
Si tú votaste por Laura Fernández y hoy escuchas hablar de un posible plan fiscal, de nuevos impuestos o de medidas económicas difíciles, quiero decirte algo que tal vez nadie te ha dicho con suficiente claridad: no es tu culpa. Tampoco creo que sea culpa de Laura Fernández. Según diversos economistas, analistas y observadores de la realidad nacional, el nuevo gobierno habría recibido una situación económica más compleja de lo que muchos ciudadanos imaginaban. Si esas valoraciones son correctas, la responsabilidad de los problemas actuales no puede recaer sobre una administración que apenas comienza a enfrentar las consecuencias de decisiones tomadas durante los últimos años.
Los problemas fiscales no aparecen de la noche a la mañana. No nacen en cien días ni se construyen en unos cuantos meses. Son el resultado de políticas públicas, prioridades de gobierno, decisiones administrativas y manejo económico acumulado a lo largo del tiempo. Por eso resulta difícil sostener que un eventual plan fiscal sea responsabilidad de Laura Fernández. Si el país necesita ajustes, si necesita corregir números, equilibrar sus finanzas o tomar medidas impopulares para garantizar su estabilidad, la causa debe buscarse en quienes tuvieron la responsabilidad de administrar el Estado durante el período en que esa situación se produjo.
Muchas personas que votaron por Laura Fernández lo hicieron porque deseaban continuidad. Creían que el gobierno anterior había realizado una buena labor y que el país debía seguir por el mismo camino. Esa decisión fue legítima. Así funciona la democracia. Sin embargo, si los expertos que hoy analizan las finanzas públicas tienen razón, entonces ocurre una paradoja interesante: precisamente aquello que muchos votantes deseaban continuar podría ser lo que ahora obliga al país a discutir nuevos impuestos o un nuevo plan fiscal. Dicho de otra manera, si la situación económica actual es consecuencia de la gestión anterior, la responsabilidad política no recaería sobre quien recibe el problema, sino sobre quien lo dejó.
Por eso no deberías arrepentirte de haber votado por Laura Fernández. Si tú votaste por ella porque creíste en su liderazgo, en su capacidad o en su proyecto político, eso es una cosa. Otra muy distinta es atribuirle la responsabilidad de una situación que, según numerosos análisis, ya venía formándose antes de que asumiera el poder. La existencia de problemas económicos no demuestra automáticamente que la nueva administración haya fallado. En muchos casos, lo que demuestra es que la nueva administración debe enfrentar problemas que ya estaban presentes cuando llegó.
Hay, sin embargo, un detalle que vuelve toda esta discusión particularmente interesante. Si los economistas, analistas y especialistas que señalan al gobierno anterior como principal responsable del deterioro de las finanzas públicas tienen razón, entonces nos encontramos frente a una paradoja política poco común. La persona que hoy tendría una participación importante en la búsqueda de soluciones sería precisamente el expresidente Rodrigo Chaves, quien encabezó el gobierno al que muchos de esos mismos analistas atribuyen una parte importante de la responsabilidad por la situación actual. No estamos hablando de un funcionario secundario ni de un jerarca aislado. Estamos hablando de quien ocupó la máxima responsabilidad política del país durante los últimos cuatro años.
Debo reconocer que esa situación me genera dudas. No porque cuestione el derecho de la presidenta a escoger a las personas que considera adecuadas para integrar su equipo de gobierno, sino porque me resulta difícil ignorar la aparente contradicción. Si los diagnósticos que hoy escuchamos son correctos y si efectivamente buena parte de los problemas fiscales actuales se originaron o agravaron durante la administración anterior, entonces es legítimo preguntarse si la mejor decisión era confiar parte de la solución precisamente a quien dirigió el país durante ese período. Es una inquietud válida y una discusión que probablemente merezca un análisis propio.
Sin embargo, más allá de esa duda, quiero regresar al punto central de este artículo. Puedo tener reservas sobre algunos nombramientos. Puedo preguntarme si determinadas decisiones fueron las más acertadas. Puedo incluso discrepar de algunas acciones que tome la nueva administración. Pero nada de eso cambia lo que considero la idea fundamental de esta reflexión. Si los análisis de economistas, especialistas y observadores son correctos, la crisis económica que hoy enfrenta Costa Rica y la eventual necesidad de un plan fiscal no son responsabilidad del gobierno de Laura Fernández. Podrán discutirse las soluciones. Podrán discutirse los nombres. Podrán discutirse las estrategias. Pero el origen del problema es otra cosa.
Y como dije al principio, hay algunas dudas con respecto a si doña Laura tomó la mejor decisión al nombrar al expresidente como ministro de Hacienda. Esa duda existe y me parece legítimo expresarla. Sin embargo, también reitero lo que planteé desde el inicio: si las evaluaciones de quienes conocen el tema son correctas, la crisis económica que vive el país y el posible plan fiscal que eventualmente tenga que implementarse no son responsabilidad del gobierno de Laura Fernández. La responsabilidad correspondería a quienes tuvieron en sus manos la conducción del país durante los últimos cuatro años. Por eso, si tú votaste por ella, no deberías asumir culpas que no te corresponden ni concluir automáticamente que te equivocaste. Porque una cosa es recibir un problema y otra muy distinta es haberlo creado.