La nostalgia de los presidentes que recordamos

Ciertamente hemos tenido presidentes que, con el tiempo, no resultaron ser lo que esperábamos. Pero esto es casi natural, no sé si sólo costarricense o latinoamericano o más bien mundial: un presidente llega al poder con un voto popular fuerte y, en cuanto empieza a tomar medidas que no complacen a todos, comienza a perder popularidad. Al final de su mandato, ya no tiene el cariño que recibió al inicio. Eso lo hemos visto repetirse una y otra vez.

Dejando de lado los resultados concretos de cada gobierno, a mí me queda una nostalgia por ciertas figuras presidenciales. Pienso en Abel Pacheco, querido por el pueblo; en Rodrigo Carazo, con un carisma irrepetible en la historia del país; en Óscar Arias en su primer mandato o en Calderón Fournier, que se presentaban como padres jóvenes, matrimonios frescos que representaban esperanza para Costa Rica. También en Josemaría Figueres, que proyectaba la misma imagen de juventud y familia en su llegada al poder. Pienso en Carlos Alvarado, acompañado de una esposa incansable y comprometida, o en Luis Guillermo Solís, que apareció como alguien nuevo y refrescante.

Y no podemos olvidar que en muchos de esos momentos la figura de la primera dama jugaba un papel crucial en la elección misma. Doña Estrella Zeledón, doña Gloria Bejarano, doña Margarita Penón, doña Lorena Clare y doña Claudia Dobles no solo acompañaban, sino que inspiraban, arrastraban simpatías y, en más de un caso, ayudaron a ganar votos. Eran parte de la ilusión colectiva de que la presidencia no era solo un cargo, sino una familia entera que se ponía al servicio del país.

No digo que sus gobiernos fueran buenos o malos; lo que recuerdo es la imagen, la sensación que transmitían, la cercanía con la gente. Esa presencia pública no era garantía de éxito, pero sí dejaba un sabor de humanidad.

Hoy el panorama es distinto. Tenemos a Rodrigo Chaves, un presidente sin carisma, sin educación en su trato, agresivo, berrinchudo, sin un respaldo familiar visible ni una primera dama activa. Y las opciones electorales se reducen a algo que nunca imaginé: votar por el polémico grupo de Chaves… o por el resto del mundo.

Me acuerdo, recientemente, cuando nos aterraba José María Figueres en su intento por un segundo mandato y terminamos votando por Rodrigo Chaves. Y aquí estamos. Me acuerdo cuando nos aterraba la posibilidad de tener a un pastor evangélico como presidente y ahora, paradójicamente, parece que esa podría ser la opción que nos quede. Me acuerdo con nostalgia de los candidatos presidenciales que hemos tenido y hoy, frente a nosotros, vemos luchando por la silla presidencial a alguien como Laura Fernández.

En mi opinión, qué bajo hemos caído como pueblo. Y aquí está lo verdaderamente preocupante: no se trata solo de los candidatos, se trata de nosotros, de lo que toleramos, de lo que aplaudimos, de lo que dejamos pasar. La nostalgia que sentimos por presidentes con carisma o cercanía no es por lo que hicieron en el poder, sino por lo que representaban antes de llegar: esperanza, humanidad, ilusión. Hoy, lo que se nos presenta es confrontación, pleito y un vacío de liderazgo que nos obliga a repensar qué queremos como país.

Porque al final, un presidente no solo es quien administra el Estado, también es el espejo de lo que somos, de lo que toleramos y de lo que soñamos. Y si este es el espejo que hoy tenemos frente a nosotros, vale la pena preguntarnos: ¿qué pasó con la Costa Rica que alguna vez votaba con ilusión y ahora lo hace con resignación?

Vinicio Jarquín

Entre vos y yo:
Este blog es como mi columna personal, un espacio donde digo lo que pienso y lo que siento que necesito compartir. Escribo convencido de lo que digo, aunque sé que puedo estar equivocado y no me cierro a cambiar de opinión si encuentro razones de peso. Casi siempre prefiero no responder comentarios, pero los leo todos con atención. Muchos de ellos, aunque no lo parezca, terminan sembrando ideas para los próximos textos que encontrarás aquí.

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