La culpa de disfrutar lo material

Durante mucho tiempo, ya en la vida adulta, nos han repetido una idea que suena muy bonita, pero que está llena de contradicciones. Nos han hecho creer que lo material es malo, que no deberíamos desearlo, que lo importante es “lo no material”, “lo espiritual”, “lo esencial”. Y todo lo que tenga que ver con dinero, cosas, objetos o comodidades, pareciera que hay que mirarlo con recelo, casi con culpa. Yo, sinceramente, creo que eso es una tontería.

Porque pensemos un momento en nuestra historia. De niños, nuestros padres nos regalan cosas. Juguetes, ropa, bicicletas, libros, dulces. Nos llenan de objetos materiales y nadie nos dice que eso esté mal. Al contrario, celebran nuestra alegría, nos toman fotos, se emocionan con nosotros. Nos acostumbran, sin conflicto alguno, a una vida donde lo material también genera felicidad.

Y luego crecemos. Y de pronto el discurso cambia. Ya no. Ahora nos dicen que lo material no importa, que no deberíamos alegrarnos por eso, que lo importante es otra cosa. Que si te gusta algo material, sos superficial. Que si te alegra recibir dinero, estás mal enfocado. Que lo correcto es trascender eso. ¿En qué momento se volvió pecado algo que antes era natural?

Lo curioso es que ese discurso lo rompemos constantemente… pero solo hacia afuera. Porque seguimos regalando cosas materiales a quienes amamos. Les compramos algo que sabemos que les va a gustar, que los va a hacer sonreír, que van a disfrutar. Y no sentimos culpa por eso. No pensamos que estamos fomentando superficialidad. Al contrario, sentimos que estamos dando amor. Entonces, ¿por qué cuando se trata de nosotros mismos aparece la culpa?

La verdad es que somos todo eso a la vez. Somos materia y somos espíritu. Somos conscientes e inconscientes. Nos emociona una conversación profunda, sí, pero también nos emociona un regalo bonito. Nos da paz una caminata, pero también nos da alegría estrenar algo que deseábamos. No hay contradicción en eso. La contradicción está en la culpa que nos enseñaron a cargar.

Si te regalan algo material y te gusta, alégrate. Si te regalan un sobre con dinero y sonríes, está bien. No te hace menos profundo, ni menos consciente, ni menos espiritual. Te hace humano. Vivimos en un mundo material, nos movemos en él, lo usamos, lo disfrutamos y también lo compartimos. Negarlo no te hace mejor persona; solo te pone una carga innecesaria.

Liberémonos de esa culpa. No vivamos señalándonos por disfrutar. Hoy, al menos por hoy, soltemos esa idea de que hay que pedir permiso para alegrarse. La alegría no necesita justificación.

Y ahora sí, te propongo algo sencillo. Cuéntame en los comentarios: de las cosas materiales que te regalaron en esta Navidad, ¿cuál fue la que más te gustó?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio