La soberanía no se negocia

He leído la noticia publicada por La República, donde el expresidente Miguel Ángel Rodríguez le responde al mandatario saliente con una frase que, por sí sola, debería bastar para detenernos a pensar: “La independencia judicial no es negociable”. Y no es una frase menor, no es una frase política más. Es una línea que define lo que somos como país… o lo que estamos dispuestos a dejar de ser.

Según información pública, la inquietud surge a partir de declaraciones en las que se sugiere la participación de actores extranjeros, específicamente de Estados Unidos, en procesos relacionados con nuestro Poder Judicial. Y aquí es donde el tema deja de ser una simple opinión o una estrategia política, y pasa a tocar una fibra mucho más profunda: la soberanía.

Costa Rica no es perfecta. Nuestro Poder Judicial tampoco lo es. Comete errores, se equivoca, tiene fallas que deben corregirse. Pero hay algo que lo sostiene y que no puede ponerse en juego: su independencia. Porque en el momento en que un poder del Estado deja de ser independiente, deja de ser poder… y pasa a ser instrumento.

Y eso no es un tema técnico. Es un tema de dignidad nacional.

El señalamiento de Miguel Ángel Rodríguez no es un ataque. Es una advertencia. Es una llamada de atención desde alguien que entiende, por experiencia y por historia, lo que significa construir institucionalidad en un país pequeño, pero firme. Porque Costa Rica no ha sido grande por su tamaño, ni por su fuerza militar. Ha sido grande por su institucionalidad, por su respeto a las reglas, por su capacidad de sostener un sistema que, con todo y sus defectos, ha sido ejemplo en la región.

Y cuando se abre siquiera la puerta a que actores externos “ayuden” a ordenar o influir en uno de nuestros poderes, lo que se está poniendo en riesgo no es un procedimiento… es el principio mismo sobre el que hemos construido nuestra estabilidad.

Podés estar de acuerdo o no con el gobierno. Podés cuestionar al Poder Judicial. Podés exigir cambios, reformas, mejoras. Todo eso es válido, necesario incluso. Pero hay una línea que no se cruza. Y esa línea es la soberanía.

Porque una cosa es mejorar lo nuestro. Y otra muy distinta es empezar a depender de otros para hacerlo.

Desde Apacigua, esto no se trata de gritar más fuerte. Se trata de ver con claridad. De entender que no todo vale en política, que no todo se justifica en nombre de la eficiencia o del cambio. Hay principios que, cuando se tocan, no generan progreso… generan retroceso. Y este es uno de ellos.

Podemos discutir muchas cosas en este país. Podemos tener diferencias profundas. Pero si algo debería unirnos, más allá de cualquier elección o ideología, es esto: Costa Rica se construyó sobre la independencia de sus poderes. Y eso no es negociable.

Porque cuando un país empieza a ceder en eso… ya no está resolviendo problemas. Está cambiando su esencia.

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