
¡Me abrieron los ojos! Sí, señores, don Rodrigo Chaves me abrió los ojos. Y creo que también se los abrió a una buena parte de los costarricenses, aunque posiblemente no de la manera que imaginan quienes repiten esa expresión con tanto orgullo. Porque debo reconocer que, después de muchos años de vivir nuestra democracia casi por costumbre, algo cambió profundamente en mi manera de observar a los gobernantes, las instituciones y, especialmente, mi responsabilidad como ciudadano.
Yo pertenezco a ese enorme grupo de costarricenses que durante buena parte de los últimos setenta años vivimos votando por un partido o por otro, hasta que aparecieron nuevas opciones políticas. Elegíamos a nuestros gobernantes, aceptábamos los resultados y seguíamos con nuestras vidas. Algunos presidentes nos gustaban más que otros, algunas administraciones nos decepcionaban, pero generalmente dejábamos que quienes habían sido electos condujeran el país a su antojo, para bien, para mal o simplemente para más o menos. Nos quejábamos de vez en cuando, pero no fiscalizábamos lo suficiente. Confiábamos en que nuestras instituciones continuarían funcionando y que alguien más se encargaría de vigilar a quienes ejercían el poder.
Yo fui uno de esos ciudadanos. Votaba, opinaba, criticaba ocasionalmente y seguía adelante. No cuestionaba tanto como debería, no exigía suficientes explicaciones y, sobre todo, no comprendía plenamente que mi responsabilidad democrática no terminaba al depositar una papeleta en las urnas. De alguna manera, había aprendido a aceptar las cosas como venían, convencido de que para eso habíamos elegido un gobierno.
Hasta que apareció don Rodrigo Chaves y me abrió los ojos.
Su administración y ahora este Gobierno que representa su continuidad me hicieron comprender algo que posiblemente debí haber entendido mucho antes: que los ciudadanos no podemos entregar nuestra confianza a un gobernante y desentendernos de lo que haga con ella. Aprendí la importancia de fiscalizar, de dar seguimiento a las decisiones, de investigar, de cuestionar y de comprender que un presidente no tiene razón simplemente porque sea presidente. También comprendí que debemos prestar atención a nuestra institucionalidad, a la separación de poderes y a las actuaciones que puedan afectar los principios democráticos de nuestro país.
Y entonces aparecen algunos oficialistas, muy orgullosos, asegurando que a ellos también les abrieron los ojos. Lo repiten como si hubieran despertado después de setenta años de engaños, como si finalmente hubieran descubierto una verdad que los demás somos incapaces de comprender. Pero aquí encuentro una contradicción que me resulta imposible ignorar: si durante todos aquellos años ustedes les creyeron a los gobernantes y ahora siguen creyéndole al gobernante de turno, ¿qué fue exactamente lo que cambió?
Porque, siguiendo esa misma narrativa, ustedes también pasaron setenta años confiando en nuestros gobiernos, aceptando sus explicaciones y siguiendo adelante. Y ahora muchos continúan haciendo exactamente lo mismo, solo que con una nueva figura política. Antes les creían a unos, ahora le creen a otro. La diferencia es que este último les ha convencido de que no deben confiar en quienes lo precedieron, pero sí en él y en su proyecto político. Eso no es abrir los ojos. Eso es mantenerlos cerrados, pero mirando en otra dirección.
Nosotros, en cambio, los que hoy somos llamados oposición, comenzamos a hacer algo diferente. Dejamos de aceptar las explicaciones del Poder Ejecutivo como verdades incuestionables. Empezamos a fiscalizar con mayor intensidad, a analizar las actuaciones del Gobierno, a preocuparnos por nuestra institucionalidad y a comprender que nuestro deber ciudadano es vigilar a quienes ejercen el poder, incluso cuando hayan sido elegidos democráticamente.
Y aquí está precisamente la ironía de esta historia: quienes realmente abrimos los ojos fuimos muchos de los que hoy formamos parte de la oposición. Porque mientras algunos continuaron confiando ciegamente en el Gobierno, nosotros comenzamos a cuestionarlo. Mientras unos justificaban sus actuaciones, nosotros procurábamos analizarlas. Y mientras unos repetían sus argumentos, nosotros comenzamos a exigir respuestas.
Por supuesto, no pretendo afirmar que todos los oficialistas carezcan de pensamiento crítico ni que todos los opositores seamos ciudadanos ejemplares. Pero sí considero que existe una diferencia fundamental entre respaldar a un gobernante y fiscalizarlo. Un ciudadano puede apoyar a un presidente, reconocer sus aciertos y hasta admirarlo, sin renunciar jamás a su derecho de cuestionarlo. El problema comienza cuando esa admiración se transforma en una confianza incondicional y cualquier crítica se interpreta como un ataque.
Si aceptáramos, por un momento, esa versión de que los costarricenses estuvimos engañados durante setenta años, tendríamos que reconocer que algunos dejamos de creer ciegamente hace unos años, mientras otros decidieron continuar haciéndolo. Así que, utilizando su propia manera de contar nuestra historia, nosotros habríamos despertado después de setenta años, mientras ustedes ya llevan setenta y tantos confiando en quienes gobiernan.
Y no es que ahora nosotros tengamos todas las respuestas. Seguimos aprendiendo, nos equivocamos y seguramente todavía nos falta muchísimo por comprender. Pero hay algo que cambió: ya no queremos regresar a esa comodidad ciudadana en la que bastaba con votar y dejar que otros decidieran por nosotros. Hoy comprendemos mejor que la democracia necesita ciudadanos atentos, críticos y dispuestos a defender sus instituciones, no seguidores incondicionales de quienes ocupan temporalmente el poder.
Yo no necesito que un presidente me diga quiénes son los buenos, quiénes son los malos, a quién debo admirar y a quién debo rechazar. Prefiero observar, investigar y construir mis propias conclusiones, aunque eso signifique reconocer aciertos en quienes critico o errores en quienes admiro. Porque abrir los ojos no consiste en cambiar de persona a la cual creerle, sino en aprender a pensar por uno mismo.
Así que sí, don Rodrigo Chaves me abrió los ojos. Y por eso hoy observo con mucha más atención sus actuaciones y las de la administración que continúa su proyecto político.
A mí sí me abrieron los ojos. Y creo que a muchos de quienes hoy somos oposición también. Porque antes confiábamos demasiado y fiscalizábamos muy poco. Ahora cuestionamos, analizamos y comprendemos mejor nuestra responsabilidad como ciudadanos.
Y a quienes celebran que también les abrieron los ojos, les dejaría una pregunta: si siguen creyendo ciegamente en el Gobierno, igual que aseguran haberlo hecho durante setenta años, ¿qué fue lo que realmente aprendieron?
No, señores. A muchos de ustedes no les abrieron los ojos. Les hicieron creer que los habían abierto. Y mientras ustedes celebraban su supuesto despertar, muchos de nosotros comenzamos, finalmente, a ejercer nuestra ciudadanía con los ojos abiertos.