
Hemos estado viviendo días difíciles, o al menos inesperados, con la captura de tantas personas presuntamente vinculadas con diferentes delitos. Son acontecimientos que han sacudido la tranquilidad de muchos costarricenses y que, inevitablemente, han despertado toda clase de emociones, opiniones, sospechas y expectativas. Algunos estamos sorprendidos por lo que sucede, otros aseguran que se lo esperaban y no faltan quienes creen saber, desde hace mucho tiempo, todo lo que está ocurriendo y hasta lo que vendrá después.
Muchos permanecen expectantes, preguntándose qué sucederá mañana, quién será el próximo detenido o hasta dónde llegarán las investigaciones. Mientras tanto, algunos se dedican a publicar fotografías de los arrestados junto a otras personas, convencidos de que una imagen puede revelar nexos, complicidades y hasta nuevos culpables. Pareciera que una fotografía compartida, una reunión social o un saludo fueran suficientes para construir un expediente judicial. Y también están quienes hacen exactamente lo contrario: buscan fotografías, declaraciones y cualquier otro elemento que pueda ayudar a demostrar la supuesta inocencia de alguien que consideran de los suyos. Unos buscan culpables y otros buscan inocentes, pero ambos corren el riesgo de llegar a sus conclusiones antes de conocer los hechos.
Algunos celebran las detenciones porque consideran que, finalmente, quienes pudieron haber cometido delitos contra nuestro país tendrán que responder por sus actos. Otros, en cambio, se lamentan al pensar en cuánto tiempo pudieron haber ocurrido esas irregularidades sin que nadie las detuviera. Hay quienes sienten satisfacción al observar que las instituciones están actuando, y quienes sienten indignación al imaginar las consecuencias que estos hechos pudieron tener para Costa Rica. Son reacciones humanas, comprensibles, aunque no necesariamente fundamentadas en toda la información disponible.
Algunos esperan que esta especie de novela policial termine pronto, que se esclarezcan los hechos y que podamos regresar a una relativa tranquilidad. Otros esperan ansiosos el siguiente capítulo, como si se tratara de una serie de televisión cuyo argumento se vuelve cada día más interesante. Las capturas, los allanamientos, las fotografías, los comunicados y las declaraciones parecen alimentar una historia que mantiene a buena parte del país pendiente de lo que sucederá. Solo que hay una diferencia enorme entre una novela y lo que estamos viviendo: aquí los personajes son personas reales, las consecuencias son reales y la justicia no puede depender del entusiasmo de los espectadores.
Algunos disfrutan de lo que consideran un triunfo de la justicia, aunque por momentos esa satisfacción pueda confundirse con un deseo de venganza. Otros observan los acontecimientos con la serenidad de quien comprende que las instituciones están cumpliendo sus funciones. También hay quienes se asustan al descubrir hasta dónde pueden llegar las investigaciones y los alcances de la ley, especialmente cuando las personas involucradas han ocupado posiciones importantes o han disfrutado de reconocimiento público. Pero precisamente de eso se trata vivir en un Estado de derecho: de comprender que nadie debería estar por encima de la ley, pero tampoco quedar desprotegido frente a ella.
Y, por supuesto, algunos de los detenidos ya fueron juzgados en las redes sociales. En esos tribunales improvisados, unos han sido declarados culpables y otros completamente inocentes. No hicieron falta expedientes, pruebas, testigos ni abogados. Bastaron unas fotografías, un par de publicaciones, una declaración conveniente o la simpatía o antipatía que alguien despertara entre quienes comentaban. Allí las sentencias se dictan rápidamente y, en ocasiones, parecen depender más de las preferencias personales o políticas que de los hechos. Lo curioso es que quienes hoy exigen condenas inmediatas podrían ser los mismos que mañana reclamen respeto al debido proceso cuando el investigado sea alguien cercano a sus propias simpatías.
No estoy diciendo que debamos dejar de informarnos, de opinar o de preocuparnos por lo que está sucediendo. Todo lo contrario. Considero saludable que la ciudadanía permanezca atenta a las actuaciones de nuestras instituciones y que exija transparencia, responsabilidad y justicia. También es comprensible que nos hagamos preguntas, que tengamos sospechas y que intentemos comprender lo que sucede. Lo que no podemos hacer es confundir nuestras sospechas con pruebas, nuestras preferencias con inocencia o nuestra indignación con una sentencia judicial.
Recordemos que nosotros somos, en buena medida, espectadores de esta película policial. No hemos tenido acceso a los expedientes completos, desconocemos buena parte de las pruebas y tampoco sabemos cuáles serán las conclusiones de las investigaciones. Es muy posible que detrás de cada una de estas actuaciones exista un expediente enorme, con documentos, testimonios, peritajes y elementos que todavía desconocemos. Y será a las autoridades competentes, respetando los procedimientos establecidos, a quienes les corresponderá determinar las responsabilidades. Una detención no es una condena, así como una investigación tampoco constituye una declaración de culpabilidad. Habrá que esperar lo que resuelvan los tribunales, y posiblemente algunas de esas respuestas no lleguen tan pronto como muchos quisieran.
Mi reflexión, sin embargo, no pretende que defendamos a unos o que condenemos a otros. Tampoco busca que dejemos de sentir preocupación, tristeza, indignación o incluso satisfacción cuando vemos actuar a la justicia. Mi punto es otro: aunque todo esto nos afecte como costarricenses, necesitamos mantener la cabeza fría. Necesitamos permanecer apaciguados. No porque los acontecimientos carezcan de importancia, sino precisamente porque son demasiado importantes como para permitir que nuestras emociones nos hagan perder la capacidad de pensar con claridad.
Apaciguarnos no significa permanecer indiferentes, mucho menos guardar silencio frente a posibles injusticias. Significa conservar la serenidad suficiente para distinguir entre lo que sabemos, lo que suponemos y lo que simplemente alguien nos contó. Significa comprender que podemos exigir justicia sin desear venganza, que podemos pedir explicaciones sin inventar culpables y que podemos confiar en nuestras instituciones sin dejar de observar críticamente sus actuaciones. También significa reconocer que la justicia debe ser la misma para todos, independientemente de sus apellidos, sus cargos, sus amistades o sus preferencias políticas.
Sigamos leyendo, escuchando, preguntando y analizando cada noticia. Sigamos atentos a lo que suceda mañana y a lo que pueda conocerse en los próximos días. Pero no permitamos que esta sucesión de acontecimientos termine robándonos nuestra propia tranquilidad, alterando nuestras relaciones o llenándonos de resentimientos contra personas a quienes ni siquiera conocemos. No vale la pena convertir cada conversación familiar en un juicio, cada fotografía en una acusación o cada diferencia de opinión en una enemistad.
Porque, al final, lo que verdaderamente debería importarnos no es cuántas personas fueron detenidas, ni cuántas más podrían serlo, sino que se conozca la verdad, que se respeten los derechos de todos y que, cuando corresponda, se haga justicia.
Y mientras esperamos que las autoridades hagan su trabajo, hagamos nosotros el nuestro: informarnos con responsabilidad, pensar con serenidad y no permitir que los acontecimientos que vive nuestro país terminen arrebatándonos la paz interior.
Que actúe la justicia. Que se conozca la verdad. Y que nosotros aprendamos a observar sin convertirnos en jueces, a exigir sin buscar venganza y a preocuparnos sin perder nuestra paz.