La máquina que tira bolas

¿Han visto esas endemoniadas máquinas que lanzan bolas de tenis? Las programan para disparar una bola a la derecha, otra a la izquierda, otra al fondo, otra cortita, otra más rápida, otra más lenta, y el pobre jugador pasa brincando de un lado para otro tratando de devolverlas todas. Apenas logra pegarle a una, ya viene otra volando. Apenas recupera el equilibrio, ya tiene que correr en dirección contraria. Y aunque sea bueno, aunque sea rápido, aunque tenga experiencia y reflejos, siempre se le va a escapar alguna. No porque sea malo. No porque no lo esté intentando. Simplemente porque la máquina tiene la ventaja de lanzar una bola tras otra, sin cansarse, sin detenerse y sin darle tiempo para respirar.

Algo parecido sucede en la política. Normalmente entre el gobierno de turno y la oposición. El gobierno es quien tiene la máquina. Es quien decide cuándo la enciende, qué bolas lanza y a qué velocidad. Presenta proyectos, anuncia medidas, genera controversias, abre nuevos frentes de discusión, responde ataques y vuelve a lanzar otra bola antes de que la anterior termine de caer. Mientras tanto, la oposición aparece en pantaloneta, raqueta en mano y corriendo de un lado para otro tratando de responder, cuestionar, fiscalizar, investigar y, cuando puede, devolver alguna de las bolas al otro lado de la cancha. No es algo exclusivo de este gobierno. No es porque unos sean mejores o peores que otros. Es simplemente la forma natural en que suele comportarse el poder. Quien gobierna marca el ritmo. Quien no gobierna reacciona.

Entonces sucede algo curioso. Los simpatizantes del gobierno se molestan cuando ven a una oposición hábil, rápida y capaz de devolver muchas bolas. Les incomoda que cuestione, que señale errores, que investigue o que retrase iniciativas que consideran importantes. Por el otro lado, quienes apoyan a la oposición se enfurecen cada vez que una bola se escapa. Si un diputado no respondió a tiempo, si una denuncia no prosperó, si una crítica no fue suficientemente fuerte o si alguna decisión del gobierno avanzó sin resistencia, aparecen los reclamos. Esperan que la oposición gane todos los puntos, devuelva todas las bolas y jamás falle una sola. Pero la vida no funciona así. Ni el mejor tenista del mundo devuelve todas las bolas. Ni el mejor portero ataja todos los tiros. Ni el mejor gobierno toma todas las decisiones correctas. Ni la mejor oposición detecta todos los problemas. Y sin embargo seguimos actuando como si nuestro equipo tuviera la obligación de ganar siempre y el otro la obligación de perder siempre.

Mientras pensaba en esto me acordé de mi abuelo viendo fútbol. Era aficionado al Cartaginés con una intensidad que todavía hoy me hace sonreír. Cuando jugaba su equipo parecía que se le iba a detener el corazón. Gritaba instrucciones a los jugadores desde la sala de la casa como si pudieran escucharlo. Era mejor entrenador que el entrenador, mejor defensa que los defensas, mejor portero que el portero y muchísimo más brillante que el árbitro. Todos recibían consejos. Todos recibían críticas. Todos recibían algún regaño. Y yo estaba ahí, sentado cerca, con unos diez años de edad. La verdad es que no me interesaba demasiado el fútbol. Tampoco me gustaba la cerveza que aparecía al final de cada partido. Pero me encantaba observar a mi abuelo. Ver cómo sufría, cómo celebraba, cómo se enojaba y cómo, una vez terminado el encuentro, volvía a la calma como si nada hubiera pasado.

Creo que me desvié. ¿En qué estábamos? Ah sí. En la política. Porque algo parecido nos sucede hoy como ciudadanía. Desde una acera observamos que el gobierno únicamente hace cosas terribles y que hay que detenerlo a toda costa. Desde la otra acera observamos que el gobierno está haciendo lo mejor que puede por el país y que la oposición no lo deja «tra-ba-jarrrr». Cada grupo ve únicamente la mitad de la cancha. Cada grupo está convencido de que el problema está exclusivamente al otro lado de la red. Y mientras tanto, la máquina sigue lanzando bolas. Una tras otra. Una tras otra. Sin detenerse.

Por eso a veces me pregunto algo muy simple. Si realmente crees en lo que defiende el gobierno, ¿por qué no buscas una forma de ayudar? Tal vez puedas participar en algún proyecto, aportar desde tu comunidad o colaborar en algo que acerque esas metas a la realidad. Y si realmente crees en las causas que impulsa la oposición, ¿por qué no buscas una organización, un movimiento o un espacio donde tu esfuerzo sirva para algo más que escribir comentarios en redes sociales? Porque al final del día siempre hacen falta personas que recojan bolas. Personas que ayuden. Personas que trabajen. Personas que construyan. Lo que sobra son comentaristas.

Si lo único que vas a hacer, desde cualquiera de las dos trincheras, es hablar paja, pelear, insultar y pasar el día entero diciendo que los otros son los malos, entonces quizá sería más honesto apagar el televisor de una vez. Y tomarte la cerveza. Al menos mi abuelo, después de noventa minutos de gritos, hacía exactamente eso. Y cuando terminaba el partido, el mundo volvía a la calma.

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