarse a una empresa, a una familia, a una organización o a cualquier espacio donde alguien tenga la posibilidad de decidir sobre los demás.
Antes de terminar este bloque de la conversación, le pedí que hablara de sí mismo con la misma honestidad con la que acostumbra hablar del país.
¿Qué defecto había aprendido a aceptar?
Sonrió con cierta complicidad.
Me confesó que durante muchos años sintió la necesidad de que todo saliera de la mejor manera posible. Quería supervisarlo todo. Controlarlo todo. Resolverlo todo. Con el paso del tiempo descubrió que esa forma de vivir terminaba convirtiéndose en una carga demasiado pesada.
Aprendió a escuchar más, a confiar en otras personas, a delegar, a reconocer el buen trabajo ajeno y, quizá lo más difícil de todo, a aceptar que las cosas no siempre ocurrirán exactamente como uno las imaginó.
Mientras hablaba, tuve la sensación de que no estaba renunciando a la excelencia. Simplemente había dejado de confundir la excelencia con la perfección. Porque entendió que perseguir la perfección puede inmovilizar, desgastar a quienes trabajan con uno e incluso impedir que los proyectos avancen.
Al final, más que una confesión sobre un defecto, aquella respuesta sonó como una lección de madurez. La de alguien que sigue siendo exigente consigo mismo, pero que ya no necesita controlar cada detalle para sentirse en paz.
Después de recorrer buena parte de su historia personal, sentí que era momento de volver al lugar donde, de alguna manera, todo converge. Costa Rica.
Quise conocer no tanto su posición frente a la coyuntura política, que ya muchos conocen, sino el país que imagina cuando piensa en el futuro.
Bryan no habló de un país perfecto. Tampoco describió una utopía. Habló de una Costa Rica con instituciones fuertes. De un país donde la educación vuelva a ocupar el lugar que históricamente tuvo como motor del desarrollo y donde la salud pública pueda combinar eficiencia, sostenibilidad y un trato profundamente humano.
Pero hubo algo que mencionó y que me pareció especialmente significativo. Sueña con un país donde todas las voces puedan ser escuchadas, incluso aquellas que incomodan. Me explicó que una democracia no se fortalece cuando todos piensan igual, sino cuando existen contrapesos capaces de cuestionar al poder sin ser vistos como enemigos. Por eso considera que una oposición seria y responsable no representa un obstáculo para un gobierno. Representa una garantía para la democracia.
También habló de algo mucho más cotidiano. Del deseo de salir de casa sin que la inseguridad forme parte del itinerario. De poder caminar con tranquilidad. De vivir en un país donde el miedo no termine organizando la vida de las personas. Mientras lo escuchaba comprendí que, más que grandes discursos, lo que Bryan desea son instituciones que funcionen y ciudadanos que puedan vivir con dignidad.
Antes de pasar a otro tema le hice una última pregunta. Con todo lo que observa cada día, con todas las noticias que analiza y con todas las preocupaciones que carga sobre los hombros, ¿qué es lo que todavía le da esperanza?
Su respuesta no fue ingenua. No me dijo que cree que las cosas se resolverán solas. Ni que el futuro necesariamente será mejor. Me dijo que sigue siendo un soñador. Un idealista. Que la esperanza, para él, nace de tener metas claras y continuar trabajando por ellas, incluso cuando el panorama parece complicado.
Pero después aparecieron quienes, quizás sin saberlo, sostienen buena parte de esa esperanza. Sus sobrinos.
Quiere que crezcan en una Costa Rica mejor que la actual. Que aprendan a pensar con criterio propio, que defiendan sus sueños y que nunca crean que la política es un asunto reservado para otros. Mientras pronunciaba esas palabras, entendí que su esperanza no está puesta únicamente en los gobiernos ni en las instituciones. Está puesta en las personas, en la capacidad que todavía tenemos de involucrarnos, de participar y de cambiar aquello que consideramos injusto. Porque, como él mismo terminó diciéndome, la esperanza no consiste en esperar que todo salga bien. Consiste en decidir que todavía vale la pena hacer algo para que las cosas mejoren.
Antes de acercarnos al final de la conversación, quise hacerle una pregunta que, en tiempos tan polarizados, dice mucho más sobre una persona que sobre la figura a la que menciona.
Le pregunté si existía alguien a quien admirara profundamente por su integridad, aun cuando no compartiera todas sus ideas.
Bryan volvió a tomarse unos segundos. Me dijo que había varias personas. La primera que mencionó fue el expresidente Óscar Arias Sánchez. Reconoció que para muchos esa respuesta podría resultar previsible, pero quiso hacer una distinción importante. Admirar a alguien, explicó, no significa estar de acuerdo con cada una de sus decisiones. En su caso, lo que reconoce es el peso histórico de Arias, su capacidad intelectual, su habilidad política y la influencia internacional que llegó a ejercer desde Costa Rica.
Después mencionó a Elizabeth Odio Benito. Habló de ella con un profundo respeto por su formación académica, su trayectoria jurídica y su solidez intelectual. Incluso comentó que considera que el país habría ganado mucho si hubiera llegado a ocupar la Presidencia de la República.
Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que Bryan no mide a las personas únicamente por el lugar que ocupan en el debate político. También las observa por la consistencia de su trayectoria.
Pero, curiosamente, la conversación terminó alejándose de las figuras conocidas. Me dijo que una parte muy importante de su admiración está reservada para personas cuyos nombres casi nunca aparecen en los periódicos. Los dirigentes comunales. Quienes participan durante años en asociaciones de desarrollo, organizan actividades para sus comunidades, gestionan proyectos y dedican incontables horas al bienestar de sus vecinos sin esperar fama, poder ni beneficios personales.
Aquella respuesta terminó siendo mucho más reveladora de lo que imaginé. Porque, en el fondo, no estaba hablándome únicamente de las personas que admira. También estaba describiendo el tipo de liderazgo que él mismo considera valioso. Uno que no necesita reflectores para dejar huella.
Antes de pasar a la siguiente pregunta, me quedé pensando en una frase que, aunque no pronunció literalmente, parecía resumir toda su respuesta: las formas más grandes de integridad no siempre ocupan los cargos más altos. Muchas veces trabajan en silencio, lejos de las cámaras y de los titulares.
Casi sin darnos cuenta, el café se había terminado. El bosque seguía ahí, con la misma calma con la que nos había recibido unas horas antes. Las personas continuaban recorriendo los senderos, el viento seguía moviendo las hojas y, por un instante, ninguno de los dos dijo nada.
Habíamos hablado de política, de periodismo, de infancia, de sacrificios, de ideales, de café, de fotografía, de honestidad y de Costa Rica. Era una de esas conversaciones que dejan la sensación de haber conocido un poco mejor a la persona que está detrás del personaje público.
Entonces le hice una pregunta pensando no en el presente, sino en el futuro. Le pedí que imaginara que, dentro de diez años, alguien encontrara este mismo artículo y lo leyera por primera vez.
¿Qué le gustaría que esa persona descubriera sobre Bryan Herrera?
Su respuesta no tuvo nada de grandilocuente. No habló de reconocimiento. No habló de influencia. Ni siquiera habló de tener razón. Me dijo que le gustaría que ese lector encontrara algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conseguir: que detrás de cada publicación hubiera información, contexto y un esfuerzo honesto por trabajar con datos. Que, aun cuando el tiempo hubiera pasado y muchas de las circunstancias hubieran cambiado, esos textos siguieran invitando a pensar, a cuestionar las versiones fáciles de la realidad y a buscar respuestas por cuenta propia.
Hubo una frase que me pareció especialmente reveladora.
«No espero que cada artículo conserve todas sus respuestas. Me basta con que conserve buenas preguntas.»
Mientras la decía, tuve la impresión de que estaba definiendo su verdadera misión como comunicador. No convencer. No imponer. No ganar discusiones. Sino despertar la curiosidad suficiente para que cada persona siga investigando por sí misma.
Antes de despedirnos, quise pedirle una última reflexión para quienes, todos los días, leen sus publicaciones. No buscaba un consejo político. Buscaba una idea capaz de sobrevivir al paso del tiempo.
Bryan respiró hondo antes de responder. Les diría que cuestionen todo. Que investiguen. Que desarrollen pensamiento crítico.
Y añadió algo que, probablemente, resume mejor que cualquier otra cosa la forma en que entiende el periodismo. Les pediría incluso que no me crean a mí solamente porque algo esté bien escrito o porque coincida con lo que ya pensaban. Que lean otras fuentes. Que comparen datos. Que construyan sus propias conclusiones.
Escuchar esas palabras resultó, en cierto modo, inesperado. Vivimos en una época donde muchas personas luchan por conseguir seguidores incondicionales. Bryan, en cambio, parece sentirse más cómodo rodeado de lectores que estén dispuestos a cuestionarlo. Quizá porque entiende que el pensamiento crítico empieza precisamente ahí, en el momento en que uno deja de aceptar una idea por la autoridad de quien la pronuncia y comienza a examinarla por la solidez de sus argumentos.
Nos levantamos de las sillas, recogimos las tazas vacías y emprendimos el camino de regreso. Mientras caminábamos entre los árboles, pensé que aquella entrevista nunca había sido únicamente sobre Bryan Herrera. También había sido una conversación sobre la responsabilidad de pensar antes de opinar, de verificar antes de compartir y de conservar una curiosidad que, en tiempos de tanta prisa, parece cada vez más escasa.
Ya nos habíamos levantado para regresar. El sendero nos obligaba a caminar despacio, casi al mismo ritmo con el que había transcurrido toda la conversación.
Pero antes de despedirnos, recordé la última pregunta del cuestionario. No era una pregunta mía. Era una pregunta que él mismo debía hacerse.
Le sonreí y le dije que termináramos de una manera diferente.
—¿Cuál es la pregunta que siempre esperaste que alguien te hiciera y nunca llegó?
Bryan guardó silencio. No fue un silencio incómodo. Fue el de alguien que, por primera vez en toda la entrevista, no buscaba una respuesta para los demás, sino para sí mismo. Finalmente respondió.
—¿Qué hay detrás de esa necesidad de explicar, cuestionar y señalar lo que está mal?
Era, probablemente, la pregunta que había recorrido toda nuestra conversación sin que yo lo supiera.
Su respuesta no buscó una sola explicación. Me dijo que detrás de todo eso conviven muchas versiones de él mismo. Está aquel niño que durante años sintió que veía el mundo de una manera distinta y necesitaba entender por qué las cosas funcionaban como funcionaban. Está el diseñador gráfico que aprendió que nada importante debería existir sin una razón de ser y que incluso la forma de presentar una idea también comunica. Está el periodista que descubrió que los datos, cuando se trabajan con rigor, pueden ayudar a poner orden en medio del ruido. Y está, finalmente, el ciudadano. Ese ciudadano que no quiere resignarse a observar cómo las instituciones se debilitan, cómo algunas injusticias terminan normalizándose o cómo el miedo y la desinformación pueden utilizarse para manipular a las personas.
Mientras hablaba, tuve la impresión de que todas esas facetas no competían entre sí. Se complementaban. Tal vez por eso sus publicaciones mezclan datos con contexto, análisis con preguntas y firmeza con una evidente preocupación por el país.
Entonces pronunció una frase que, a mi juicio, resume mejor que cualquier otra el sentido de su trabajo.
No escribe porque crea tener todas las respuestas. Escribe porque se niega a dejar de hacer preguntas.
Después añadió algo más. Detrás de cada publicación hay dudas, cansancio, experiencias personales, muchas horas de trabajo y una preocupación genuina por Costa Rica. Y concluyó diciendo que sigue escribiendo porque todavía le importa. Le importa la gente. Le importa la democracia. Le importa el país que algún día recibirán quienes vienen detrás. Mientras exista esa preocupación, siente que todavía tendrá algo que decir.
Regresé del Bosque de la Hoja con la sensación de haber conversado con alguien que no pretende convertirse en protagonista de la noticia, sino ayudar a comprenderla. Durante varias horas conocí al periodista, al diseñador, al fotógrafo, al amante del café, al hombre que encuentra paz caminando entre árboles y al ciudadano que sigue creyendo que la democracia necesita personas dispuestas a pensar.
No sé si todos compartirán sus posiciones o sus análisis. Probablemente no. Él mismo diría que eso forma parte de una sociedad sana. Pero sí me quedó una certeza.
Detrás de Bryan Herrera hay una persona que ha decidido dedicar buena parte de su vida a hacerse preguntas difíciles, aun sabiendo que muchas veces las respuestas incomodan. Y quizá esa sea la mejor manera de resumir esta conversación.
Porque, al final, más que entrevistar a un periodista, tuve la oportunidad de caminar unas horas junto a un ciudadano que todavía cree que pensar sigue siendo un acto de responsabilidad.