Frente a frente con Andrea Alvarez

ENTREVISTA POLÍTICA

Diputada por el Partido Liberación Nacional, 2022-2026

El inicio de un encuentro esperado

Hace algunos días contacté a Andrea Álvarez, diputada actual de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Tenía un interés genuino en conversar con ella. Había sido testigo de parte de su trabajo —no de todo, lo confieso— y también de la percepción que se ha construido a su alrededor. Una percepción que, para algunos, pasa por una etiqueta fácil: “heredera al trono”, por ser hija de Antonio Álvarez Desanti. Un tema que, desde antes de llegar, ya sabía que prefería no tocar. No porque no fuera relevante, sino porque no era el centro de lo que yo quería explorar.

Accedió con una facilidad que no solo me sorprendió, sino que me alegró. Y más allá de eso, hubo algo que me llamó la atención desde el primer intercambio: ella también parecía sentirse bien que le solicitara la cita. Como si, de alguna manera, el interés fuera mutuo. Y eso cambia completamente la energía con la que uno llega a un encuentro.

Además, hay algo personal que no puedo negar. Cada vez que soy citado a la Asamblea Legislativa —ese espacio cuyos pasillos están cargados de una sensación particular, casi densa, de poder— algo en mí se activa. Me emociona. No sé si es la historia, la simbología, o lo que representa, pero hay un pulso distinto. De eso hablaré más adelante, porque merece su propio espacio.

Llegué a la reunión con media hora de anticipación. No fue casualidad. Sabía que el proceso de ingreso, registro y traslado dentro del edificio iba a tomar tiempo. Y así fue. Finalmente, alguien me acompañó hasta su oficina, como ahora funciona el protocolo: los visitantes no circulan solos por las instalaciones. Aunque, curiosamente, al final de la visita nadie me acompañó a la salida… y eso me permitió, digamos, perderme un poco por algunos pisos. Pero eso también vendrá después.

Andrea llegó bastante más tarde de lo previsto. Yo ya estaba en su oficina, esperándola, cuando supe que estaba en una comisión que se había extendido mucho más de lo esperado. Mientras tanto, y como no estábamos en comunicación constante en ese momento, le pedí que, si era posible, me enviara a uno de sus asesores para ir adelantando. Y así fue como llegó doña Cristina.

Con ella —y luego con Andrea— compartí el motivo de mi visita. Le conté que estoy escribiendo un libro titulado Fármaco dinámica en la Asamblea, un proyecto que nace de un paralelismo que me viene rondando desde hace tiempo: cómo los medicamentos actúan en el cuerpo, y cómo el cuerpo responde a ellos… llevado ahora al terreno del poder político. Cómo el poder del Congreso afecta al diputado, y cómo el diputado, a su vez, afecta ese poder.

Les expliqué que, a partir de ese enfoque, he venido identificando distintos escenarios del poder. Momentos que no necesariamente se ven desde afuera, pero que transforman profundamente a quien los atraviesa. El primero, cuando la persona decide postularse para el cargo. Luego, cuando ya es candidato a diputado. Más adelante, cuando se convierte en diputado electo. Después, ese instante inicial en el que entra por primera vez a la Asamblea para asumir su cargo. Más adelante, cuando comienza a gestionar su poder: a tender puentes, a negociar, a moverse en ese entramado donde el poder no viene dado automáticamente, sino que se construye —o no— a partir de lo que se sabe hacer con el puesto que se tiene. Porque el cargo te da la posibilidad… pero no la garantía.

Y finalmente, ese último momento que muchas veces se observa poco: cuando salís del Congreso, cuatro años después. Y salís con poder —o sin él— dependiendo de lo que hiciste, de lo que lograste, de cómo te relacionaste con tu comunidad, con las cámaras, con la población. Porque el poder, al final, también deja huella cuando ya no estás.

Una oficina en transición

La oficina de Andrea Álvarez estaba distinta. Se sentía en transición. Casi como si ya no le perteneciera del todo. Muy desocupada, sin fotos, sin adornos, sin esos detalles que suelen darle identidad a un espacio. En su lugar, cajas. Muchas cajas. Papeles guardados, documentos organizados, todo listo para una mudanza que no es opcional, sino constitucional. Un recordatorio silencioso de que el tiempo en la Asamblea Legislativa de Costa Rica no es permanente, que el poder —al menos el formal— tiene fecha de vencimiento.

Y mientras ese escenario hablaba por sí solo, tuve la oportunidad de conversar con doña Cristina, antes de que Andrea llegara. Una conversación breve, pero sustanciosa. Le compartí la idea del libro, el paralelismo entre los medicamentos y el poder, y cómo este actúa sobre quien lo recibe… y cómo quien lo recibe también termina transformándolo.

Y entonces ella dijo algo que, en el fondo, yo ya sabía… pero que escucharlo ahí, en ese contexto, lo aterriza distinto: el poder no es de la persona, es del cargo. Y eso, me lo dejó claro, lo saben. No es algo que se les olvide. No es algo que se confunda —al menos no desde la intención.

Pero no se quedó ahí. Hubo también una claridad firme, casi enérgica, al hablar de otro punto que suele distorsionarse desde afuera: en la Asamblea se trabaja. Se trabaja de verdad. No es un lugar de descanso, ni un espacio para ir a sentirse importante sin hacer nada. No es un escenario vacío. Es un lugar de trabajo. Intenso, demandante, constante.

Claro, como en todo, hay de todo. Pero lo que me transmitió —y lo hizo con convicción— es que la inmensa mayoría de los diputados está ahí para trabajar… y trabaja.

Y eso, dicho así, sin adornos, sin necesidad de defenderlo demasiado, también tiene su peso.

El poder que se va… y lo que realmente queda

Mientras conversaba con doña Cristina, antes de que llegara Andrea Álvarez, apareció una idea que se quedó conmigo. Me dijo que, probablemente, los diputados no vayan a extrañar el poder como tal. No ese concepto abstracto que desde afuera se imagina como algo que se posee. Lo que realmente se extraña —me explicó— es la acción del puesto. El hacer. El generar. El estar en movimiento constante tomando decisiones, incidiendo, participando activamente en lo que ocurre en el país. Y claro, también ese poder de poder ser, de poder tener una voz que cuenta, un voto que pesa, una capacidad real de influir en decisiones que no son menores.

Poco después llegó Andrea, y la conversación pasó a ser entre los tres. Retomé ese mismo tema, casi como lanzando la pelota de nuevo al centro, y su respuesta fue muy honesta. Sí, lo va a extrañar. Pero no desde un lugar de apego al poder como figura, sino desde lo que ese poder permite hacer. Desde la acción que habilita. Porque una vez que ya no estás dentro, tu voz no tiene el mismo alcance, tu voto ya no existe, y dejás de ser uno de los 57 que están ahí tomando decisiones sobre el rumbo del país.

Y aunque existe la posibilidad de mantenerse cerca, de tener contacto con quienes sí estarán dentro, ella misma lo dijo con claridad: no le parece justo ni adecuado estar interviniendo o “molestando”. Prefiere que quienes lleguen hagan su propio trabajo, construyan su propio camino. Hay, en esa postura, una mezcla interesante de respeto y conciencia del rol.

Aun así, no pretende desaparecer. Habló de mantenerse vigilante en la política, de seguir involucrada en algunos temas. No desde el cargo, sino desde otro lugar. Tal vez todavía en construcción, tal vez todavía tomando forma, pero con la intención de seguir aportando de alguna manera.

También compartió algo más personal. Su vida —me dijo— ha estado marcada por altibajos dentro de la política. Crecer en una familia conocida en ese ámbito tiene dos caras muy claras: momentos de reconocimiento, de exposición positiva… y también momentos duros, de crítica, de ataques, de desilusión. Una publicación puede llenarse de apoyo, o puede llenarse de ofensas. Y vivir eso desde temprano, inevitablemente, te forma. De alguna manera, ya está preparada para eso. O al menos, curada de espanto.

Y en medio de todo eso, hay algo que se sostiene: Andrea es un placer. Estar con ella lo es. Escucharla lo es. Tiene una forma elocuente de expresarse sin necesidad de palabras rimbombantes. Habla como habla la gente, pero con claridad. Es risueña, cercana, con un tono bastante parejo… al menos mientras la conversación no toque fibras más intensas, donde su energía cambia, se eleva, se vuelve más firme.

El tiempo fue corto. Venía saliendo de una reunión y ya tenía otra esperando. Apenas un espacio entre dos bloques de agenda. Pero aun así, alcanzó. Y quedó algo abierto. Quedamos en vernos de nuevo.

Y eso, en este contexto, no es poca cosa.

Una impresión que trasciende la reunión

Hay encuentros que se quedan en la anécdota… y otros que dejan una impresión más profunda, más difícil de explicar, pero también más fácil de recordar. La que me llevé de Andrea Álvarez es de esas que no se sostienen solo en lo que se dijo, sino en cómo se dijo, en cómo se estuvo.

No sentí que estuviera frente a una figura construida para la política. No hubo esa sensación de discurso armado, de respuestas calculadas para no incomodar. Más bien lo contrario. Había naturalidad. Había una forma de expresarse que no necesita adornos para tener peso. Palabras normales, cotidianas, incluso con giros que uno podría escuchar en cualquier conversación fuera de ese edificio. Y eso, en un espacio donde muchas veces se espera lo rimbombante, termina siendo refrescante.

También hay algo en su manera de estar que genera cercanía sin esfuerzo. Risueña, ligera cuando puede serlo, pero capaz de cambiar de tono cuando el tema lo amerita. No desde la confrontación, sino desde una energía más firme, más clara. Como si no tuviera problema en mostrarse tal cual es, incluso cuando eso implica moverse emocionalmente en la conversación.

Y eso, para mí, tiene valor.

Porque más allá de las posiciones, de las ideas, de las decisiones que pueda tomar o no tomar en su rol, hay algo humano que se percibe. Algo que no siempre es fácil de encontrar en estos espacios. Y cuando aparece, se nota.

Andrea deja una buena impresión. Pero no una impresión superficial, de esas que se desvanecen rápido. Es una impresión que se sostiene en la coherencia entre lo que proyecta y lo que transmite.

Y eso, en política, no es menor.

Lo que se dice… y lo que se decide guardar

Hubo un momento en la conversación en el que Andrea Álvarez me habló de sus planes. Corto, mediano y largo plazo. Hacia dónde quiere moverse cuando salga de la Asamblea Legislativa de Costa Rica, qué impacto le gustaría generar, desde dónde quiere seguir aportando. Y lo hizo con claridad. Sin rodeos. Con una estructura que deja ver que no son ideas al aire, sino pensamientos que ya vienen trabajándose por dentro.

Sin embargo, hay algo que decidí en ese mismo momento —y que sostengo ahora—: no todo lo que se escucha se comparte de inmediato. No por ocultar, sino por respetar el momento. Así como ella habló con libertad, con naturalidad y, al menos desde lo que percibí, con honestidad, yo también elijo tener criterio sobre qué corresponde decir ahora… y qué puede esperar.

Y en esta entrevista, esa parte —la de sus planes después de la Asamblea— queda, de alguna manera, reservada.

También hubo un instante que no tenía previsto. No recuerdo exactamente cómo formulé la pregunta, ni las palabras exactas de su respuesta, pero sí recuerdo la energía. Fue cuando toqué, casi sin planearlo, el tema de su familia. Esa idea que muchos repiten: que su lugar en la política le fue “dado” por venir de una familia conocida. Y ahí apareció otra Andrea. Más firme. Más directa. Más cargada.

No. No le regalaron el puesto.

Y más allá de la frase puntual, lo que me quedó fue la forma. La convicción. La claridad con la que lo sostuvo. Y entonces, inevitablemente, uno también ordena sus propias ideas. Porque sí, es cierto: venir de una familia con trayectoria política puede abrir puertas. Puede facilitar caminos que para otros son más complejos. Eso no se puede negar. Pero también es cierto que eso, por sí solo, no sostiene nada en el tiempo.

Al final del día, lo que importa es lo que cada persona hace una vez que está adentro.

Y en eso, hay una diferencia importante. Hay quienes llegan sin haber tenido nunca contacto con ese mundo, y hay quienes, como en su caso, probablemente crecieron cerca de él, entendiéndolo desde temprano, formándose en ese entorno. ¿Es eso un privilegio? Sí, lo es. Pero no es un privilegio distinto a otros que existen en diferentes ámbitos de la vida: educación, oportunidades, contextos familiares.

Y no debería, por sí mismo, restarle mérito al trabajo que se haga.

De hecho, esa energía con la que defendió el punto —esa claridad, esa firmeza— lejos de jugarle en contra, me parece que le suma. Porque no vino desde la incomodidad evasiva, sino desde la seguridad de quien ya ha tenido que enfrentarse a ese cuestionamiento más de una vez.

Y eso también habla.

Habla de carácter.

El poder que no se ejerce… pero se siente

Hay algo del poder que no pasa por las decisiones, ni por los discursos, ni siquiera por los cargos en sí. Es un poder que no se toma, que no se administra, que no se ejecuta. Es un poder que simplemente está. Y que, cuando estás dentro de la Asamblea Legislativa de Costa Rica, se siente.

Con Andrea Álvarez hablé mucho del poder. De sus formas, de sus etapas, de cómo cambia cuando se busca, cuando se obtiene, cuando se habita y cuando se deja. Ella me dio una visión que ya anoté, una forma más consciente, más pensada, más vivida desde adentro. Pero hay otro nivel… uno que no necesariamente se explica en una conversación, sino que se percibe en el cuerpo.

Es el poder del lugar.

No es mío. No es algo que yo ejerza. No hay una decisión que yo pueda tomar desde ahí. Y aun así, se siente. Está en los pasillos, en la forma en que caminás sin darte cuenta de que caminás distinto. Está en los nombres en las puertas, en esas placas que no solo identifican a una persona, sino que representan una cuota de influencia, de voz, de incidencia en el país. Está en la recepción, en el tono, en la dinámica, en ese orden que no es casual, que responde a una estructura mucho más grande que uno mismo.

Es un poder ambiental, si se quiere. Un poder que no necesita ser usado para existir. Que no depende de la acción, sino de la presencia.

Y entonces entendés algo que tal vez desde afuera no es tan evidente: es muy difícil que alguien que camina todos los días por esos pasillos no lo sienta. No hablo de arrogancia ni de abuso. Hablo de una sensación más sutil, más constante, más silenciosa. Una especie de energía que te recuerda, aunque no lo busqués, que estás en un lugar donde se decide, donde se influye, donde se construye —o se complica— la vida de un país entero.

Ese poder no siempre se verbaliza. No siempre se reconoce abiertamente. Pero está.

Y cuando lo sentís, aunque no te pertenezca… te marca.

La despedida que quedó resonando

La despedida con Andrea Álvarez no fue una despedida larga, ni ceremoniosa, ni cargada de protocolo. Fue, más bien, una despedida atravesada por la realidad misma de su agenda. Había carreras, reuniones esperando, tiempos que no se detienen. Y en medio de eso, nos despedimos. Yo todavía con papeles abiertos, con ideas sobre la mesa, con esa sensación de que la conversación podía haber seguido, que todavía tenía hilo, pero que el contexto ya no lo permitía.

Ella salió primero. Y yo me quedé unos minutos más en su oficina, recogiendo mis cosas, pero en realidad no estaba solo recogiendo papeles. Estaba recogiendo la experiencia. Estaba ordenando, sin darme cuenta, lo que acababa de pasar.

Porque la reunión había sido gratificante. De esas que no se sienten forzadas, de esas que no parecen entrevista, de esas que no te ponen en una posición rígida frente al otro. Con Andrea hubo algo distinto. Una forma de estar que no se siente construida para el momento, sino que se percibe natural. Simpática, risueña, cercana. Hablando con palabras normales, incluso con giros populares en algún punto, como quien no necesita traducirse para ser entendida. Y eso, en ese entorno, se agradece.

En algún momento tocamos temas que suelen quedarse en lo privado, en lo que los diputados comentan fuera de micrófono, en lo que pocas veces se dice con apertura. Y ella no se cerró. No se protegió detrás de un discurso armado. Se mantuvo abierta, elocuente, presente. Y eso cambia completamente la experiencia.

Hubo un instante particular, uno de esos momentos donde una pregunta no solo se responde, sino que se siente. Le hice una consulta que, claramente, le movió algo por dentro. Se notó. Su tono cambió. Su respuesta fue más fuerte, más directa, más cargada. No hacia mí, sino hacia algo más amplio. Como si ese espacio se hubiera convertido, por unos segundos, en una ventana hacia afuera. Incluso se disculpó, aclarando que esa energía no era contra mí, sino que estaba aprovechando para decir algo que, tal vez, llevaba tiempo queriendo decir.

Y eso… eso me gustó.

Me gustó verla salir de la respuesta correcta y entrar en la respuesta real. Me gustó esa mezcla de claridad, carácter y humanidad. Me gustó la conversación. Me gustó ella.

Andrea me gusta.

La salida que no quería que llegara

Hay algo en la Asamblea Legislativa de Costa Rica que no se explica del todo con palabras, pero se siente. Se te mete en el cuerpo apenas cruzás la puerta, como si el edificio tuviera memoria, como si cada pasillo cargara conversaciones que no escuchaste, decisiones que no te pertenecen y silencios que, de alguna forma, también pesan. Y aunque uno llegue como un ciudadano más, como un visitante más, hay un instante en el que te descubrís caminando distinto… más lento, más atento, como si no quisieras interrumpir algo invisible.

La reunión terminó en el piso 10, y cuando se cerró ese momento, cuando ya no había más que decir, más que escuchar, más que sostener, ocurrió algo curioso: no tenía ganas de irme. No porque hubiera algo pendiente, sino porque había algo presente. Y eso, a veces, es más fuerte. No me acompañó el ujier, así que tomé la libertad de quedarme un poco más dentro de ese espacio que no es cotidiano, que no es tuyo, pero que por un rato te recibe.

Bajé al piso 9 sin prisa. Caminé. Observé. Me encontré con la oficina de Dinorah Barquero. No estaba. Le dejé una nota, como quien deja un pequeño rastro de que estuvo ahí, de que pasó, de que coincidió en ese edificio aunque no en ese momento. Luego llamé a Montserrat Ruiz, con esa pequeña esperanza de alargar la estadía, de encontrar una excusa más para quedarme un poco más dentro. Pero estaba ocupada. Y entonces ya no quedaban muchas más razones… excepto una: no querer irme todavía.

Seguí bajando. Piso 2. Más fotos. Más pausas. Más intentos de estirar el tiempo sin que se note demasiado. Piso 1. Y ahí, ya más cerca de la salida, la sensación se vuelve más clara: ya no hay nada más que hacer… pero tampoco hay ganas de terminar. Es curioso cómo a veces no se trata solo de la actividad, sino también del lugar, del contexto, de lo que representa estar ahí, aunque sea por unas horas.

Y aun así, salí.

Pero salir del edificio no fue salir del momento. Porque afuera sigue habiendo historia. El antiguo cuartel, el museo, la avenida, la Casa Celeste… todo ese entorno que de alguna forma prolonga la experiencia, como si la Asamblea no terminara en sus paredes, sino que se expandiera hacia lo que la rodea. Caminé por ahí. Tomé algunas fotografías. No como turista, sino como alguien que quiere guardar algo más que imágenes… como alguien que quiere retener una sensación.

Y entonces sí, en algún punto, sin anuncio, sin ceremonia, tomé la decisión de ir al parqueo.

Ahí terminó.

O tal vez no.

Porque aunque tengo relación con muchos diputados, aunque no es la primera vez que estoy ahí, aunque sé que volveré… hoy era hoy. Y hay días que no se repiten igual, aunque regresés al mismo lugar. Hay visitas que no son solo visitas, son pequeñas pausas en la vida que te recuerdan dónde estás, con quién te cruzás, qué estás construyendo… y también, qué estás sintiendo.

Y así nomás, sin más vueltas, me fui.

Camino a casa.

Pero con algo adentro que no se quedó en la Asamblea.

Y, por respeto a lo vivido, tengo que cerrar este artículo, hablando de la persona con la que estuve.

Andrea es una muchacha joven, que parece incluso más joven de lo que es. De contextura pequeña, delgada, con unos rasgos que transmiten cierta dulzura, incluso con una sonrisa que puede dar una primera impresión más ligera de lo que su fondo realmente sostiene. Y si a eso le sumamos que estaba resfriada, la escena se volvía todavía más humana, más cercana, más real.

Pero basta escucharla un poco para que esa primera impresión se acomode. Su forma de expresarse, su claridad, su elocuencia, compensan con naturalidad cualquier juicio superficial que uno pudiera hacer en los primeros minutos. Hay contenido. Hay estructura. Hay pensamiento.

Con respecto al puesto —que, siendo honestos, fue parte de lo que me llevó hasta su oficina— no sé si le fue más fácil que a otros, o si el camino estuvo más abierto desde el inicio. Puede ser. Pero tampoco creo que haya falta en eso. Todos, en distintos ámbitos de la vida, partimos desde condiciones diferentes. Algunos con más herramientas, otros con menos. Y eso, en sí mismo, no define el valor de lo que se hace después.

Tal vez no se lo regalaron. Tal vez, más bien, fue preparada para ello. O se preparó. No lo sé con certeza. Y, siendo fiel a la conversación que tuvimos, creo que es un tema que da para retomarlo en otro momento.

Lo que sí puedo decir, desde lo que vi, desde lo que escuché y desde lo que sentí, es que, en términos de esa fármaco dinámica del poder de la que tanto hablé… y estando frente a su salida constitucional de la Asamblea Legislativa… ella sale con poder.

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