La noche que conocí a Ariel

Se salió de la pantalla… y terminó en mis brazos

Cuando comenzó la campaña electoral y, sin darme cuenta, me vi inmiscuido en todo esto, tomé una decisión: entrevistar a la mayor cantidad posible de candidatos. Quería escuchar, entender, conocer. Así que empecé a escribirle a uno y a otro… y, poco a poco, las respuestas fueron llegando. Casi todas. Excepto Ariel.

Con él pasó algo curioso. Varias veces empezábamos a chatear… y luego yo quedaba en visto. En otras ocasiones, volvíamos a conversar un poco… y otra vez, en visto. Y así, repetidamente.

Hubo momentos en los que pensé: ya no lo tomaré en cuenta, ya no me interesa. Incluso consideré escribir un artículo diciendo que había intentado contactarlo sin éxito. En el fondo, era una forma elegante de hacer berrinche, de devolver el golpe, de no quedar como el que se quedó esperando. Pero había algo dentro de mí que no terminaba de pelearse con Ariel. Ariel me gustaba. Era un chico agradable.

Busqué amigos en común. Les pedí que le dijeran que me escribiera. Que habláramos. La campaña seguía avanzando… y él también.

Ariel aparecía en televisión, en debates, en el plenario… enérgico, decidido, hablando fuerte, a veces incluso de manera agresiva o muy contundente. Y, sin embargo, también tenía momentos graciosos, ligeros, casi infantiles… y eso me gustaba. Eso era lo que me desarmaba.

Porque sí, por un lado me molestaba —¿cómo era posible que este “chiquillo” me estuviera ignorando? — pero, por otro lado, no me molestaba tanto… porque me caía bien. Y eso es una combinación rarísima.

Los debates continuaron, él se volvía cada vez más simpático… y yo seguía sin conocerlo. No lo podía creer. Sentía que se me había escapado. Hasta que esta noche pasó algo.

En una reunión de alto nivel, cuando llegué, no solo estaba él… había varios candidatos presidenciales, excandidatos, gente del mundo académico y político. Y ahí estaba Ariel. En el parqueo.

Me acerqué y me quedé de pie junto a él, como quien hace fila, esperando que termine de hablar para decirle quién soy. No para reclamarle. No para reprocharle nada. Solo… porque quería conocerlo. Pero la conversación en la que estaba se alargaba. Y se alargaba. Y se alargaba más. Y él no volteaba ni siquiera levemente a verme, aunque yo estaba a su lado.

Pensé en irme. Pero no me fui. Me quedé. Hasta que ya era demasiado.

Interrumpí con respeto y dije: —Disculpen, ¿puedo robarle dos minutos a Ariel?

Ariel volteó y sonrió. Una sonrisa leve… como de niño tierno, tímido, simpático.

Le dije mi nombre. Le pregunté si sabía quién era yo. Y me dijo que sí.

Le recordé que no habíamos podido hablar, que yo lo había intentado varias veces. Y entonces empezó a disculparse. Me habló de la agenda, de lo complicada que fue la campaña, de procesos difíciles… todas esas cosas que uno escucha y que muchas veces suenan a excusa. Pero esta vez no. Le creí. Y no solo le creí… me enterneció.

En ese momento no estaba el Ariel de la televisión. No estaba el Ariel del plenario, el de la voz firme y el discurso contundente. Sus labios se movían despacio. Sus palabras eran suaves, sin ese timbre fuerte al que uno está acostumbrado. Sus ojos, de vez en cuando, se bajaban… como quien busca dentro de sí la mejor respuesta, la mejor palabra, la más sensible y la más auténtica. Era otro. O tal vez… era el mismo, pero sin cámaras.

Seguía explicándose… hasta que lo interrumpí.

Le dije: —Ariel, te creo. Tanto así… que lo que quiero es que me des un abrazo.

Y entonces pasó algo muy simple… pero muy bonito. Pegó su pecho al mío. Y lo abracé. Y me abrazó. Y se dejó abrazar. Fue lindísimo.

En ese momento, agradecí profundamente no haber escrito nada negativo sobre él cuando estuve tentado a hacerlo. Agradecí haber esperado. Agradecí haber confiado en esa intuición que no quería pelearse con alguien que, en el fondo, me caía bien sin conocerlo; y hoy mucho más.

Después, por cortesía, quise dejarlo. Le dije que en algún momento podíamos conversar. Pero él insistió: —No dejes pasar el tiempo. Llámeme.

Me despedí… y me fui.

Y mientras caminaba, entendí algo que se me quedó muy adentro: Qué poco conocemos de la gente cuando solo la vemos en televisión. Y qué mucho podemos conocer de alguien… cuando, atrevidamente, nos permitimos darle un abrazo.

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