
Cada vez que recibo, ya sea de manera privada o como comentario en uno de mis artículos, un mensaje hiriente, con insultos, con malacrianzas o con ese tonito vulgar y soez que tanto queremos erradicar, me pasa algo curioso: se me desconecta el cerebro por un segundo.
Y en ese instante, se me conecta el hígado. Porque claro, la primera reacción humana es responder en el mismo tono. Devolver la pedrada. Escribir una respuesta filosa, de esas que uno siente que harían justicia inmediata y dejarían al otro “en su lugar”.
Y no te voy a mentir: esa tentación aparece. Pero entonces me detengo. Respiro. Pienso. Y la mayoría de las veces decido no responder, o responder con la misma forma en que he sostenido mis escritos: con decencia, sin ofender, sin convertirme en lo que estoy cuestionando.
Y aunque, de momento, no me da la misma descarga de adrenalina que una respuesta agresiva, unos segundos después me deja algo mucho más valioso: una satisfacción profunda y permanente por haber respondido con altura.
Por eso, cada vez que te encuentres con un mensaje así, piensa: ¿le contesto en el mismo tono, para tener una satisfacción inmediata y pasajera —que probablemente me deje un poco enfermo por dentro—, o le contesto con altura, para quedarme con una paz que dure más?
Porque al final, no ganamos cuando herimos, sino cuando no dejamos que nos hieran por dentro.
En resumen, no se trata de devolver la estocada, sino capeársela.
“Apacigua tu ser interior para tomar mejores decisiones.”